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jueves, 24 de enero de 2019

Frágiles (Manuel Menor)


La igualdad del derecho a la educación vuelve a quedar frágil

En el Anteproyecto de Reforma educativa, la reversión de la LOMCE, teóricamente valiosa, es ambigua en demasiados aspectos.

La ONU aconseja, por primera vez, celebrar hoy, día 24, el Día Internacional de la Educación, cuando está vigente una constante de la historia, la división entre ricos y pobres. Variopinta en su configuración, si en la perspectiva internacional la desigualdad educativa no cesa, ni la reconquista, ni las dudosas invenciones nacionalistas, ni siquiera fragmentaciones como las de algunos círculos políticos,  debieran distraernos de esta brecha creciente.

El reto de la igualdad continúa vivo. Ahí están los informes de Save the Children señalando la posición débil de España en la atención a los niños en riesgo de exclusión. O el de Oxfam-Intermón respecto al reparto de recursos en los últimos años. El crónico diferencial de renta que puede haber –dentro de una misma ciudad- entre unos y otros barrios se ha agudizado. No solo en condiciones de alimentación, consumo y sanidad, sino también en cuanto a  capital cultural, educación, y  la propia esperanza de vida, con  once años de distancia.

La ocultación
Históricamente, la pobreza ha tenido muchos modos de ser mirada, paliada o soslayada. Ha habido incluso muchas formas de negarla. Tantos o más que los que ha tenido para ser tolerada, prohibida y utilizada. De todos esos hábitos se ha nutrido su atención o desatención mediante el evergetismo, la caridad, la beneficencia y filantropía, el Estado social y el Estado de Bienestar en su corto periplo -desde 1945- hasta hoy, en que fundaciones y ONGs diversas tratan de paliar con eclécticas invocaciones de variado rigor moral e incluso religioso los agujeros que, desde noviembre de 1989, se han infligido a la cobertura social. En todo caso, el afianzamiento de la igualdad de todos los ciudadanos -pregonado en 1789-  nunca ha estado tras estas iniciativas.  Notorio es, como señaló Caro Baroja, el utilitarismo que han tenido y siguen teniendo las atenciones a la pobreza, sea cual sea el concepto que las pretexte. Entre el siglo IV y el XVIII, predominó el logro de la felicidad eterna; hoy, cuando las empresas hacen gala de perfil “social”, siempre muestran su presunta bondad para que compremos. El problema es que, de raíz, el de la educación es un derecho fundamental, primordial para que todos los ciudadanos puedan desarrollar sus capacidades, y no debe ser usado como instrumento diferenciador; y menos, mediante el uso de bienes del erario público.

“Lo social”
Pese a ello, las distinciones entre partidos políticos suelen sustentarse en torno a lo “social” –la parte de atención que corresponde a los segmentos sociales menos favorecidos-, con notoria variabilidad en sus programas educativos. Todos parten de la máxima evangélica: “siempre tendréis a los pobres con vosotros” (Juan, 12: 8), pero unos u otros presupuestos generales del Estado (PGE) se distinguen por la atención social mientras las partidas sustantivas son intocables. Las variaciones, más notorias desde 2008, han incluido, además, desatenciones explícitas, recortes, privatizaciones y más inclusión de intereses privados dentro del espacio común.

Revertir tiempos y atenciones perdidas en estos años, si se pretende, ha de tener presente que la brecha social ha crecido y sus actores están posicionados más asimétricamente. Al revés de lo que suele suceder en la valoración, el supuesto despegue en que hayamos entrado -cuantificada en torno a los grandes números del PIB- oculta la micro óptica de los excluidos y desempleados, recortados en sus derechos y libertades.

La ambigüedad
La distinción entre los más “sociales” de nuestros políticos y los más “neoliberales” reside en lo cerca o lejos que les caigan los pobres. Esta denominación nunca suelen usarla ni unos ni otros: en pura ambivalencia semántica, contar esto sería “populismo” demagógico. Consagrada está, en cambio, una gramática de la ambigüedad calculada para no mancharse, que se propaga  opportune et importune. Y así, el adjetivo “radical”, por ejemplo, sirve para calificar lo aborrecible por incómodo. Ahora, en el lenguaje hegemónico -displicente y edulcorado-, radicales serían quienes  pidan claridad a la Iglesia en la ocultación de la pederastia de aproximadamente un 2% de clérigos –un problema no solo eclesiástico, que, según Save the Children, ha sufrido entre el 10 y el 20% de la población en su infancia.  O quienes reclaman que esos ojos eclesiásticos que no quieren ver clarifiquen su posición respecto al posible traslado de los restos de Franco…

