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lunes, 18 de noviembre de 2013

Divide et vinces

Muchas veces en la vida, en general, y en matemáticas, en particular, tenemos ante nosotros un problema que no sabemos atacar (entendiendo atacar como tratar de resolver). En ocasiones, los matemáticos usamos un paradigma heredado, hasta donde yo sé, de Julio César, conocido como Divide y vencerás; en latín, Divide et vinces (o Divide et imperaDivide ut regnes) y, en griego, creo que διαίρει καὶ βασίλευε.
Este método, en lenguaje coloquial, consiste en dividir el problema en trozos más pequeños, resolver esos trozos y luego pegar las soluciones para tener la solución del problema completo, al estilo que nos marcaba Descartes en su Discurso del método: dividir cada una de las dificultades que se examinase en tantas partes como fuera posible y cuantas requiriese su mejor solución.
Muy útil en diseño de algoritmos, por ejemplo, sí, y en estrategias políticas y en la guerra. Y Wert lo sabe. Como lo sabe Mas y tiene a su pueblo dividido entre independentistas y no independentistas, mientras él recorta a gusto aprovechando la contienda. Lo saben todos.
Y a eso es a lo que suena la última gracia del Ministerio de Educación que ha saltado a los medios de comunicación. Sí, como consecuencia de las enmiendas a la Ley de Mejora de la Calidad Educativa LOMCE 742 y 743 presentadas por el Partido Popular, se unifican los bachilleratos de Ciencias Sociales y Humanidades y, con ello, Latín será obligatorio en el nuevo bachillerato de Ciencias Sociales y Humanidades y se elimina de éste la obligatoriedad de cursar Matemáticas. No, no me miren así, que yo también me he asustao...
Han conseguido mosquear a matemáticos y economistas y contentar, supongo, a los de lenguas clásicas. Supongo, digo, porque no creo que eso sea suficiente para enmendar el ninguneo de las asignaturas de humanidades en su querida LOMCE. Esto parece más que un Ministerio de Educación una subasta de mercado a primeras horas de la mañana... Y no se trata de que nos dividamos en la eterna dicotomía de Ciencias y Letras mientras  el enemigo  sigue legislando sobre Educación a espaldas de la razón. Es mi opinión, claro.
No voy a polemizar sobre la necesidad o no de aprender latín; hay muchas razones para que las lenguas clásicas se sigan estudiando y estoy segura de que los expertos las expondrán mejor que yo. Pero de lo que no me cabe duda es de que las matemáticas son necesarias y fundamentales en todos los cursos de la formación de un estudiante, estudie lo que estudie. No se puede vivir sin matemáticas. Y punto.
Cuando a estos les interesa, sacan titulares sobre nuestros malos resultados en comprensión lectora y matemáticas para atacar (entendiendo por atacar, atacar) a sus predecesores en el cargo. Pero a la hora de la verdad, cuando reforman la ley que regula nuestro sistema educativo, ¿deciden potenciar el estudio de las lenguas clásicas sobre el de las matemáticas? Cui prodest?Aquí podría hacer un chiste, si estuviera de humor para ello. Si no entienden lo que leen en castellano, ¿van a entender lo que leen en latín? Pero, como he dicho, no está la cosa pa chistes.
Con la propuesta del Ministerio de José Ignacio, un alumno puede llegar a  Economía, Administración y Dirección de Empresas, Magisterio o Ciencias de la Información sin haber visto Matemáticas en Bachillerato. No pasa ... ¿Para qué quiere un economista saber matemáticas? Se las enseñarán en la Universidad, claro. Pero el escalón de nivel que tendrá que subir el alumno por sí mismo se convierte en infranqueable. Suspenderá y después algún técnico de Calidad de la Universidad de turno pegará un tirón de orejas al departamento encargado de impartir la docencia de Matemáticas en Economía, por ejemplo. Pero ¿qué traje se puede hacer uno con esta tela?
También los periodistas necesitan matemáticas; entre otras cosas, para entender las gráficas y los datos estadísticos que luego interpretan en su trabajo y nos lanzan como titulares. Y los abogados y los funcionarios de Administraciones Públicas para, por ejemplo, no incidir una y otra vez en sorteos injustos como estos.
Pero ¿y en Magisterio? Ya estamos con el eterno problema. Los maestros no pueden (o no deberían, en mi opinión) saber sólo las matemáticas que se imparten en primaria. Deben conocer más. Deben dominar la materia más allá del contenido de los libros de texto de sus alumnos, para tener una visión general y poder enseñar matemáticas con soltura, relacionando conceptos, aplicándolos a la vida cotidiana de sus alumnos y extrayendo de la actualidad, incluso, ejemplos para sus clases. Para hacer esta asignatura tan necesaria como saber leer, accesible y cercana para todos. Los futuros maestros deberían estudiar tantas matemáticas en el bachillerato como un futuro ingeniero aeroespacial. En mi opinión, 
Me da la sensación de que a esta gente del Gobierno le importa un bledo la formación de nuestros hijos. Con alegar después que sacan los peores resultados en los informes PISA es suficiente; total, es culpa de los de antes. Y, ojo, no estoy diciendo que la actual ley educativa esté bien respecto al asunto de las matemáticas. No. Es más, esta asignatura debiera ser obligatoria en todos los cursos, en todos, para Ciencias y para Letras. Lo que quiero decir es que habría que aprovechar esta reforma educativa para otorgar aún más presencia y obligatoriedad a las matemáticas, no para quitárselas. Seamos serios, señores.
Me repito y termino: las matemáticas son necesarias y fundamentales para todos, estudien lo que estudien. Salvo para los que se decanten por dedicar su futuro al servicio de Dios, claro está. Pero incluso a estos últimos les vendría bien un poco de Aritmética Modular para entender eso de la Trinidad y de que 3 es igual a 1 (3=1).
Artículo de Clara Grima publicado en eldiario.es

