Con o sin Moncloa, sí debiera haber un gran pacto
Que llegue a hacerse será complicado. Pero sería un buen modo de afrontar lo que vendrá después de esta cuarentena.
La referencia a los Pactos de la Moncloa, en 1977, ha saltado este viernes a la palestra política con cierto entusiasmo y corremos el riesgo de volver a la taumaturgia para resolver problemas serios. Esa mención podría hacer errónea la perspectiva de una necesaria concertación.
¿Pacto de la Moncloa hoy?
Las circunstancias no son las mismas, el escenario es muy diferente y el mensaje que el conjunto de partidos emite no parece que vaya a favorecer algo similar. No da la sensación de que el Gobierno se haya asegurado antes de lanzar la idea, de que tuviera suficiente respaldo social fuera de su propio ámbito. Y entre los partidos de la derecha -fundamentales para apoyar la idea-, hay quien no parece haberse enterado todavía de qué va este problema y sus consecuencias; hay quien si le dieran presencia mediática más intensa tal vez cedería; y hay quienes toda esta historia, desde hace ya más de un mes, le es campo propicio para su mensaje milenarista, en términos de hace ochenta años. Nadie parece muy propicio en ese entorno a facilitarle al Gobierno que acuda a Europa este jueves con una fuerte unidad interna. Tampoco parecen dispuestos a facilitarle una especie de lavado de culpas y fallos en la gestión de los pasos dados en días pasados. Todos debieran entender, y el primero el grupo gobernante, que el trabajo que hay por delante no es de un partido o dos tan solo, sino que requiere connivencia de base en todos.
Alguien debiera explicar a los ciudadanos, además, que lo de 1977 no fue un arréglalo gratuito; conllevó sacrificios generales a los que deberemos prepararnos. Por ejemplo, incremento impositivo y limitación de salarios; intervencionismo para derivar atención y recursos hacia lo prioritario; y, por supuesto, delimitación de objetivos sociales y económicos preferentes para su rentabilidad. Algo similar sucede con las referencias que estos día se hacen a un nuevo Plan Marshall, conexo en parte a lo que en 1945 supuso el lanzamiento en Europa de lo que se entendió -hasta la Caída del Muro de Berlín en noviembre de 1991- como “Estado de Bienestar”. El neoliberalismo y el neoconservadurismo pelearon a muerte con él desde los años ochenta; aquellos “treinta años gloriosos” –que se estudian en el Bachillerato francés- fueron el sueño de los españoles de a pie, pero, cuando llegamos a la mesa europea en enero de 1986, ya estaban retirando el mantel.
¿Solidaridad o justicia distributiva?
¡Ojalá que con un enclaustramiento como el que tenemos, todos hubiéramos decidido esforzarnos en la misma dirección! Algunas reflexiones que circulan por las Redes estos días parece que quisieran convertirnos a un fantástico espiritualiso virtuoso, una utopía de tantas como se han imaginado desde antes de Erasmo. Cada cual es muy libre de idear el mundo como le plazca, pero la democracia es laica y, como tal, no le sobra la moral de los creyentes pero no basta. Si no se traduce en acuerdos y pactos concretos de obligación igual para todos, de poco vale- Bienvenidas sean todas las buenas intenciones, pero según el viejo refrán –muy de cristiandad política- de buenas intenciones está empedrado el infierno.
Está de moda en algunos medios el recurso a las buenas obras de algunos gremios o trabajos, como si los aplausos que a las ocho recorren la geografía española ya sanaran deficiencias serias. Y suena manipulador que, al lado de tan merecidos reconocimientos –por las carencias que algunos profesionales son capaces de suplir-, con la presunta ejemplaridad de algunos filántropos de mayor o menor riqueza demostrada en Forbes, se trate de provocar el olvido de las patologías estructurales que tenemos. La supuesta calidad de estos no depende de la moralidad individual de nadie; por mucho que nos enfrasquemos en dilucidar el altísimo valor moral de unas personas determinadas poco avanzaremos en la calidad general, y menos si esos filántropos no tienen responsabilidad directa.
Vaya por delante que es de agradecer que, en momentos cruciales, los responsables de algunos ámbitos laborales sean competentes y estén en su puesto cuando los ciudadanos los necesitan. Y que también puede estar muy bien que haya personas que, en situaciones de necesidad, se sientan compelidas por la solidaridad, la caridad o cualquier razón moral para ayudar a los demás. No hay por qué poner pegas a que puedan crecer los donantes a las ONGs, especialmente las que pasan controles homologados de transparencia. Pero todo eso no puede ocultar que una sociedad fuerte y bien trabada no se construye solo con estos voluntarismos, sino con estructuras bien dotadas por los presupuestos públicos progresivos de todos y una gestión democrática, en que el objetivo común no se pierde de vista o no sea trampa para negocios, privilegios y corrupciones particulares.
¿Política económica o Economía política?
No vamos arreglar el pasado, pero enseña realismo en estos asuntos, que permita construir futuro. Hubo caridad a lo largo de toda la Historia europea, sobre todo, a partir del siglo IV, y también sucedió que, en el siglo XVIII, cuando la generosidad de los más pudientes –reyes y eclesiásticos incluidos- era deficiente, surgieron “filántropos” y “benefactores” y que hasta el Estado asumió labores de beneficencia. Nuestra Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (RACMP) premió una Memoria de la todavía joven Concepción Arenal que, en 1861, invocaba que todo hacía falta, “beneficencia, filantropía y caridad”, para tanta pobreza como había. Se empezaba a plantear, además, que la pobreza que preocupaba era la del proletariado urbano –del que se ocultaban carencias salariales y sociales-, al que se “cuestionaba” porque empezaba a exigir otro orden político y social más equitativo para una sociedad aburguesada.
Algunos de aquellos académicos empezaron a plantear que había que crear un “estado social”, con instituciones y derechos garantizados por el Estado. En 1890, el propio Cánovas, habló directamente de que con caridad era imposible y que ya era hora de pasar de la “Economía política a la Política económica”. Unos ocho años antes, Bismarck ya había iniciado -para una Alemania recientemente unificada en torno a Prusia- un corpus legislativo con obligaciones mutualizadas entre empresarios y Estado en áreas de sanidad, educación, vivienda y jubilaciones. Muy pronto, uno de los académicos de la RACMP se preguntaría -cuando aquí empezó un lento cambio de paradigma en la políticas social- cuándo tenían razón: si antes, cuando no admitían la intervención del Estado en la sacrosanta propiedad privada o ahora, en que empezaba a haber alguna ley contraria a la economía clásica.