¡Menuda historia a lo divino!  Más terrenalmente, la apuesta por la ambigüedad persiste también en  educación, ese sensor formidable de lo que pasa y de lo que pesa para que no cambie casi nada. Pronto entrará en el Congreso el Anteproyecto de Reforma de la LOMCE, que, tal como parece ir, dudosamente recoge los compromisos que los opositores a esta ley orgánica –el PSOE entre ellos- habían trenzado en 2013. Si este proyecto de ahora se lee desde la óptica de la pobreza/riqueza, no es mucho lo que pretende reformar. Deja teóricamente más equilibrados de nuevo los dos ingredientes del “pacto” que supuso el artículo 27CE.1: la libertad y la universalidad, pero al no atar en corto la inversión económica ni los demás apartados de este artículo, el fortalecimiento práctico de lo segundo vuelve a quedar frágil y, con el, la anhelada igualdad. Y aun así, este destejer de ahora no parará los proyectos de los aguirristas y compañeros de faenas, cuyas falsedades ya denuncia Martínez Seijo.

Los examinadores de la OCDE ya dijeron en 1986, cuatro años antes de que fuera aprobada la LOGSE: “Es posible que los niños de las escuelas privadas, fuertemente subvencionadas por el Estado”, tengan más recursos que los alumnos de la pública. ¿Es que, después de 33 años, todavía no los hay para una igualdad real de todos los niños y niñas españoles? ¿Qué impide que –como antes de 1978- para un 40% una cosa sea ir a la escuela y otra estudiar? Como si siempre hubiera algún imperativo inexplicado, en la España de 2019 vuelve a no ser el momento oportuno para que en nuestro sistema sea posible a todos los ciudadanos superar la mera escolarización. “Sin educación de calidad, inclusiva y equitativa para todos –aseguran desde la ONU-, no se lograrán alcanzar la igualdad de género ni romper el ciclo de pobreza que deja rezagados a millones de personas”. La cuestión, por tanto, es si esta reforma que ahora se proyecta en España es una apuesta seria por la escuela pública –la “social”- o si es tan timorata que vaya a dejar casi intactos los mecanismos para acelerar su privatización a la primera de cambio. Todo inclina a pensar que el reformismo que pronto se debatirá en el Congreso solo aspire a restaurar la LOE, de 2006, pero sin volver siquiera a las exigencias que planteaba la LODE en 1985.  En Galicia, ante situaciones similares, suele decirse ¡Pobres dos pobres!

Manuel Menor Currás
Madrid, 24.01.2019

martes, 18 de noviembre de 2014

"Si el PP perdiera las elecciones, ¿la LOMCE continuaría su camino?" (Manuel Menor)

Manuel Menor Currás nos envía estas reflexiones:




Nada garantiza que no pueda ser así. Del dicho al hecho hay un trecho, y de los programas políticos a su cumplimiento siempre se produce un amplio abanico de interpretaciones.

Con el pretexto de que enmendar es de sabios, no son pocas ya las ocasiones en que el desajuste entre lo prometido y lo que se haya llegado a poner en práctica no sea considerable: todos somos testigos de ello y más si acumulamos pasado. La pérdida de la inocencia de los ochenta, por ejemplo, llegó con el referéndum de la OTAN (12/03/1986), igual que, previamente, la redefinición del PSOE a partir de su Congreso Federal extraordinario (28-29/09/1979) abandonaba el marxismo originario que tan bien había definido Jaime Vera en sus inicios: el centro político era el centro y bien merecía algún retoque cosmético. En los tiempos actuales, quienes sigan con paciencia los movimientos recientes pueden palpar igualmente versiones de Gobierno del PP que en poco se parecen a sus discursos y programas electorales de hace apenas tres años: las tendencias internas del partido dan tirones al timón y más cuando el acarreo cotidiano de razones da argumentos a los augures para vaticinar irreparables pérdidas de poder. Y parejo es el movimiento en cuantos prevén que puedan ascender o mantenerse en el favor de los votantes: las clases medias y sus ambidextras movilidades y motivaciones son su objetivo preferencial de atención, lo que implica acentuar o redefinir constantemente dichos y hechos comprometedores con líneas que puedan desmerecer de tanta expectativa.