viernes, 4 de enero de 2013

Más competitivos, menos humanistas


  • Los planes de estudios tienden cada vez más hacia lo práctico y relegan otras materias clásicas
  • Los especialistas defienden su trascendencia para formar conciencias críticas y reflexivas
En lo más íntimo, cada español debe esconder un reformador de la enseñanza. Eso explicaría por qué cuando un español es nombrado ministro de Educación, va y la reforma. Desde 1978, cuando se aprobó la Constitución, se han aprobado seis leyes orgánicas. Alguna nació y murió sin rozar siquiera la vida de los escolares (la de 2002). Otras duraron un lustro, tiempo para acompañar escasamente a una promoción.

También el actual ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert tiene su idea para la escuela. De lo diseñado se confirma un rumbo que sí han compartido los sucesivos Gobiernos, junto a la hiperactividad legisladora (reveladora de que la educación nunca ha sido política de Estado): el refuerzo de una visión pragmática de la enseñanza, de su aproximación a las exigencias del mundo real, de encauzar cuanto antes a los alumnos hacia aquello que les facilitará el acceso a un empleo. Y el griego, por más que le espante al reciente premio Nacional de las Letras, el helenista Francisco Rodríguez-Adrados (“si no se tiene esa base se desdeña uno de los aspectos esenciales y ejemplares para aprender a razonar”), no se ve como una catapulta hacia el futuro.

Quienes defienden las humanidades suelen mirar al espíritu. Quienes propugnan pegarse a lo práctico miran al mercado de trabajo. Un bipartidismo casi perfecto. “Lo que nos estamos jugando no es un problema de que salgan más o menos eruditos, sino que salgan personas más libres”, advierte Víctor García de la Concha, actual director del Instituto Cervantes y antes de la Real Academia Española. “Se ha pensado que lo más útil es lo inmediatamente práctico, y no se consideran las ciencias del espíritu que es lo que configura al hombre”, agrega.