El debate del pacto
Esa es la urgencia y no el ver si nos llueve del cielo alguna solución mágica, gratuita y bien intencionada. Hay un gran debate al que tendremos que ajustarnos, Estamos en una situación excepcional y, a todas luces, muchas cosas en nuestras vidas no serán como antes. Estemos o no contentos de cómo nos haya ido en este trance: ¿qué Estado de todos queremos construir después de esta situación excepcional? No podemos dar por supuesto que la bondad d algunos hace, por sí misma, el bien de todos. Lo que se oye y ve estos días no deja ver que en qué estemos dispuestos a ceder y perder. Y eso es precisamente un pacto social: cesión mutua, para que todos ganemos en fuerza; eso es la democracia. ¡Ánimo, que falta un poco menos: con el esfuerzo de todos será posible!
Manuel Menor Currás
Madrid, 07.04.2020
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domingo, 12 de abril de 2020
martes, 31 de diciembre de 2019
Los cambios en educación dependerán de cómo se concreten (Agustín Moreno para CUARTOPODER.ES
Nuestro compañero Agustín Moreno escribe este artículo en CUARTO PODER
Es un buen regalo de Reyes y comienzo de 2020 que por fin haya un Gobierno progresista. Las líneas del acuerdo de Gobierno hay que verlas globalmente y no solo de forma sectorial para valorar en su conjunto los compromisos que asumen ante la ciudadanía. En este sentido, es importante que se dediquen la mitad de los puntos a aspectos sociales, conscientes de que ese es el camino más eficaz para mejorar la situación de la mayoría social, colocar en el centro de gravedad otros temas diferentes a los que han copado el debate público en los últimos tiempos, y como vacuna frente al avance de la ultraderecha.
En mi opinión, hay cuatro grandes ejes para medir si realmente se coloca la educación como prioridad estratégica para mejorar la equidad, la formación de las personas y la cohesión social y democrática de este país.
1. La sustitución de la LOMCE. Es importante el compromiso de derogar una ley rechazada por la comunidad educativa con sus movilizaciones (Marea Verde), por la mayoría de los grupos parlamentarios y de negativos efectos en la calidad. Pero no se trata de suprimir un símbolo denostado, sino saber por qué se sustituye. La mejor manera de medir la profundidad del cambio es comparar las propuestas del Gobierno con el “Documento de Bases para una nueva Ley de Educación” elaborado por todos los sectores progresistas de educación.
Y las diferencias son grandes, si el cambio se reduce a poco más que la necesaria supresión de los itinerarios segregadores (y, supongo, que a la recuperación de programas como los de diversificación que funcionaban muy razonablemente y se los cargó el ministro Wert) o a que la Religión no cuente para la nota.
2. Red pública o doble red. No está clara la apuesta real por la red pública y por la reducción progresiva de la educación privada sostenida con fondos públicos. Uno de los grandes problemas de la educación es la doble red que selecciona y segrega al alumnado por razones socioeconómicas, clasistas. Y sobre esto no veo nada concreto. Suprimir los conciertos a los centros que segregan por sexo está bien, pero son una pequeña realidad. Insistir en la gratuidad que ya dice hoy la ley “informando a las familia” es un brindis al sol, porque serán las comunidades autónomas las que pongan o no medidas para garantizarlas. No se aborda un horizonte de negociación para suprimir la anomalía de los centros concertados e incorporar su función en la red pública.
3. La laicidad de la escuela. Corregir la barbaridad de la LOMCE de que la asignatura de Religión computase para la nota media y para las becas es lo más elemental. Ya es voluntaria y que no tenga asignatura alternativa es poco relevante. Debería asegurarse la libertad de conciencia de los niños y niñas, según dicen las Convenciones de Naciones Unidas y, para ello, la religión confesional debe de salir de la escuela y del currículo, no solo del horario escolar. Y abordar, de una vez por todas, la derogación de un concordato preconstitucional que carga de privilegios a la Iglesia católica en su labor adoctrinadora, como aprobó la mayoría parlamentaria con la PNL de febrero de 2018.
4. La Financiación. El compromiso de llegar al 5% del PIB desde el actual 4,2% está bien, ya que son 8.000 millones de euros más que fueron los que recortó el PP, pero se demora mucho en el tiempo (no se alcanzarían hasta 2025). Hace falta una fuerte e inmediata inversión en educación porque no se nota la reversión de los recortes en los centros educativos, hay que mejorar las becas y la calidad. Con este compromiso no hacemos otra cosa que aproximarnos a la media de la Unión Europea. Y esto no es suficiente: hay que trazar un horizonte de futuro hacía el 7% del PIB si queremos que España esté a la cabeza de la calidad educativa.
Muchos temas que se apuntan en el programa de gobierno están en función de cómo se produzca la financiación, de cómo se desarrollen los acuerdos con las comunidades autónomas (CCAA) y de si son o no prescriptivos para ellas. Estamos hablando de poder financiar nuevas etapas educativas como la de 0 a 3 años; de un plan eficaz contra el fracaso escolar y el abandono temprano; de reducir la interinidad (aunque no se dice cómo) del profesorado y evitar los despidos para no pagar el verano; de reducir la precariedad del profesorado universitario; de mejorar la política de becas y de reducir las tasas universitarias a la situación anterior a los recortes… Compromisos de valor aunque sin concretar que aparecen en el programa de Gobierno.
Vista la experiencia de la ley 4/2019 que aprobó el Gobierno de Pedro Sánchez, que debía de servir para revertir los recortes de Rajoy (DL 14/2012) y que apenas se ha notado en los centros educativos en la reducción de jornada y de ratios, porque dejaba en manos de las CCAA su concreción y aplicación, se puede temer que algunos opten más por cambios aparentes que reales.
Así las cosas, estando bien una serie de propuestas, no dejan de ser insuficientes los cambios que se plantean en educación. Y, ojo, ello siempre que haya una movilización suficiente de la comunidad educativa y de la ciudadanía progresista, porque seguramente saldrán a la calle de manera preventiva las fuerzas que defienden los privilegios, el negocio y el adoctrinamiento religioso en educación. Una nueva ley y otra política educativa serían una buena ocasión de apostar en serio por la educación pública, pero todo depende de cómo se desarrolle.
El nuevo Gobierno eliminará conciertos a los centros que segreguen e incluirá el dentista en el Sistema Nacional de Salud (Daniel Sánchez Caballero / Belén Remacha para ELDIARIO.ES)
ELDIARIO.ES publica esta información
Derogar la LOMCE, prohibir los conciertos educativos en colegios que segreguen por sexo, subir la inversión educativa y sanitaria, incluir el dentista en el catálogo, eliminar los copagos, mejorar las condiciones laborales de los profesores universitarios, regular la eutanasia, descongestionar las listas de espera de la Dependencia, avanzar hacia la generación del 100% de energía renovable o toda una sección dedicada al feminismo.
Como había anunciado, el futuro Ejecutivo de PSOE y Unidas Podemos dedica una buena parte de su pacto de Gobierno a lo social, casi la mitad del texto. Un total de cinco de los 11 puntos acordados tienen este cariz: Educación, Sanidad, cambio climático, feminismo y despoblación componen los apartados más sociales del documento que se va a presentar esta tarde.