En lo referente a la Educación, también ha habido giros curiosos a lo largo de estos últimos años que no favorecen actitudes distintas para los que vengan. No se corrige fácilmente, por ejemplo, la asentada tradición de que cada cual tiene la solución perfecta a los problemas que este sector principal tiene acumulados. Pocos hay que tengan más opinadores contundentes y, en contraste, pocas áreas gubernamentales que menos parezcan necesitar equipos bien preparados: cualquiera parece valer para estar ahí, con tal de estar dispuesto a repetir determinadas consignas sin rubor. Compárense los perfiles de consejeros –y ministro-  encargados de estos asuntos actualmente y se entenderá mejor el valor político que se confiere a la Educación más allá de las declaraciones convencionales: una contradicción flagrante, causante de tópicos insulsos, sólo equiparables a los que casi todas las introducciones de las leyes educativas repiten cuando se contrastan con la proporción de economía disponible para hacerlas cumplir con mínimo rigor y dignidad democrática. Pero en este momento preciso del cronograma político, con las nuevas expectativas de voto que en días pasados daban a conocer diversas instancias demoscópicas, quienes ya ocupan posiciones de alguna responsabilidad en los partidos con posibilidades de marcar un nuevo rumbo a los asuntos de la enseñanza no parecen aportar -a tenor de sus primeras manifestaciones- un nivel de conocimiento muy serio de cuanto en este terreno se necesita. Cuando la vieja guardia está soltando responsabilidades, el diálogo y confrontación de ideas que los nuevos manejan para posibles programas de acción sobre lo existente, en demasiados casos, roza la ignorancia de lo que acontece en los centros educativos. Su conocimiento de las necesidades reales es a menudo inconsistente y sigue abundando en tópicos el modo de afrontarlas con la debida modernidad cualitativa sin que la inercia burocrática –a que nadie parece renunciar-  se acabe comiendo todas las expectativas de los resistentes durante estos últimos años aciagos. Las pocas declaraciones y gestos hasta ahora conocidos no son muy ricos en la perspectiva de acercarnos cada vez más a las exigencias de una dignidad igual para todos y de que, a ser posible en un plazo razonable, todos los interlocutores puedan al menos distinguir conceptualmente qué sea la educación, qué la enseñanza y qué la instrucción, sin que de las varias  maneras de adoctrinamiento particular se trate. Sólo así podríamos romper –en Educación- con un viejo vicio político denunciado por El Roto el pasado día 14, a propósito del post9-N: “Tenemos que hablar” –dice un personaje- y el otro, separado por dos vallas de alambre de espino, le responde: “Pero de qué”.

Lo vivido en años pasados de la reciente historia educativa tal vez pueda ayudarnos a entender mejor –si se va contrastando con el presente- qué pueda pasar y, también, a no caer en la desesperanza inútil. En cuanto a las necesidades de una enseñanza y educación democráticas, hay acumuladas en este curso muchas expectativas frustradas, que se suman a otras anteriores, de las que, independientemente de que fueran o no adecuadas en su momento, podemos rememorar dos. La primera, ignorada en demasía, empieza ya a ser lejana para quienes la vivieron. Retomando ideas clave de la IIª República –una etapa innombrable en demasiados medios todavía-, en los inicios de la Transición se habló mucho de “escuela única”. Se reclamó en los Colegios de Doctores y Licenciados, y especialmente en el de Madrid, cuando lo presidía Eloy Terrón. Cabe comparar qué haya quedado de todo aquello: en qué haya venido a parar su meritoria “Alternativa para la enseñanza” y la correspondiente “plataforma reivindicativa” de 1976. Es verdad que las ansias de cambio eran desbordantes y no matizaban mucho; pero también lo es que si hoy se menciona aquel documento y sus demandas, incluso en medios sedicentes “progresistas” hay quienes se quedan en blanco, mientras otros -los más conscientes de los limitados logros frente a lo que pedían los más luchadores-, no se sienten a gusto al hablar de ello. La segunda situación, también tiene que ver con la memoria –único refugio que nos queda con los años y desgraciadamente menguante. Es muy interesante pedir a personas vinculadas al quehacer educativo -incluso padres y alumnos-, que reconstruyan momentos significativos de lo vivido en los centros entre los años setenta y la actualidad. Pronto se pueden advertir  acentos llamativos, ineludiblemente acompañados de mirada ideologizada, no siempre consciente. Incluso prestigiosos intelectuales –supuestamente disciplinados en su proceder reflexivo- no muestran asombro de duda, como si la naturaleza y no la cultura –y por ende el quehacer político- fuera la responsable de que las cosas hayan sido o sean de un determinado modo segregador. Pocas personas están dispuestas a admitir que lo vivido en este terreno podía haber sido mucho más rico para todos y todas si hubiera sido de otro modo y que, por tanto, es muy posible que haya mucho que cambiar para que las generaciones actuales puedan, al fin, tener una enseñanza acorde con lo que les toca vivir. Y todavía es peor si, en este posible trabajo de campo, se da cancha a intentos de renovación que hayan podido coexistir con el paisaje habitual de lo vivido y que, por unas u otras razones, no llegaron a cuajar: la descalificación, cuando no el insulto, –salvo contadas excepciones- salta de inmediato.