“Sin entender modelos matemáticos sencillos, lo que estos pueden predecir y lo que no, los supuestos que requieren, la confianza que merecen, es prácticamente imposible participar activamente en campos aparentemente tan poco matemáticos como la biología, la economía, las finanzas, la contabilidad, la sociología, la ciencia climática, la ciencia política, la medicina o el marketing”, defendía con vehemencia en un artículo publicado en este periódico Luis Garicano, catedrático de Economía y Estrategia de la London School of Economics.

A grandes rasgos, la reforma de Wert contentará más a Garicano que a García de la Concha. El tronco sobre el que pivotará la enseñanza serán las matemáticas, la lengua y el inglés. Se revalorizan los idiomas (novedoso campo de las humanidades muy apreciado por el mercado) y se minimizan las clásicas, que cotizan cada vez más a la baja. Saber latín no es un pilar elemental de la formación. No digamos griego. En el anteproyecto, el latín aparece por vez primera en el currículo en 4º de la ESO, pero será solo opcional para aquellos alumnos que elijan el bloque de enseñanzas académicas para el Bachillerato. Filosofía, otra clásica de las Humanidades, será también una asignatura específica a elegir.

En el Bachillerato, Filosofía (1º) e Historia de España (2º) son troncales, y el latín se limita a los estudiantes de Humanidades. El griego es optativo en dos ramas. Junto a otros barridos, Wert también ha suprimido la Economía —lo que podría hacer pensar que corre contra los tiempos—, pero la ha sustituido con una materia de título pragmático: Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial.

Para Charo Macías, profesora de Inglés en secundaria desde hace 28 años, el viento de los tiempos sopla a su favor: el inglés es capital, aunque su enseñanza siga dando pie a extrañas contradicciones, como el hecho de que la evaluación en Selectividad se limite a una prueba escrita y no se contemple un examen oral. A pesar de dedicarse a una materia en alza, Macías, acaso porque su formación original fue la Historia, lamenta el arrinconamiento de las Humanidades. “En estos años han sufrido una devaluación, vaivenes continuos y poca reflexión. Es una devaluación que cala en el alumnado, que siente cierta presión para estudiar contenidos que los padres y la sociedad consideran útiles. Ha calado tan hondo que se preguntan para qué sirve estudiar Literatura o Filosofía y las Humanidades van contra el pragmatismo de la enseñanza”, reflexiona. Considera que por el camino de las reformas educativas se ha caído algo sustancial: “El objetivo de contribuir a la formación integral de la persona”. “Falta una conciencia del individuo sobre sí mismo, se pierde la capacidad de reflexión y de crítica”, añade.

En las aulas está ganando la batalla el partido de lo útil, aunque no se trata de un endemismo español. En opinión de Ricardo García Cárcel, catedrático de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona, “el mundo humanístico está devaluado a escala universal, no solo es un problema de España”. Y añade con rotundidad: “Para nosotros el alumno ideal es el latinoamericano, que está enormemente interesado por la Historia, ávido por saber. El nuestro es apático, más maleado por la influencia del entorno y nuestro mundo de fantasmas políticos”.

Ha de concederse a quienes legislan que el problema reside en priorizar. La entrada de nuevos conocimientos implica el arrinconamiento de otros. La jornada escolar es finita, aunque a veces la sociedad no parezca darse cuenta. “En cuanto surge un problema social, ya sea vial o sexual, se empieza a decir que hay que enseñarlo en el colegio. Eso me horroriza, porque no todo tiene que estar ahí”, advierte Charo Macías.

Contra la sobrecarga lectiva se pronuncia también Antonio Cabrales, catedrático de Economía de la Carlos III: “Comparados con otros países, nuestros chicos dan ahora más horas de clase que la media de los países de la OCDE, pero dan menos horas de Lengua y Matemáticas. Yo me centraría en estas asignaturas instrumentales en exclusiva. Eso es lo que hay que proteger. En el resto tener unos mínimos y a partir de ahí permitir que los estudiantes se construyan un currículum más flexible”.