Educación: fin de la LOMCE y de los conciertos que segregan por sexo
La derogación de la LOMCE va a llegar tarde. El futuro nuevo Ejecutivo se compromete en el pacto de Gobierno alcanzado entre PSOE y Unidas Podemos a tumbar la conocida como ley Wert y sustituirla por una Ley Básica de Educación. Pero los plazos aprietan, derogar en el Congreso una ley orgánica como la LOMCE lleva tiempo y los cursos escolares empiezan a prepararse por marzo, mucho antes de empezar en septiembre. Las cuentas no salen.
Así, en el mejor de los casos la LOMCE habrá resistido casi siete años, pese a ser una ley que "nació muerta". El Ejecutivo también se compromete a eliminar una de las medidas más polémicas que trajo la ley y que el Tribunal Constitucional avaló: los conciertos educativos en centros que segregan a sus alumnos por sexo. En lo relativo a la escuela concertada, el pacto anuncia que "se asegurará que todos los centros privados concertados informan al alumnado de que las aportaciones son voluntarias y nunca condicionan la prestación del servicio educativo".
Todavía dentro de la etapa obligatoria, a la que se dedican 11 de los 17 puntos de la parte educativa, el acuerdo compromete al Gobierno a elevar hasta el 5% del PIB el gasto en Educación (actualmente en el 4,2%) en 2025 (ni rastro de objetivos cercanos al 7%, considerada la cifra mágica en Educación y que algún responsable socialista ha citado como la meta ideal). Por último, se anuncia "la universalización del acceso a la educación infantil 0-3 a través de una red pública de centros".
En Universidad, para los alumnos el Ejecutivo anuncia que revisará el sistema de becas, que el PP había modificado con rebaja en las cuantías incluida. Entre los objetivos del nuevo Gobierno en este apartado estará que el dinero llegue antes de que empiece el curso, una queja recurrente de las asociaciones de alumnos. También se quiere promover una rebaja de las tasas, que llegaron a subir hasta el 300% según dónde, aunque esta ejecutar esta medida depende de las comunidades autónomas, el Gobierno solo puede modificar los márgenes en los que se moverán las autonomías.
Para los profesores, un vago anuncio de "avanzar en la reducción de la precariedad y progresiva estabilización", sin más concreción. A los docentes ya consolidados se les ofrece un estatuto docente, otra reivindicación histórica de los funcionarios universitarios. Para el personal de servicios no hay promesas.
El texto también contempla acuerdos en I+D+i. Se comprometen los dos partidos a aumentar la inversión pública y "avanzar" hacia los objetivos comunitarios, lo que supondría duplicar el gasto (no se especifica este objetivo en el acuerdo). También hay una propuesta para facilitar la contratación de personal investigador y aumentar las becas predoctorales y los contratos postdoctorales.
Sanidad y servicios sociales: hola al dentista e impulso a la dependencia
Una de las medidas más ambiciosas que recoge el pacto de gobierno es la introducción de la salud bucodental en el catálogo del Servicio Nacional de Salud. Dicho de otra manera, dentistas gratis. "Progresivamente", eso sí.
El nuevo Gobierno también pretende eliminar los copagos introducidos en 2012, sin otro plazo que la legislatura. Esta medida empezará por los pensionistas y los hogares en situación de mayor vulnerabilidad. Asimismo, el tercero de los 14 puntos dedicados a la Sanidad se refiere al "blindaje" del sistema público de salud, "apostando por una sanidad que se base en la gestión pública directa". En este sentido, el documento fija el 7% del PIB como objetivo de financiación para 2023. Los países europeos que más invierten superan el 8%. Como le sucede en ciertos apartados de educación, el Gobierno central tiene las competencias en Sanidad limitadas y depende en buena parte de lo que las comunidades autónomas quieran o no quieran hacer.
El acuerdo también se refiere a la dependencia. Dice el texto que "mejorarán" la financiación del Sistema de Atención a la Dependencia para "reducir las listas de espera", poniéndose el objetivo del 75%. Actualmente, la media de espera para recibir una prestación o servicio es de un año y dos meses, según hizo público este mes la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales. Además, este año el Sistema, que nació con la Ley de 2007, ha sufrido un retroceso grave: el número de personas que esperaban la valoración alcanzó en verano su récord desde 2012, y también aumentó por primera vez desde 2015 la lista de personas calificadas como severas o graves que no contaban todavía con ayuda.
También prometen PSOE y UP que "se realizará un esfuerzo gradual para mejorar la financiación del nivel mínimo y se recupera el nivel acordado derogado por el Partido Popular", como piden las asociaciones, y de carácter "finalista", es decir, que el presupuesto para el Sistema no se pueda desviar. Actualmente, las autonomías aportan el 80% al Sistema y el Gobierno central el 20%, cuando la legislación dicta que debería de ser una inversión al 50%.
domingo, 30 de junio de 2019
Trampantojos (Manuel Menor)
Problemático
realismo postelectoral
Los electores están en
fase de descubrir que del dicho al hecho hay un trecho, y que promesas todavía
próximas pueden no haber existido.
Madrid, Zaragoza, Badajoz, Palencia, Teruel y Granada han permitido a la derecha de
la derecha exhibir su poder actual en los municipios. El estilo del que ya
ejerce en el Gobierno de Andalucía, previsiblemente mostrará también su alcance
en el de Comunidades como Madrid, Murcia y Castilla-León, en colaboración con el PP y Cs. Este partido ha
reducido todavía más su cambio regeneracionista de otrora, al sostenimiento de una sociedad bien
ordenadita, cursilona y aparente; el profesor Carreras, que ha conocido en
ciernes a Rivera, parece haber tenido poca suerte en sus reconvenciones a este “adolescente caprichoso” ahora ya
talludito. El PSOE, entretanto, trata entre remilgos de no exponerse a que Podemos descentre su delicada imagen progresista.
Escoramientos
El escoramiento y el mercadeo han sido evidentes estos días postelectorales y
algún periodista ha hablado de descarnada subasta de poder. Para la dignidad del voto tal vez habría sido mejor que
los votantes hubieran tenido la oportunidad de una segunda vuelta en vez de haber
tenido que asistir, cansados, a este juego de sillas, pero puede que diciéndolo
se caiga en mitificación, olvidadiza de la serie electoral de 2015-2016. Casos
hay, en todo caso, ilustrativos de que el panorama político proseguirá, entre
formalidades aritméticas, tan débil como estrafalarias han sido las
combinaciones para que cuadraran los números. Sirvan de ejemplo dos acontecidas
en Ourense, provincia con una pirámide de edades que se viene invirtiendo desde los años ochenta a un ritmo creciente,
y con un PIB que, a escala nacional, se posicionaba en el nº 41 de 52 consignados
en 2015, lo que representaba el 10,6 % de la aportación de Galicia.