Con el BOE en la mano, son fácilmente documentables en este sentido otros dos asuntos de la historia reciente. Uno, relativo a las reformas experimentales previas a la LOGSE –sobre todo entre 1983 y 1987-, invocadas como pretexto cuando se puso luego en marcha esta ley tan importante en 1990. Aunque participaron en ellas muchos centros públicos y privados, casi nunca son mencionadas: esos años son prácticamente inexistentes, incluso en los centros en que fueron promovidas. Los movimientos de renovación pedagógica –tan relevantes en la construcción de una enseñanza de calidad desde los sesenta-, aunque de una u otra manera estuvieron en aquel proceso, no han solido mentarlas porque entendieron que no reflejaron bien sus aspiraciones óptimas de cambio. Y quienes lideraron luego la redacción y primera puesta en escena de la nueva Ley, porque consideraron que las prescripciones académicas que ellos introducían pautaban el mejor camino posible de un rápido cambio educativo. Hoy, la ilusión óptica de unos y otros -como la de los propios participantes en aquellos proyectos-, debiera ser estudiada con cuidado para no volver a incurrir en problemas de fondo y, sobre todo, para que el esfuerzo derrochado por tanta gente no se quedara en la nada. El segundo recuerdo también es perfectamente documentable, no es atribuible a imaginación alguna tendenciosa y tiene gran utilidad en este momento. Viene provocado por un título relativamente reciente, de 2012: Aulas con memoria: ciencia, educación y patrimonio en los institutos de Madrid (1837-1936), publicado bajo los auspicios del CSIC. Sin entrar en consideración mayor, parece sugerir que las aulas de los años posteriores a esa fecha no tuvieran nada que decirnos y que  debiéramos centrarnos en algunos objetos y libros ciertamente sorprendentes para esos años de referencia. Poco dicen éstos, sin embargo, si no se comparan con los que amueblaron las escuelas posteriores ni se tiene en cuenta tampoco lo que vio Luis Bello en sus viajes por las escuelas de España, en los años 20 –antes de lo documentado por las Misiones Pedagógicas-, todo un símbolo de abandono interesado. Sorprende especialmente que quede fuera de ese estudio lo posterior a 1936 y -en Madrid- lo sucedido desde inicios de abril de 1939, cuando la llegada de “los nacionales” suprimió muchas escuelas e institutos y cambió de nombre a muchos otros para simbolizar mejor al franquismo nacionalcatólico (en muchos casos ni hoy modificados) que iniciaba su largo recorrido. Justo en ese inicio de abril del 39, terminada la guerra civil, empezó en esta ciudad y provincia la sistemática “depuración” de maestros y profesores de todos los niveles educativos, y enseguida se creaba el CSIC para, entre otras funciones, controlar al nuevo profesorado. La eficiencia con que esto se llevó a cabo todavía hoy es constatable en la desmemoria dominante. Una parte de todo ello ha sido documentada por Francisco Morente Valero en 1997, La escuela y el Estado Nuevo: la depuración del magisterio nacional (1936-1943), libro al que ya había precedido, diez años antes, otro ccordinado por Jesús Crespo Redondo a partir de documentación de primera mano encontrada en el Instituto burgalés “Cardenal López de Mendoza”. A donde quiero ir a parar es a que el  resultado de estas celebraciones admirativas del “patrimonio educativo” residual existente en contados institutos y escuelas madrileños –y también en otras partes de España-, quedan descontextualizadas. No valen siquiera para explicar -y menos celebrar- el enorme valor que habían dado a la educación no sólo los republicanos, sino también los liberales de signo más conservador, entre los que destacan García Álix, Gamazo o el propio Romanones –amén de los promotores de la ILE y sus derivaciones institucionales-, desde mucho antes de que el artículo 47 de la Constitución de la IIª República estableciera que “El servicio de la cultura es atribución esencial del Estado, y lo prestará mediante instituciones educativas enlazadas por el sistema de la escuela unificada”. Es penoso, además, que no se  aclare por qué muchos docentes que han convivido con bibliotecas e instrumental de laboratorio de primer nivel para cualquier anticuario o coleccionista, no tuvieron conciencia de esa riqueza y la dejaron deteriorarse o desaparecer: un asunto grave en la historia cultural española, similar al más conocido del patrimonio eclesiástico -del que fue preclaro depredador en tiempos recientes Erik el Belga (Memorias del ladrón más famoso del mundo, Planeta, 2012)-, o al de los latrocinios perpetrados en la Biblioteca Nacional, en el Museo de Ciencias Naturales todavía en los años ochenta (del siglo pasado) –y en el Ateneo madrileño desde mucho más atrás-, frutos todos del descuido y la indiferencia. Y nada contribuye, en fin, a entender cómo, en casos bastante recientes, ante la ocurrencia de celebrar algún aniversario de la fundación de importantes centros educativos, quienes quisieron contar la verdadera historia y que todos estos ingredientes patrimoniales pudieran integrarse razonadamente en el relato toparon con que seguía prevaleciendo la ocultación de lo ocurrido desde 1936 o, mejor, desde 1931. Hoy, afortunadamente, docentes que entonces se oponían a que sus alumnos supieran bien qué había acontecido –a partir de la enorme calidad de aquellos edificios, y de los libros e instrumental didáctico que atesoraban-, hacen currículum recontando la memoria de estos materiales y tradiciones. Muchas veces, por desgracia, con peculiares relatos: su pretensión de neutralidad incontaminada, muestra senderos de la memoria contrarios –pero moralmente similares- al recién  novelado por Javier Cercas en El Impostor.