Cabrales, además, no se arredra a la hora de denunciar presiones interesadas para mantener unas materias determinadas por los colectivos de profesionales que las imparten. Ya sean latinistas, historiadores o economistas. “Cada pequeño grupúsculo considera que su materia es más importante que las demás. En estas críticas influyen quienes defienden intereses particulares, pero el Gobierno tiene que defender el interés general”, subraya.

Sin embargo, el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova, disiente, aunque concede que las protestas pueden parecer corporativas —en su gremio se movilizaron cuando trascendió que la primera intentona de Wert era convertir la Historia Contemporánea en una asignatura optativa para determinados bachilleratos—. “La historia es una poderosa herramienta de búsqueda e interpretación, sobre las causas de los hechos, pero también sobre el cambio y la continuidad. La historia no trata sobre el pasado muerto, sino que es una disciplina dinámica, que plantea constantemente nuevas preguntas y que resulta muy molesta a quienes quieren simplificar las cosas y no les gusta explorar en profundidad la condición humana”, señala. Y añade: “Uno puede conmemorar el bicentenario de la guerra de la independencia, pero si es sobre la dictadura de Franco, entonces sale a la luz el famoso argumento de que es mejor no remover el pasado. La historia reciente, no la actual, es incómoda. En realidad, cuando se aplican los instrumentos críticos, como decía Edward H. Carr, toda historia es historia contemporánea. Por eso es mejor relegar la historia obligatoria a las instituciones medievales o a la España de Viriato”.

Más allá del informe PISA, que constata un nivel insuficiente en comprensión lectora, competencia matemática y competencia científica entre los escolares españoles, ¿hay evidencias de la influencia de las asignaturas?

No, según el economista Antonio Cabrales. Cuando los profesores de Economía alentaron la protesta por la supresión de su asignatura del Bachillerato —reconvertida en algo de título imposible, la ya citada Iniciación a la Actividad...—, el catedrático de la Carlos III decidió hacer unas pesquisas. “Me puse a buscar la evidencia del impacto de las asignaturas. Se dice que es un desastre que quiten esto o aquello, pero no sabemos si es más importante tener latín, historia o física. No hay evidencias. Nadie se ha preocupado hasta ahora de evaluar la importancia de las materias”, explica.

De lo que sí tiene evidencias Ricardo García Cárcel, tras cuatro décadas de enseñanza de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, es del deterioro del conocimiento histórico con el que llegan sus nuevos alumnos. Da un ejemplo ilustrativo: “Tienen dificultades para ubicar cronológicamente a Felipe II”. Su pesimista diagnóstico se debe sobre todo a la situación de su especialidad en los programas educativos. “Tenemos algunos alumnos muy politizados, impregnados de discursos nacionalistas. En mi ámbito veo que no solo ignoran la historia de España, sino también la historia de Cataluña. La reducen a símbolos, a una historia de buenos y malos. Conocen por ejemplo la figura de Companys en su aspecto simbólico de mártir, pero apenas saben la historia de la Segunda República o la Guerra Civil”, plantea.

Víctor García de la Concha recurre a algo tan poco científico como un poeta, Pedro Salinas, para apoyar una de sus impresiones, que tampoco es literatura de la evidencia, pero sí fineza de oído: “Muchos muchachos apenas articulan una frase, eso significa un empobrecimiento del ciudadano y, al final, de la sociedad. Muchos muchachos son, como decía Salinas, ‘tullidos de la expresión”.


Publicado en elpais.com

martes, 18 de diciembre de 2012

Ah, los clásicos (Lorenzo Silva)

En los planes para la reforma de la educación, y más allá de los asuntos que son objeto de atención preferente por los medios (la enseñanza del catalán, la historia, la religión o la ciudadanía) se contempla la reducción del peso de las humanidades, en general, y en particular de la filosofía, la ética y las lenguas clásicas, esto es, el griego y el latín.