Sin que sean determinantes esos datos –pues otros lugares hay no
menos singulares-, la alcaldía de la ciudad orensana ha ido a parar no
precisamente a la lista más votada o la siguiente, sino a una componenda en que
la presidencia de la Diputación se ha mantenido donde estaba. El intercambio,
que hace inviable el dicho de Lampedusa respecto a los Finzi Contini del Gatopardo, deja un mensaje estancado y
espeso, incluso para los votantes de J. M. Baltar y de Pérez Jácome. Dice este que va a “transformar la ciudad”, y la impostura la pagara la ciudadanía. Significativo es, al
mismo tiempo, que apenas a 14 kms. por la antigua carretera nacional 525, en el Ayuntamiento de Taboadela, estas elecciones hayan traído consigo –tras
reiteradas mayorías absolutas del conservadurismo desde 1972-, un cambio y el
descubrimiento de que, durante 47 años, habían votado “por costumbre”.
Lentitud
No se puede deducir, pues,
que esté en primer plano que las instituciones funcionen con la prontitud que
exige la vida democrática, pese a que no le vaya bien la languidez perezosa. En
asuntos cercanos que contribuyen a alimentarla, adormecerla o incluso a
amordazarla, no es que hayamos batido un récord olímpico. También aquí podemos
tomar como ejemplo asuntos en que se entrecruzan de atrás tiempos largos de la
Historia de España. Es el caso de la educación que, desde 1857 -en que podría
situarse su primera ley general para regular su obligatoriedad, estructura y
funciones-, no alcanzó a tener Ministerio y presupuesto propio hasta 1900. Y solo logró la escolarización universal de
los chicos y chicas españolas –hasta los 14 años- casi en
los años 90, fecha desde la que, extendida hasta los 16, han quedado pendientes
serios problemas, como la estructura general del sistema, la garantía de
recursos para una escuela pública consistente, la formación adecuada de los
candidatos a profesores y maestros y que, además, no sean sonrojantes las
cifras del llamado “fracaso escolar” y el “abandono temprano”. Decir, por tanto, que se ha avanzado mucho en la educación
española es poco tranquilizante si no se indican las referencias de este juicio.
Avanzar puede ser una manera de disculpar lo poco alcanzado, para proceder con
la misma lentitud que ha caracterizado casi siempre este ámbito de la vida
política.
Es muy relevante, en todo caso, la presencia que en el proceso
educador –desde antes de 1857- ha tenido la jerarquía católica, experta en
arreglos con el Estado –para el logro de privilegios y subvenciones hasta 1985-
y hábil después para que crecieran los “conciertos” de sus colegios. Estas
generosas relaciones se han dilatado en los últimos diez años (los de la
crisis), se han ampliado en la LOMCE desde 2013 -y más en algunas Comunidades-,
resultando que la “aconfesionalidad” del Estado tiene vida para rato aunque
fuera un apaño extraño en la CE78. Bien
alimentada está, aunque el número de practicantes disminuye, el de sacerdotes y religiosos también, y
no digamos el de contrayentes que deciden casarse por la Iglesia. El crecimiento de los colegios concertados es
inmune a esta realidad de fondo y a que la distancia cronológica con legislaciones
afines como la francesa va en aumento. Desde 1905, en que se separaron en
Francia los intereses eclesiásticos y estatales, en España se han firmado el
Concordato 1953 y los Acuerdos de 1979, además de otros complementarios, como
el de 2007, en que se aumentó el subsidio del IRPF voluntario al 0,7%.
Trampantojos
Todo apunta a que, en Comunidades como Madrid, aunque la investidura
del Gobierno central logre salir adelante, se propicie la reafirmación de esta
“costumbre” inveterada, cuasi “naturalizada”. En
sintonía, proseguirán las “guerras del escuchar y del ver” –que dice Darwix, el gran poeta palestino-, en que muchos políticos tratarán de
satisfacer nuestra fantasía auricular con prédicas que nada tienen que ver con
una realidad deficitaria y carencial. “Libertad de elección de centro” será un
misterio para la mayor parte de los ciudadanos; “calidad” no pasará de reclamo
como el de cualquier consumo perecedero; y “público” será un adjetivo con el
que tratarán de que tomemos el todo por la parte y, también, de que no veamos este
tinglado como un sostenimiento de un pasado imposible.
Tal vez Filón y Plotino, si vivieran, pudieran aclarar algunos de estos y otros
bizantinismos, como aquellos en que “naturaleza”, “sustancia” o “persona”
dirimieron diferencias en que se ventilaba al unísono lo trascendente y lo terrenal.
De los siglos III y IV d. C., en que tuvieron importantes seguidores, ha
llovido mucho para la hermenéutica: el Padre Astete –al final la primera parte de su Catecismo,
vigente en los años cincuenta- decía que doctores había que nos lo sabrían
explicar si les preguntáramos, porque él era “ignorante”. Pero es posible que el sofisticado aparato
del poder ya haya inventado para lo venidero algún otro trampantojo que prolongue
esa evanescencia, ajena respecto a lo que realmente importa. Entre
escoramientos y lentitudes anda el juego.
Manuel Menor Currás
Madrid, 23.06.2019
domingo, 16 de junio de 2019
Tiempo largo (Manuel Menor)
En la Historia actual
también existe el “tiempo largo”
No es que el pasado
se repita: se ha mutado levemente, se ha adaptado y ha dado en esta
turistificación y privatización del presente.
La metodología de la Historia
advierte etapas o tramos particulares dentro de períodos más extensos, siempre
apoyada en documentación fehaciente rigurosamente analizada. Con la memoria,
más subjetiva, las distinciones suelen ser más borrosas. El paso del tiempo
difumina e incluso hace desaparecer muchos recuerdos de las experiencias de
vida. No obstante, ambas tienen crucial importancia para la educación personal
y social, y proporcionan buena orientación en momentos de confusión programada.
Yendo leyendo
La combinación de ambas –como
puede suceder con la creatividad artística-
potencia las líneas principales del mejor sentido educador, el de aprender
a leer y a conformar criterio propio por encima de los convencionalismos y de
las maneras en que el poder trata de manipularnos. Puede comprobarse en el
Museo Reina Sofía hasta el 26 de agosto, en la exposición Yendo leyendo, dando lugar, de Rogelio López Cuenca (Nerja, 1959).
De este artista cabe admirar, entre otras facetas, su ironía de poeta visual.
Investiga sobre los múltiples mensajes que de continuo entran por nuestros
ojos, hasta encontrar el modo de hacernos ver sus contradicciones. Es
especialmente el lenguaje señalético, propagandístico y publicitario, el que está
en su centro de interés; se apropia de el y, mediante el collage y diversas
técnicas vanguardistas, trata de darle la vuelta. Málaga es una de sus topografías de atención
permanente. No solo por la acumulativa “malagueñización” de Picasso, en que pone de relieve cómo el comercio turístico ha convertido al
artista republicano en un remedo apto para cualquier mercancía. También, como
foco de atención histórica y memorial. De 2007 arranca –y continúa en una web- su proyecto titulado Málaga 1937, en que trata de
recuperar lo acontecido el 7 de febrero
de ese año en la carretera hacia Almería. La técnica que emplea aquí es similar a la que emplean muchos profesores
de Historia simulando un eje discursivo en que se van sucediendo,
cronológicamente, los distintos testimonios documentales que, en este caso,
rescatan del silencio la masacre de unos 5 000 republicanos que huían de los nacionales golpistas aquel fatídico día.