Esa selección de la memoria –del que deriva incluso un género  de pseudo historia educativa como la inventada por Alicia Delibes, profesora de Matemáticas liberada de la tiza por Esperanza Aguirre y asidua colaboradora de Libertad Digital- se ha cultivado a conciencia entre profesores y maestros, muy vinculada además al aleatorio y jugoso campo semántico de la “calidad” y “libertad”  de  enseñanza. La combinación ha sido políticamente muy productiva desde 1990 para acá, de modo que ni la LOE del PSOE (2006), ni la LOCE (2002) y LOMCE del PP –firmada por Pilar del Castillo la primera y por José Ignacio Wert la segunda- han dejado de aleccionarnos sobre cómo leer el particular sentido de estos gloriosos términos publicitarios sin que alcanzaran a cambiar sustantivamente la realidad educativa. Todo empezó con aquello del descenso del “nivel” y de la “egebeización” ya en los ochenta, cuando el “malestar docente” ya se alineaba con el descuido hacia la escuela pública. Parece que se hubieran propuesto, especialmente del lado más conservador, que nos acordáramos cada vez menos de que, en tiempos  en que unos y otros estudiábamos, sólo lo podían hacer muy pocos; y muchos se olvidaron pronto de que la Antología del disparate, que la editorial Herder acababa de editar en 1989 a Luis Díez Jiménez, ya tenía muchas ediciones anteriores: las recopilaciones de malos exámenes de sus alumnos volvieron a circular como si hubieran sido fruto de la LOGSE. Todos olvidaron igualmente –aunque en distinto grado, como recuerda el último libro de Álvaro Marchesi y Elena Martín presentado hace unos días, Calidad de la enseñanza en tiempos de crisis (Alianza, 2014)-, que los modos de calidad y excelencia educativas vienen condicionados por concepciones ideológicas previas, más o menos excluyentes de la diferencia y de la desigualdad entre sus destinatarios, y determinantes de dotaciones y metodologías apropiadas para reforzarlas o amortiguarlas.  Ahora, con la LOMCE como paradigma de la “mejora” educativa, estas cuestiones siguen más vivas que nunca, tanto  más cuanto que en estos tres últimos años todo han sido quejas de cómo se estaba elaborando esta ley y, a medida que se fue conociendo su diseño –técnica e ideológicamente tan primitivo-, enseguida fue señalada como inclinada a potenciar la desigualdad no sólo entre centros públicos y privados sino, incluso, dentro de cada uno. Muchos de sus correctivos sólo servían un pretexto para incrementar la fragmentación interna de intereses de padres, estudiantes y centros. E incluso  la ambición de eficiencia se convertía en motivo de desafecto y mal ambiente entre directivos y profesores. Pudo verse, de este modo, cómo el desbarajuste ya inducido por los selectivos recortes facilitaba ahora más la privatización: la nueva ley sólo refrendaba políticas que en Comunidades afectas ya se llevaban a cabo con todo descaro, de modo que lo que era un derecho cívico de todos se convirtiera en creciente negocio de unos pocos amigos en perjuicio de toda la sociedad. De todo ello se han alimentado las huelgas sucesivas, las múltiples manifestaciones y que el ministro Wert haya pasado a ser el más preclaro oxímoron de la buena educación: el CIS no ha logrado nunca sacarle de la peor valoración de sus periódicas encuestas. Sin duda, es un logro exclusivamente suyo que haya puesto de acuerdo en ello a todos los  sindicatos de la enseñanza, asociaciones vecinales, plataformas cívicas diversas y, sobre todo, a los infatigables de la “marea verde”, que siguen en activo con sus protestas.