Parece que nuestros responsables entienden que ha llegado el momento de decir, ya sin ambages, que estos saberes, y especialmente los dos últimos, son antiguallas inservibles con las que no hay que hacer perder el tiempo a los niños y jóvenes de la generación PlayStation. A fin de cuentas, para conservar el griego o el latín ya habrá unos cuantos frikis, como los que conservan, pongamos por caso, el conocimiento del significado de los jeroglíficos egipcios o de la escritura cuneiforme acadia.

Lo que pasa es que hay una ligera diferencia entre el griego y el latín y la lengua de egipcios y acadios: las segundas presentan para nosotros un interés simplemente cultural e histórico; del legado crucial de los griegos y los romanos, en cambio, están impregnadas nuestra lengua, nuestra sangre y nuestra mente, hasta extremos que sólo un ignorante puede dejar de tomar en cuenta.

Recuerdo ahora una prueba que tuve ocasión de obtener personalmente. Cuando allá por el año 1984 me incorporé a una facultad de Derecho y vi que en el programa del primer año se me obligaba a estudiar Derecho Romano, la inconsciencia y la precipitación de mis pocos años me llevaron a pensar que aquello era un anacronismo, alguna especie de capricho de las rancias autoridades académicas que gobernaban mi universidad. Me puse pues a aprender el temario con una mezcla de reticencia y displicencia, que fueron diluyéndose por efecto de mi curiosidad intelectual, que siempre fue amplia, y por lo estimulante de alguno de aquellos viejos textos en los que se contenía la jurisprudencia romana y que me obligaban a aprender. Entre otros, había múltiples citas de Aulo Gelio y sus Noches Áticas, que yo no conocía hasta entonces, y que utilizadas como fuente para documentar no pocos aspectos de la vida romana, incluidos textos perdidos de otros autores, me parecieron una lectura deliciosa y sugestiva. Años después, terminé la carrera, tras superar otras 24 asignaturas, y quiso la fortuna que ejerciera la abogacía durante más de una década.


Pues bien, en ese ejercicio adquirí una convicción, que aún hoy conservo: de todo lo que estudié en la facultad, pocas cosas se revelaron tan útiles, a efectos de poder entender y gestionar las instituciones jurídicas (bastante variopintas) a las que tuve que enfrentarme profesionalmente, como el viejo Derecho Romano. Las sentencias de Ulpiano, Papiniano, Gayo y otros jurisconsultos romanos, me han acompañado desde entonces, incluso más allá de la actividad abogacil a la que hace ya algunos años que no me dedico.

Cuánto mejor nos iría, por ejemplo, si supiéramos hacer eso que Ulpiano resumió en solo tres palabras, como base de la jurisprudencia: suum cuique tribuere (dar a cada uno lo suyo).

Y es que nuestras leyes, sencillamente, serían incomprensibles sin los romanos. Hasta el punto de que, muchas veces, la única forma de hacerlas valer (cuando, como ocurre a menudo, el legislador ha hecho un mal trabajo) es recurrir a sus siempre infalibles enseñanzas.

Y qué decir del pensamiento. Buena parte de nuestros males viene del hecho de haber olvidado todo lo que los griegos nos dejaron escrito, hace ya más de dos milenios. Si la gente leyera más y mejor a Thales, a Platón, a Aristóteles, a los sofistas, a Epicuro, a los estoicos...


[...]

Pero lo que se prepara es bajar aún más el listón. Que nuestros niños y jóvenes no sólo no sepan de Epicteto, sino que probablemente jamás lleguen, no ya a saber de Schopenhauer, sino ni siquiera a alcanzar el bagaje intelectual y las destrezas mentales para entenderlo.
Alguien creerá que no pasa nada, mientras sepan programar código y buscar en la Wikipedia, que parece que es a lo que todos tenemos que acabar dedicándonos. Pero una sociedad cuyos miembros sólo se hallan enfrascados en la mecánica fútil del presente, sin ninguna noción de la aportación trascendente de quienes nos precedieron y nos hicieron quienes somos, es carne de cañón y de manipulación con los más burdos instrumentos.