Mientras en la sala del museo se suceden en blanco y negro fotos recuperadas de
muy diversas procedencias, un video actual del tráfico de esa misma carretera,
en color y a gran pantalla, induce al cuestionamiento del tupido silenciamiento
que lo allí acontecido ha tenido durante casi 82 años.
Parar las aguas del olvido
De lo vivido en esa etapa, desde
un poco antes de la masacre entre Málaga y Motril, da buena cuenta Paco Ignacio
Taibo en Para parar las aguas del olvido, un relato en gran medida autobiográfico
que escribió en 1982 y que fue reeditado hace apenas dos años. El reconocido escritor vivió de lleno la
revolución de 1934, la guerra del 36 y la postguerra hasta 1959; desde su
exilio en Méjico, recrea aspectos que moldearon significativamente su infancia
y adolescencia. La intencionalidad del título de este libro, tomada de un poema
de El
Quijote, II, LXIX, explica la selección de los elementos con que hilvana el
recuerdo mezclando el dolor y la alegría, el horror y el desconsuelo, con la
camaradería, la complicidad y la amistad. Relatar los aprendizajes de la
supervivencia en circunstancias tan duras no deja de tener mucho de ficción
personal, más selectiva e intransferible en la medida en que el autor trata de
mirarlos con humor.
El de la memoria es un material
delicado que no necesariamente es Historia, aunque pueda documentar parte de su
complejidad. Del Oviedo reconquistado por los golpistas, Paco Ignacio Taibo compartió con el poeta Ángel González, el
gran especialista en la Generación del 27 Carlos Bousoño o el editor Manuel Lombardero,
peripecias vitales contrastantes e imposibles salvo para la imaginación. En especial,
ricas lecturas literarias y el
entrelineado de su asiduidad al cine, en el fondo oscuro de ciudad “sin
misericordia para los vencidos” –con los ojos “como agujas” de los sucesores
del Magistral de La Regenta “repartiendo el cielo y el infierno de acuerdo con
las ideas políticas de cada cual” y que la ciudad se entregara “a la aparatosa
demostración de su cristianismo absoluto”-
y, en particular, el paisaje humano de la Librería Cervantes (p. 99),
lugar asiduo de maestros y maestras, pese a que “no estaba la cosa para tener
ideas” y se habían muerto “los maestros delante del paredón llevándose con
ellos los mejores textos, los mejores autores, los mejores poetas”. La posición del autor queda clara tras la
anécdota de un aristócrata reticente a los falangistas, que es escarmentado con
el paso por la cárcel y que, a la vista de los muchos “catedráticos, maestros,
artistas y periodistas” que estaban en la quinta galería, dice: “-Aquí está lo
mejor de Asturias” (p.129).
El trance actual
“Todo nos estaba llegando
demasiado tarde” –dice también Taibo en la p. 59-, “la vida se había enrollado
en algún estante esperando otra ocasión que no llegaba”, lo que vale para
varias generaciones que vinieron después. Pasaron 40 años de “interminable
postguerra” –que dice Gregorio Morán, también asturiano-; pasó la Transición y
pasaron otros 26 años, en que en comunidades como Madrid se probaron estilos
vergonzantes para el trato de lo público y, en particular, de la escuela pública.
José Luis Pazos, que tuvo ocasión de
verlo en primera fila desde su Federación de Madres y Padres (FAPA Giner de los
Ríos) describió las estratégicas políticas de las Consejerías del PP para
desarrollarlos. Es un guión perfecto para un documental plenamente actual, capaz de explicar
–entre otras cosas- cómo haya sido posible que en tan pocos años se hayan duplicado los ingresos de la educación concertada y privada. La privatización de la
Sanidad y la Educación fue, en esos años pasados, como la “malagueñización” de
Picasso investigada y plasmada por Rogelio López.
Después de la última serie
electoral, viene otro tramo de Historia actual. En unos días sabremos el
alcance del supuesto “cambio” o continuidad que haya traído, una vez se definan
más los pactos que se están conformando. Tanto para la investidura del
presidente del Gobierno como para la de quienes vayan a presidir algunas alcaldías
y comunidades autonómicas, la aritmética del voto es tozuda pero, dentro de
unas formas políticas de apariencia más civilizada que antaño, puede desembocar
en que todo siga manteniendo distancias de clase o, si se prefiere de “distinto
nivel cultural”, eufemismo bajo el que, como suele decir Emilio Castillejo, se suelen ocultar “modos de ser” cuasi
biológicos –pura “biopolítica”-, desiguales en el aprecio y la estima.
El terreno ya lo está preparando la AIREF. Su informe sobre la obligatoriedad de los
servicios de Correos servirá para justificar la eficiencia o no de muchos
otros, incluido el de la educación, y la consiguiente reducción o supresión de
plazas y profesorado. Todo muy aséptico y muy independiente, mientras la España
vacía es vaciada un poco más. Y. en paralelo, está la decantación que han tomado los grupos
políticos estos días. La traslucida en el debate de los presupuestos de Andalucía
puede resultar paradigmática de lo que vaya a suceder en Murcia, Castilla y
León y, asimismo, Madrid, aunque no solo. Los cambios de nombres y de recursos
en algunos programas más simbólicos son indicativos de que “la libertad de
elección de centro” y el crecimiento indiscriminado de las empresas educativas son el verdadero “cambio” a que está expuesto el sistema educativo ahora mismo.
Lo oído a la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso,
cuando estaba en campaña, no deja demasiadas dudas de cómo continuará
desarrollando –desde la emblemática Comunidad de Madrid- las estrategias que alimentó su mentora, Esperanza Aguirre.
El pasado es terco y el tiempo
largo existe. Ahí está el final del juicio del procés para recordar que no hay arrepentidos y que podemos tropezar todos en alguna piedra de lo que
se avecina. Enzo Traverso propone “la melancolía” como forma de continuaren las peleas por lo justo y no cansarse tras tanta peripecia frustrante.
Más difícil, pero no imposible, es
acompañarla del humor que Paco Taibo I desplegó para sobrellevar su peripecia
vital y seguir avanzando. ¡Suerte!
Manuel Menor Currás
Madrid, 13.06.2019
domingo, 2 de junio de 2019
Cromos (Manuel Menor)
Intercambio de cromos en
el patio del país
Victorias ambiguas, sino
tristes, es lo que parecen haber deparado las cuatro elecciones últimas. Los
pactos que sigan fijarán las políticas educativas.