Todo este bagaje de memoria y expectativas está ahí,  expectante de la reacción de cuantos partidos y movimientos sociales se han conjurado –con motivo de la aprobación parlamentaria de la LOMCE (Ley 8/2013, de 9 de diciembre)- para derogar esta última ley que acaba de empezar su andadura en este curso. A la vista de lo que da de sí la experiencia –el hombre tropieza dos veces en la misma piedra-, y de las expectativas de cambio político que suscitan las últimas encuestas, la cuestión principal es: y, si se cumpliera ese vuelco, ¿después qué? En Educación, sin embargo, los rumores de cambio ya empiezan a traer aparejados algunos matices muy expresivos del ma non troppo, que fácilmente pueden llevar a repetir errores del pasado. No parece que vaya a ir todo muy bien con la mera apelación a la derogación de esta LOMCE para hacer, sin más, otra ley orgánica. Ni tampoco, como otros sugieren, a base de sobornar la buena voluntad, mejorando el salario al profesorado y dejando en la nebulosa otras múltiples cuestiones de relevancia principal. O invocando el “consenso” -como  muchos vuelven a reclamar- sin acordarse de que ya ha habido acuerdos, incumplimientos y negativas a cuanto no sean inconmovibles experiencias elaboradas dentro del más ancestral y manido sentido común. Esta recurrente panacea del pacto parece que se seguirá manoseando más de la cuenta para que los privilegios sigan sintiéndose a gusto y todo lo demás siga más o menos igual, sin atenerse a lo que “los cuadernos de quejas” tienen anotado. Desde luego, no está claro, todavía, que el sistema educativo no prosiga en su acomodaticia improvisación permanente y sin los recursos sistémicos que precisa. De momento, pues, como señalaba Françesc Carreras hace poco, cuando parece que una mayoría se inclina hacia una determinada posición, conviene no perder de vista que la tentación de quienes tienen posibilidad de gobernar,  es ver quién es el primero en apuntarse a la tendencia prevalente –fervor que vehiculan las encuestas-; no vaya a ser que perdamos votos. 

No obstante, este 16 de noviembre, Día internacional de la Tolerancia por expreso deseo de la UNESCO -para conmemorar una de las razones principales de su fundación en 1945-, nos induce a reclamar la estima y el cuidado. Pese a todas las diferencias que cada uno podamos aportar al conjunto humano, esa es la gran causa común en que toda organización social y política debiera estar implicada prioritariamente es la del reconocimiento y respeto mutuos e implicarse, por tanto, en erradicar las múltiples agresiones de intolerancia existentes. Es buen día, pues, para reclamar coherencia y no mero tacticismo a cuantos quieran decir algo sensato sobre Educación de cara a las elecciones que se avecinan y, por supuesto, de cara a esta LOMCE que se ha abierto paso por la demostrada incapacidad de dialogar civilizadamente. No basta con que cada grupo político –o cada uno de nosotros- tenga ideas maravillosas, y también nos sobra ya que nos repitan una y otra vez que hemos avanzado mucho. Con tanta autosuficiencia inoperante y excesiva desmemoria, seguiremos muy parecido, con la propaganda como bandera y la parcialidad como excusa para seguir sosteniendo la desigualdad. La principal manera de que no se nos pudra definitivamente la democracia es procurando que se cumpla el artículo 1 de la Constitución, con la “igualdad” –al lado de la Justicia y la Libertad-  entre los valores superiores que el pluralismo político ha de defender. Los espacios educativos necesitan no sólo igualdad de trato por parte de la Administración –inexistente con frecuencia-, sino que, en su interior, se eliminen los ingredientes de segregación existentes por razones tan variadas como el sexo, la religión o la índole social. El artículo 2.10 hace coherente recordar hoy este asunto, como firmantes que somos de los derechos que la ONU y la UNESCO exigen cumplir, también en lo relativo a educación y cultura, los espacios privilegiados para dignificar la vida humana.