En fin. A lo mejor es de eso de lo que se trata.

Lee el artículo completo en noticias.es.msn.com/blog/lorenzo-silva

jueves, 29 de noviembre de 2012

El MEC deja en manos de la autonomía de los centros "resucitar las asignaturas que quieran resucitar"

abc.es«El centro que quiera dará tanto Latín o tanta Música como quiera»


El centro educativo que así lo elija dará tanto Latín como quiera, el centro educativo que opte por ello dará tanta Música como quiera; el establecimiento que se empeñe se especializará, si quiere, en Retórica, etcétera. Por lo tanto, «ya no tienen sentido las quejas de determinados ámbitos», como de la Sociedad de Estudios Clásicos, de la Música, Artes y Danza, de las Ciencias, etc.

Ese ha sido el mensaje novedoso de la secretaria de Estado de Educación, Monserrat Gomendio, esta mañana en Madrid, en el marco de un desayuno de trabajo con representantes del mundo de la Educación. Gomendio aseguró que la concreción de la autonomía de los centros y de las evaluaciones («reválidas» al final de la ESO y del Bachillerato, que habrá que aprobar para pasar de ciclo) eran los dos aspectos en que había cambiado el anteproyecto de la Ley de Mejora de la Calidad Educativa (Lomce), que, aseguró, llegará al Congreso en enero. Con sus palabras: «Ya no es necesario tomar la decisión de que desaparezcan vías en el Bachillerato. El centro elige. Ya no desaparecen vías. Están ahí para el centro que las elija». Los centros resucitarán «las asignaturas que quieran resucitar».
Gomendio explicó que la autonomía de los centros se traducirá, principalmente, en autonomía de los «métodos pedagógicos», en «flexibilidad curricular» y en mayor margen de maniobra en la dirección del centros públicos (se da por sobreentendido que también en los privados).
Con palabras de Gomendio: «Los centros se especializarán en determinados ámbitos y decidirán la oferta de asignaturas que quieren y la carga lectiva que quieren asignar a esas asignaturas». Los currículos que preparen el ministerio y las autonomías, también de las materias troncales, «no serán tan detallados», y los centros tendrán «más autonomía para decidir cómo se alcanzan determinadas metas».
Aunque tiene que haber una reunión más el martes que viene con los consejeros de Educación de las comunidades autónomas para concretar esta propuesta, «la idea es que se definan bien las asignaturas instrumentales (Matemáticas, Lengua, Inglés y Ciencias) y las horas mínimas de ellas, y luego que los centros se especialicen».
A modo de ejemplo, Gomendio puso el caso de un centro que había visitado la semana pasada en Inglaterra, que «goza de gran autonomía», «especializado en Latín y en Música».
Sobre las evaluaciones (las «reválidas» «externas y homogéneas para todo el territorio nacional»), la novedad que anunció respecto a lo que ya se sabía es que la prueba final de la ESO será diferente según que los alumnos opten por el Bachillerato o por la Formación Profesional.
Toda la Lomce se quedaría coja si no se saca posteriormente el Estatuto Docente, en el que los sectores implicados insisten en que sea de «todos» los docentes, independientemente de si se trata o no de funcionarios. «Si no se aborda la reforma del profesorado, para que se potencie su papel y se queden los mejores, y se les incentive, todo se quedará en papel mojado», aseguró Gomendio.
Gomendio, finalmente, sostuvo que el Gobierno no podía subvencionar el Bachillerato en los centros concertados, aunque sería una meta deseable «a largo plazo».

lunes, 19 de noviembre de 2012

La historia "verdadera" (Agustín Moreno)


De aprobarse la ley Wert, entre sus víctimas estarían determinadas asignaturas, además del sistema educativo y el alumnado. El anteproyecto utiliza dos caminos para devaluar el currículo: la apuesta por “volver a lo básico”, con unos contenidos mínimos y elementales para la mano de obra de un mercado de trabajo precario y en rotación; por otro lado, la reducción de las enseñanzas artísticas, clásicas, de economía, tecnología y de humanidades. También de la historia. 