Algunas candidaturas no han demostrado sino ser irrelevantes, pese
al ruido que han generado; casi ninguna ha llegado a donde pretendía aunque
haya logrado éxitos parciales. Ahora viene el medir el alcance real de los
resultados y tratar de paliar daños en el barco. Al tiempo, en aspectos cruciales
para los ciudadanos lo fundamental sigue donde estaba antes.
Paisaje incierto
Mientras el CIS se interesa por los pactos “preferidos” por los ciudadanos, salir del atasco sigue exigiendo
cambios relevantes a los políticos elegidos, si quieren ser útiles a la
sociedad y no vivir enclaustrados en sus intereses de nomenklatura, ajenos al
bien común. Lo primero sería plegar velas al lenguaje desorbitado, excluyente y
descarado que algunos han exhibido sin pudor. De seguir así, todos tendrán “su”
razón para decir a los demás lo que se les ocurra. Esa verborrea intolerante y
descarnada induce al odio y deja un reguero de yesca lista para cualquier
incendio. Es hora de pedir, al menos, respeto a las palabras y a la sintaxis
para, a continuación, ver si se reduce el ruido. Se requiere el silencio como
parte del juego armónico deseable para que suene esta orquesta.
En segundo lugar, habrían de invocar la paciencia. No es virtud
con crédito entre personas inclinadas a forzar tiempos y formas de competitividad
transgrediendo maneras que dicen
caducas, como si muchas de las más bellas hechuras de la Tierra -cantos rodados
de ríos y playas, morfologías erosionadaas de rocas y penedos, o intrincadas
meteorizaciones de los relieves kársticos- no derivaran de la actividad
geológica de tiempo largo. La mayoría de las fuerzas políticas actuales son
fruto de un tiempo corto, excesivamente breve para las prisas por ejercer poder.
El espectáculo tecnocrático del retwiteo e Instagram, en que se apoyan, rechaza
la lentitud que exige gran parte de cuanto merece la pena.
Y en tercer lugar, advertidos debieran estar de que solo si
abandonan la abstracción retórica y se ocupan de la sociología de lo concreto -la
educación, la sanidad, los servicios sociales a que por ley constitucional
están obligadas las políticas democráticas-, merecerán la continuidad de la
confianza de los votantes. Sobran políticos contagiados por la misión de definir,
una vez más, la esencia de España, el patriotismo nacionalista e, incluso, la
reconfiguración del territorio. Sin contemplar que, con esos mimbres, de gran
interés para absolutismos varios, este es el gran riesgo actual. A algunos no
les importa correrlo, aunque puedan derivar en lo que que Goya reflejó en sus Disparates y Desastres. Creyentes en lo que mueve en este momento a casi la mitad de Europa, no debieran ignorar que las recientes elecciones
en Italia, Gran Bretaña, Polonia o Hungría, seguramente habrían sido el canto
de sirena del que Homero habría advertido hoy a oyentes y lectores.
El paisaje de lo
singular
Y para no caer en el bizantinismo, habrían de cuidarse de la
vigencia de principios implícitos tan “naturales” que, por tales, deban ser
dados por buenos e inamovibles. Esa supuesta bondad de la Naturaleza, que la
Economía clásica imponía en la relación política de los humanos, pretende
seguir siendo el regulador único de la oferta y la demanda. La consiguiente selección
de unos pocos –producida por el darwinismo social- se seguirá justificando por
sí misma, sin avergonzarse de que todos los demás sean asalariados precarios o
esclavos. Es más, percibida una conexión inescrutable entre la Naturaleza y
Dios, miel sobre hojuelas para que algunos monoteístas sigan felices haciendo descansar
la fatalidad de vida de las mayorías en la sacrosanta voluntad divina, solo
benevolente a través de voluntades caritativas o filantrópicas.
Este ciclo electoral no ha
indicado que esta mentalidad, esencialmente urbanita, no haya determinado –entre
otros desarrollos- el alegre vaciado a que ha sido sometido el territorio
rural, o que las políticas sociales –esenciales en los pactos que se acuerden-
vayan a tener amplia acogida en un Estado reducido a mínimos en estos años. Consejo no pedido, consejo no oído, pero tendría gracia que, después de más dos siglos de peleas por una
justicia distributiva acorde con los derechos solemnemente proclamados desde
1789, volviéramos como ciegos a renovar los motivos de la pugna por conseguirlos.
Líderes hay cuyas ambiguas victorias en esta serie de elecciones se harán
valiosas en el trance de posibles pactos con agendas empeñadas en que
regresemos a ese pasado de malestar social y en tirar por la borda lo logrado. En el paisaje moderno a que aspiran, cada cual se
apañará con su “libertad”, “singular” por empleo precario, salario escaso,
sanidad recortada y circuitos educativos diferenciados.
El tablero de ajedrez
Con los acuerdos y reparto de cromos que ya están en marcha,
pronto se verá cómo hilan fino en lo que asignen a la educación pública. Apenas
presente en los debates electorales -porque siempre tenían algo más importante de
qué hablar-, llega la hora de las definiciones. Empeñarse en ganar o en tener
razón son ambiciones plausibles, pero siempre derivan en opciones que es imposible
simultanear en política: empeñarse en tener “siempre” razón es puro sofisma y
nada vale el tancredismo. Pronto serán urgidos, una vez más, por criterios
interesados en que la buena educación está siempre fuera de la escuela pública
y en que el Estado ponga sus manos lo más lejos posible porque, entre otras
cosas, “adoctrinaría” en algo que quieren exclusivo de las familias.
Sucumbir a esta tentación –sin mentar nunca el negocio de los colegios y su entorno añadido- facilitará los posibles
pactos que están en juego, y es muy probable que, más de un político, en su
opción por “ganar y tener razón”, pronto repita que lo necesario se ha de
llevar por delante lo principal. Pudiera resultar, pues, que el medio se
imponga sobre el buen fin y que –por mucho que pueda decir a posteriori- no
arriesgue su puesto para que la escuela pública tenga garantizada posición
principal en la estructura del sistema educativo. Haber recitado en vísperas
electorales salmodias distintas, no le impedirá loas a los particulares
criterios de la concertada y, si sufre la igualdad, será que el guión de este
juego de ajedrez da valor naturalmente asimétrico a sus piezas. Comunidades habrá en que todo
será como en los últimos 13 años o peor. ¡Atentos!