                                                                                              Manuel Menor Currás  
                                                                                                      Madrid, 16/11/2014

jueves, 10 de octubre de 2013

Siete leyes educativas en la etapa "democrática": siete leyes impuestas sin consenso (10-10-2013)

TE INTERESA.ES: De la LGE a la LOMCE: Así son las siete leyes educativas españolas de la democracia

Desde 1970, España ha sufrido muchos cambios en educación, como da cuenta de ello las siete leyes educativas que se han ido aprobando desde el año 1970, pero lo cierto es que ha habido tres leyes que han sido las vertebradoras de la educación en España. La de 1970, que tuvo vigencia hasta 1990, la LOGSE que derogó la primera, y la LOE de 2006. La Ley Wert nace con la idea de dejar sin aplicación estas dos últimas por no haber cumplido con los objetivos educativos en España, según el PP.
Se trata de la primera ley educativa del PP, ya que la que intentó aplicar José María Aznar en 2002, nunca entró en vigor al ser derogada por un Real Decreto Ley por Zapatero.
Desde 1970 nos hemos referido a la norma que regula la enseñanza de diferente manera: La Ley General de Educación dio paso a la Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares, que a su vez abrió camino a la Ley Orgánica del Derecho a la Educación. La famosa LOGSE, Ley de Ordenación General del Sistema Educativo precedió a la Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes. Las dos últimas fueron la Ley Orgánica de Educación de Zapatero, y la actual Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa.

SIETE LEYES EDUCATIVAS EN DEMOCRACIA


1. La LGE, 1970 (Franco-UCD). LA LEY DE ENTRADA A LA DEMOCRACIA
La Ley General de Educación se aprobó en el tardofranquismo, pero llegó a estar vigente hasta 1980. Fue impulsada por el ministro de Educación José Luis Villar Palasí, y estableció la enseñanza obligatoria hasta los catorce años. Tras ocho años de Educación General Básica, se accedía al llamado Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), o a FP (Formación Profesional). Esta Ley consiguió modernizar los estamentos educativos en España.

2. La  LOECE. 1980 (UCD). UNA LEY MARCADA POR LA CONSTITUCIÓN Y EL GOLPE DE ESTADO
Esta Ley, la primera plenamente en democracia, fue elaborada por el gobierno de Adolfo Suárez con la Constitución de 1978 recién estrenada. El PSOE la recurrió por no respetar el espíritu de la Constitución, y el TC le dio la razón en bastantes puntos Tras la sentencia, la UCD debía haber revisado la Ley de forma profunda, pero el golpe de Estado del 23-F, y la posterior victoria electoral del PSOE lo evitó. Por ello jamás entró en vigor.

3. La LODE, 1985 (PSOE). INTRODUCE EL CONCIERTO
La Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) incorporó el sistema de colegios concertados.

4. La LOGSE, 1990 (PSOE). LA LEY QUE PONE FIN A LA LGE Y QUE OTORGA UN GRAN PESO EDUCATIVO A LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS
La Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), por un lado supone el fin de la LGE de 1970, y por otro introduce entre otras medidas, la escolaridad obligatoria hasta los 16 años. Es la Ley que permite a las comunidades autónomas redactar una parte muy importante de los contenidos educativos. Se adapta a un modelo más tecnológico en la educación, y amplía la escolaridad obligatoria a los 16 años. Introduce la ESO. 

5. La LOPEG, 1995 (PSOE). LA LEY PERTIERRA NACIÓ CON LA OPOSICIÓN DEL PROFESORADO
Es la Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes (LOPEG). Conocida como Ley Pertierra, fue aprobada con los votos a favor de PSOE, CiU y PNV. Votaron en contra PP, IU y CC. Esta Ley fue rechazada de pleno por los sindicatos de profesores, que consideraban que abría la puerta a la privatización de la enseñanza pública. El PSOE defendió que la Ley fortalecía la participación.