Cuando Aguirre y Aznar declaran a la vez que hay que enseñar la “historia verdadera” (además de leer y sumar), expresan el deseo de la derecha de manipular la historia (mantener el franquismo en los libros de texto) o, simplemente, de eliminarla. La ley Wert, en su art. 25, organiza 4º de la ESO como un curso orientador con tres vías: iniciación al bachillerato de ciencias, al de letras y a la formación profesional. Esto supone que todo el alumnado sólo cursará Educación Física, Lengua Castellana, Lengua Extranjera y Matemáticas. 

La Historia Contemporánea Universal y de España que hoy se da en 4º de la ESO, se ofertaría como asignatura de modalidad y sólo se estudiaría en la vía orientada al bachillerato de letras. No sería materia obligatoria general ni optativa de oferta exigida. El alumnado que fuera a la FP, acabaría de ver toda la historia de su vida académica en 2º de ESO (13 años). Y los de la rama de ciencias no estudiarían historia hasta 2º de bachillerato y sólo de España. La mayoría, pues, se quedaría sin estudiar, por ejemplo, la revolución francesa, el imperialismo, la crisis del 29, los fascismos, las guerras mundiales, la descolonización, la guerra fría, la globalización, el 11-S o la historia del tiempo presente que es la que permite entender la situación actual. Tampoco sabrían nada de la España del siglo XIX, de la 2ª República, del franquismo o de la transición. Ni “verdadera” ni historia que valga. No interesa que haya ciudadanos formados, críticos y comprometidos con la mejora de su sociedad; se prefieren ignorantes y manipulables. Empobrecer el currículo es recortar la educación y la cultura. Y no hay que olvidar que es el conocimiento el que nos hace libres.  

Artículo de Agustín Moreno (Profesor de Secundaria). 

Publicado en ESCUELA Núm. 3.962 (15 de noviembre de 2012)