Manuel Menor Currás
Madrid, 30.05.2019.
viernes, 12 de octubre de 2018
Pacto de 50 páginas sobre Presupuestos alcanzado entre PSOE y Unidos Podemos (eldiario.es)
Artículo publicado en eldiario.es
- Este es el pacto que han firmado Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para los Presupuestos Generales de 2019
martes, 12 de septiembre de 2017
Gobernando mediante datos. Una pedagogía al margen de las personas (Rodrigo Juan García en eldiariodelaeducacion.com)
Artículo de Rodrigo Juan García en eldiariodelaeducacion.com
… con la difusión de datos y la garantía de calidad (…) no se trata simplemente de reunir y organizar datos, sino de un proceso que, más que describir realidades educativas, las construye. (António Nóvoa, 2010)
Las instituciones escolares asumen el mandato que el modelo social hegemónico les encomienda. Tiene todo el sentido averiguar cuál es el contenido de este mandato y comprobar si incorpora, sin eufemismos, valores de inclusión y de justicia curricular. Sólo en estas circunstancias, las escuelas tendrían la exigencia de erigirse en verdaderos baluartes de prácticas inclusivas y justas.
Apuntar algunas de las ideas maestras en las que se ancla nuestro modelo social va a constituir el propósito de esta contribución. Una de estas referencias, en este caso de las más relevantes, por servir de acceso al resto, es la relacionada con el modo de conocer que se considera más valioso; es decir, con la lógica utilizada para valorar la realidad que observamos.
Según el método y las herramientas empleados para analizar el sistema educativo, nos acercaremos a unos hechos, circunstancias y perspectivas, y dejaremos otros fuera de foco. Desde hace algún tiempo, en educación y en otros ámbitos, asistimos al resurgimiento y utilización, casi en exclusiva, del método científico entendido de la forma más restrictiva y convencional. En nuestra práctica social y política se considera apreciable solo aquello que se obtiene de la aplicación de un modo de conocer analítico, expresado en cantidades numéricas, con propósitos comparativos y de generalización (OCDE, Education GPS). Esta opción metodológica no contempla una posible utilización ‘conveniente’ de los datos, ni toma en consideración la relevancia que, para los colectivos más débiles, tienen otros parámetros no seleccionados. “Los imaginarios que se suceden en ese terreno vinculan la política con el engaño, las prebendas o los pactos adulterados e inconsistentes” (Martínez Bonafé y otros, 2017)
Capitalismo cognitivo
En los documentos de organismos internacionales (por ejemplo, en la ET 2020), se señala que nos encontramos inmersos en una economía y en una sociedad del conocimiento que necesita estar basada en ‘evidencias’, como las únicas referencias capaces de sustentar dos principios que se consideran básicos para el desarrollo económico y social: la competitividad y el emprendimiento [CE. Rethinking education, COM (2012) 669 final].
Lee el artículo completo en eldiariodelaeducacion.com
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Comunicado de MAREAS POR LA EDUCACIÓN PÚBLICA, LA EDUCACIÓN QUE NOS UNE y STEs-i ante la creación de una subcomisión parlamentaria para elaborar un “Pacto de Estado Social y Político por la Educación”
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martes, 30 de agosto de 2016
"La normalidad" (Manuel Menor)
Manuel Menor nos envía su último artículo:
La
normalidad post veraniega puede traer anormalidades sólo benéficas para unos
pocos
Prosigue el lenguaje
equívoco, sólo apto para la apariencia. Los “compromisos” de PP y Ciudadanos,
vistos desde Educación, sólo implican continuidad de lo ejecutado estos años
por Wert.
Se ha podido oír en algunas crónicas estos días que, después de
las vacaciones viene “la normalidad”. Claro que se dicen muchas cosas que no
suelen ser verdad o sólo a medias: las palabras son ambiguas con frecuencia. En
el ámbito occidental, y antes de que el llamado Estado de bienestar empezara a
ser desfondado, las vacaciones –pagadas- habían empezado a constituir algo “normal”
para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Previo al panorama sociopolítico
europeo del plan Beveridgeen 1942, “lo normal”, sin embargo, había sido que la inmensa mayoría de la
población trabajadora no tuviera pautado ese tiempo de ocio. Como tampoco tenía
muchos otros derechos que se adscribieron al trabajo a partir de finales del
siglo XIX. Es decir, que esta anomalía
de las vacaciones –como la mayor parte de las “normalidades” sociales
constitutivas del Estado social y, posteriormente, de los estados democráticos
con dimensión social, son algo histórico: ni siempre han sido ni, en muchas
partes del mundo, son todavía. Además, los avatares políticos y económicos, tan
de la mano, han dado en rebajar estos derechos“normalizados”, lo que ha venido
sucediendo sistemáticamente desde 1989, incrementándose más a partir de 2010 en
nuestro país.
Normalidad y banalidad
Son pocas las ocasiones en que no empleemos el término
“normalidad” de manera interesada, casi siempre para defender alguna posición que
consideramos incontestable o que, al menos, no deseamos nos contesten. También suele
usarse a conveniencia de la pereza deontológica que suele seguir a decisiones
administrativas condignas de un ambiente enrarecido. Así, una persona
responsable en una asociación de cierto rango se autocomplacía recientemente
diciendo que, en su ciudad, el ambiente
cultural estaba mejorando afortunadamente porque ya era “normal” que más gente
leyera e-books; aunque las mejores librerías hubieran desaparecido, existían
todavía veintitrés, un conjunto en que lo prevalente –por los ejemplos que
citaba como “buenas librerías”- eran quioscos de prensa o papelerías que, en
algunos casos, vendían bestsellers; al parecer, consideraba que al buen lector
le bastaba comprar comprar libros en supermercados y kioskos.Similar es el
contexto de “lo normal” en estos días, en que se buscan aclamaciones después de
pactos muy teatralizados y que la “normalidad” vuelva por sus fueros a donde
solía. Conviene recordar que nuestros prohombres conservadores –y no sólo los
de este momento- siempre han considerado sus modos de ver y actuar como “los
normales”. Algunos añaden que son los “naturales”
e, incluso, “como Dios manda”, constructo
muy cercano a aquel otro que lucía en muchos cinturones militares totalitarios:
“Dios con nosotros” o al que brilla en el billete del dólar americano: “In
God we trust”. Es la posición argumental más socorrida por todos los modos de
poder que han sido, especialmente los autoritarios y despóticos desde Egipto
hasta el presente, pasando por Roma, Luis XIV o Fernando VII, “El Deseado”.
Los 150 compromisos de
“la normalidad”
Dentro de la volubilidad acientífica que solemos confiar al
término “normalidad”, en este momento se pretende pasar como “normal” el pacto
recién firmado entre el PP y Ciudadanos, por el que se comprometen en 150propuestas para mejorar España. Con este bagaje, en que las imprecisiones
son mayores que las concreciones, pretende allanarse el debate de investidura a
que aspira Rajoy sin apenas mover nada de lo hecho durante estos años mientras,
al mismo tiempo, se trata de situar en “la anormalidad” a los discordantes con
con quienes han tenido tiempo sobrado para enmendar el estilo errado de sus
actuaciones. En esta tesitura sitúan especialmente a la actual dirección del
PSOE que, con su simple abstención, podría facilitar la jugada de la
investidura. Todos entonan laudes al líder todo terreno, pero nadie aclara por
qué ahora le vale lo que en el mes de marzo no le valía, ni tampoco por qué no
siguieron la senda de los acuerdos y el diálogo en tiempos pasados. Nada“anormal”
habría en lo que han hecho en sus tiempos alternantes de gobierno, de arrogantes
mayorías. Parece que lo hayan hecho muy bien y habría que asentar sus presuntos
logros, ya que “España va bien” y no es cosa de volver a “la herencia” de cómo
estaba hace cuatro años.