La LOCE. 2002 (PP). LA ÚNICA LEY DEL PP... NUNCA LLEGÓ A APLICARSE
La Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), promulgada en 2002 durante el gobierno de José María Aznar nunca llegó a aplicarse. La Ley pretendía reformar y mejorar la educación en España, según el gobierno, pero lo cierto es que llegó muy tarde, en la segunda legislatura de Aznar, y fue paralizada en 2004 cuando Zapatero llegó al gobierno. 

6. La LOE, 2006 (PSOE). LA LEY DE ZAPATERO TRAJO LA POLÉMICA CON EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
El Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero elaboró la Ley Orgánica de Educación (LOE), fue publicada en el BOE en mayo de 2006, y aprobada en el Congreso con amplia mayoría gracias al apoyo de CiU, ERC, PNV, ICV, CC, y EA. PP votó en contra e IU se abstuvo. Uno de los puntos que más revuelo causaron fue el de incluir voluntario la asignatura de religión, eso sí, de oferta obligatoria para los centros educativos. Esta Ley incluye la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, una materia obligatoria y evaluable, en detrimento de Lengua y Literatura, cuyas horas lectivas se redujeron en 25 horas. La crítica más amplia a esta Ley estaba dirigida a la menor exigencia al alumnado, con la posibilidad de pasar de curso con materias suspendidas. Además, el PP consideró que Educación para la Ciudadanía suponía la incursión del Estado, como adoctrinador en la moral de los estudiantes.

7. La LOMCE. 2013 (PP) LA LEY WERT, LA MÁS POLÉMICA DE TODAS, NACE CON UNA AMPLÍSIMA OPOSICIÓN
La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa es la propuesta de reforma de la LOE y de la LOGSE, dos leyes socialistas en aplicación y a las que el PP siempre se opuso. Ha encontrado numerosas voces que piden la dimisión del ministro Wert, y la Ley ha sido calificada como sectaria, discriminatoria y retrógrada. Vuelve a dar plena validez académica a la asignatura de Religión, recupera las pruebas externas de evaluación o reválidas, recorta las becas universitarias y establece concierto con los colegios que separan por sexo a los alumnos. Ha encontrado fuerte oposición en todos los grupos políticos, así como en el profesorado y en el alumnado que han desembocado en manifestaciones, concentraciones y huelgas, como la general del 16 de mayo de 2013.

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jueves, 28 de febrero de 2013

LOMCE Y PROFESORADO (Agustín Moreno)


Las críticas principales a la reforma Wert deben ser pedagógicas e ideológicas. Por el carácter clasista y segregador, el refuerzo de la red concertada, la confesionalidad, el retroceso democrático e incluso histórico. En este último sentido ver lo que decía el NODO respecto a la Ley General de Educación de 1970, que suprimió las reválidas http://www.youtube.com/watch?v=ivJ-UDuOdXA


Pero veamos cómo afecta al profesorado. Supone un recorte de plantillas públicas al reforzar la red concertada, reducir la inversión y legalizar los recortes: las OPE serían mínimas. Se deteriorarán las condiciones de trabajo por el incremento de la ratio, el aumento de jornada lectiva y la reducción de medios. Fomentará los traslados por el baile de asignaturas y de su carga lectiva, por la especialización y segregación de centros. Potenciará el clientelismo de los equipos directivos al incrementar su poder, seleccionará al profesorado interino y contratará a profesores “nativos”, con la excusa del bilingüismo, al margen de lo que establece la constitución para acceder a la función pública. La gestión del profesorado interino se basará en la rotación y la precariedad, aunque ley no lo diga, de seguirse el modelo de oposiciones propuesto por Madrid que no valora la experiencia. Continuaría el actual déficit de formación permanente, ya desmantelada la red de formación.

Pero sobre todo, es muy negativa por la menor democracia al devaluarse el papel del claustro y del consejo escolar Y por no contar con al profesorado en aspectos tan importantes como la evaluación continua y la decisión sobre la titulación del alumnado, por las nuevas revalidas externas. Ello puede llevar a una desmoralización del profesorado, una menor motivación, participación y compromiso. De tal manera que mucho trabajo voluntario, que hoy se realiza, se podría perder por el desprecio y nulo reconocimiento del profesorado por una ley hecha a sus espaldas. Algo que contrasta con el reconocimiento por la ciudadanía del profesorado de la educación pública en un 88%. Seguiremos trabajando desde muchos sectores del mundo de la educación para que la ley cambie, no vea la luz o en el caso de aprobarse que dure lo que duró la LOCE.


Artículo de Agustín Moreno publicado en ESCUELA Núm. 3.974 (28-2-13)

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