Esta película sólo la creen los muy adeptos. La macro economía y
las grandes frases casa mal con la letra pequeña –pero vital- de los recortes a que han sometido todos los
asuntos sociales, la precariedad de salarios y contratos y, entre otras
menudencias, los gastos generales del Estado, en que se puede ver quiénes están
pagando la crisis oportunista que ha dado pie a unos pocos para situarse en
posición crecientemente asimétrica respecto al resto. Si se quiere algo más
cercano y urgente, ahí está el uso y abuso que han hecho del Fondo de Reserva de
la Seguridad Social, también conocido como
“la hucha de las pensiones” de los españoles. Y, por otro lado, en asuntos
educativos, es fácil traer al recuerdo –la normalidad de la memoria histórica
también es esto- el pacto que no quiso firmar Esperanza Aguirre en 1997, cuando era ministra de Educación; lo promovió la Fundación
Encuentro y pretendía llegar a una Ley de Financiación de la LOGSE en cinco
años. Tampoco es imposible acordarse de que, tanto Mario Bedera en nombre del
PSOE y Sandra Moneo, del PP, han lamentado que, cuando ya estaba muy avanzado
el pacto educativo de la etapa Gabilondo, fueran las expectativas electorales que
auguraban la victoria del PP las que acabaron frustrando aquel intento firme y
casi ya rematado. En nombre de una supuesta “calidad”, de que tenían la clave
ejecutiva, echaron por la borda años de posibles acuerdos de mejoras reales. No
les importó.
Lo más evidente de estas medidas que sirven ahora de base para lavar
la cara a las actitudes desarrolladas por el PP y su líder en el reciente
pasado es que tratan de mantener el statu quo de lo reformado –o disminuido- a
fin de que nos resignemos, a ser posible de manera definitiva, con que “lo
normal” e inamovible es la trayectoria de lo que han hecho. Tratan de volver la situación
social y política a “lo natural” y “como Dios manda” y ya desempolvan lo que en
los años 70 del pasado siglo decía un distinguido médico castellano ante las
demandas de los trabajadores de aquellos años inciertos: “Pero a dónde vamos a
llegar, si hasta los obreros quieren llevar abrigo”. Esa la direccionalidad de
los firmantes de estos acuerdos que facilitarán las cosas a Rajoy en estos días
venideros, dispuestos a sentar como doctrina que quienes no piensen como ellos
o no les faciliten la gobernanza son unos “anormales” obcecados. En otro
tiempo, añadirían seguramente algunos calificativos más que explicitaran
contudentemente sus criterios de “normalidad”.
La
“normalidad” educativa.
Todo ello puede verse en lo firmado acerca de asuntos educativos
en las páginas 27 y 28 del documento de referencia. Son once las propuestas
aprobadas –de la 78 a la 88- y tocan diversas cuestiones de un amplio panorama
con graves problemas. Pretenden ser transversales y, más bien, se quedan en la
superficialidad, de modo que los asuntos concernidos quedan, en definitiva, tal
como han sido legislados o proyectados en estos años. Últimos. Ojalá, de todos
modos, que la suerte les fuerafavorable, pero con estos mimbres genéricos e
inconcretos difícil, si no imposible, será una construcción coherente y estable
de la educación que conviene a los españoles del común. Lo que no impedirá que
se publicite ampliamente –por tierra, mar y aire- la bondad de tan feliz acuerdo,
supuestamente “histórico” por ser de los pocos que se le conocen al PP en este
terreno de lo simbólico.
Independientemente de que habrá que volver a estos acuerdos al
ritmo de lo que se adivina, baste observar dos puntos principales. El nº 78,
relativo a un “Pacto Nacional por la Educación”, da por supuesto que, mientras
no se logre, sólo “se congelará el calendario de implementación de la LOMCE en
todos aquellos aspectos que no hubiesen entrado en vigor”. No reforma
prácticamente nada, pues a la LOMCE le queda poco por completarse en su
aplicación; la da por válida en cuanto a currículum, selección de alumnos y
diversificación y gestión de los centros, y la entiende como punto de arranque
de conversaciones futuras. Además, este ítem –junto con el 86- mete en el mismo
saco la “igualdad de oportunidades” y el derecho a elegir el tipo de educación
y el centro donde escolarizar a los hijos”. Las aclaraciones van solamente en
la dirección ya conocida de perjuicio a la enseñanza de la mayoría social, la
escuela pública: “continuaremos –dice de manera ambigua, aunque clara- respaldando el sistema de conciertos
educativos en apoyo a la educación pública y garantizando la igualdad de
oportunidades”. No menos interés tiene el nº 83, que trata de que se apruebe un
Estatuto del personal Docente, que, según dice, ha de estar basado en “el Libro
Blanco de la Función Docente”. Tal como lo dice, y conociendo los antecedentes
y situación crítica a que fue sometido este libro en los estertores del gobierno de Wert en Alcalá 34 –y en los
comienzos del aparentemente provisional Gómez de Vigo, siempre en compañía del
omnipresente Sr. Marina-, parece que quisieran consagrar como “normal” lo que
la LOMCE da por establecido: un tipo de profesorado escolar –e indirectamente,
también el universitario- que más bien haga labores de estricto peonaje más que
de profesionalidad competente. Cuanto más obediente a las prescripciones y
dictámenes que le impongan a través de unos directores o capataces cipayos,
mejor. Es decir, que el núcleo del sistema, por mucho MIR que se proponga, no
pasa de aparente lavado de cara para seguir donde estaba o, tal vez, peor.
Los “normales”
privilegios
En la historia de la humanidad siempre han sido “normales” algunas
cosas. Primo Levi, en su alegato contra los campos de extermino nazis, tuvo muy
presente la sinuosidad de las relaciones internas que allí se establecían y
cómo los que menos se fatigaban derrochaban celo para conservar su posición.
“Esto –dice- me llena de ira, aunque ya sepa que está dentro del orden normal
de las cosas que los privilegiados opriman a los no privilegiados: es ésta la
ley humana que rige toda la estructura social del campo” (Si esto es un hombre, El Aleph, 1998, p. 46). Por eso, no hay vanidad mayor que esforzarse
en hacer tragar a los demás los sistemas sociales, morales y políticos,
elaborados por unos pocos selectos, ungidos de verdad y razón. Educativamente
hablando, no es aceptable, por muy confusos que estemos todos.
Madrid, 29/08/2016
Manuel Menor Currás
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