La LOMCE, una "pena de muerte" para el conocimiento integral

EL CORREO.COM: Asignaturas en peligro de extinción


Los griegos consideraban la aritmética, la geometría, la retórica, la filosofía o la música materias fundamentales de la educación de un ciudadano. Más de dos milenios después, esas ciencias que la Grecia Clásica fomentó y desarrolló siguen vigentes en cualquier programa académico actual. Sin embargo, la lengua de los genios que lo hicieron posible como Platón, Aristóteles, Arquímedes, Tales de Mileto o Eratóstenes está a un paso de desaparecer de las aulas españolas. Y es que el griego es una de las asignaturas que el Anteproyecto de Ley de Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE) presentado por el Gobierno pone en jaque. La nueva legislación supone un varapalo para asignaturas tradicionales del mundo académico. La música, las artes escénicas, el latín o la geología son algunas de las materias en peligro de extinción en el momento que se apruebe la reforma.
Cuando el PP ganó las pasadas elecciones, la Ley Orgánica de Educación (LOE) del Gobierno de Zapatero tenía sus días contados. Cuando la normativa entre en vigor -el texto volverá a ser discutido por el Ejecutivo y las comunidades autónomas durante un mes- una de las principales damnificadas de la reforma será la música. Actualmente esta asignatura es obligatoria en los tres primeros cursos de la ESO y optativa en el último de la secundaria obligatoria. Sin embargo, la nueva ley solo la incluye en 2º y 3º de la ESO y no aparece en ninguno de los nuevos itinerarios de 4º de ESO, un curso que el Ministerio de Educación pretende convertir en orientativo para el alumno. «La educación musical es un derecho, por lo que todo sistema educativo debe poner los medios necesarios y suficientes para que este derecho sea garantizado», explican desde la Asociación de Profesores de Música de Madrid. Además, critican el «desconocimiento» de los gobernantes hacia los beneficios de la educación artística en las dimensiones «intelectual, emocional, social y psicomotriz del ser humano».
Pero las artes escénicas no solo salen desfavorecidas en la Educación Secundaria Obligatoria. Otro cambio fundamental se produce en el Bachillerato. La nueva ley establece cinco Bachilleratos: Artes, Ciencias e Ingeniería, Ciencias de la salud, Humanidades y Ciencias Sociales. Pero desaparece el dedicado a las Artes escénicas, música y danza. Un nuevo error, a juicio de la asociación de profesores de música: «Esta vía garantizaba a todos aquellos alumnos interesados en la interpretación, la música o la danza, la formación adecuada para acceder a los estudios universitarios posteriores».
Por contra, los estudiantes interesados en dedicarse a una de esas artes deberán realizar una FP de Grado Superior para conseguir el Título Superior de Música o Danza. Por todo ello esta asociación ha convocado una jornada de protesta para el próximo 22 de noviembre «en defensa de la educación musical en la enseñanza general».
Lenguas muertes
El latín y el griego son el máximo exponente de disciplinas clásicas. Dos lenguas muertas en la calle pero vivas en las escuelas que también ahora ven amenazada su existencia en los programas educativos. En la actualidad la asignatura de Cultura Clásica (latín y griego) se ofrece como optativa en alguno de los tres primeros cursos de la ESO. Con la nueva legislación desaparece. En uno de los itinerarios en 4º de ESO los estudiantes deberán elegir entre latín o biología y geología. En el Bachillerato de Humanidades el latín es obligatorio en ambos cursos, pero no el griego, que pasa de ser obligatorio a optativo.
El rechazo desde el mundo académico no se ha hecho esperar. Una veintena de miembros de la Real Academia Española de la Lengua y de la Real Academia de la Historia envió una carta al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para protestar por la «muerte real de las enseñanzas clásicas» en el anteproyecto de ley. En su misiva alertan del riesgo de la desaparición virtual del griego y también del latín.
No menos enfadado está el mundo de la geología, que reprocha al Ejecutivo olvidarse de las asignaturas científicas en la secundaria no obligatoria. Y es que desaparece Ciencias para el mundo contemporáneo, la única materia de ciencias común a todos los Bachilleres. «El objetivo debería ser que todos los jóvenes tuvieran una cultura científica básica», expresa Amelia Calonge, presidenta de la Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra. Considera que esta supresión va en contra de lo propuesto por la UE en el Informe Rocard, publicado en 2007, que instaba a los países miembros a reforzar la enseñanza científica en niveles preuniversitarios.
Calonge también se muestra indignada con el trato dado a su disciplina. A pesar de que en la ESO se mantiene la misma estructura prácticamente -en cuarto curso la biología y geología es optativa al igual que ahora-, en la enseñanza no obligatoria la transformación es mayor. En el primer curso del Bachiller de Ciencias de la salud se impartirá biología y geología. Pero en segundo solo biología. En la actualidad la asignatura de biología y geología se puede cursar como optativa en el Bachillerato de Ciencias. Este colectivo no entiende cómo en esa vía de Ciencias e Ingeniería se excluye una materia muy válida para cursar estudios como Ingeniería de minas, agraria o forestal. El Ministerio tiene en su mano condenar o revivir todas estas asignaturas.

#StopLeyWert                                

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Cultura clásica"


Artículo de J. VIDAL VALICOURT publicado en DIARIO DE MALLORCA.ES

Es curioso que el ministro de Educación abogue por la supresión de una asignatura denominada "cultura clásica". El griego también va a ser fulminado del plan de estudios. El conocimiento de esta lengua, a pesar de que la cursen pocos alumnos, amplía la visión de la jugada. De hecho, hay infinidad de palabras en nuestro idioma que tienen como raíz el griego. A los prefijos me remito. Si sólo fuera eso. Lo que sucede es que se está haciendo gala de un utilitarismo de baja estofa, de un pragmatismo mal entendido, de un economicismo chato, romo, burdo y les dejo a ustedes la caterva de posibles adjetivaciones. Cuidado con cercenar la sabiduría que no da réditos electorales ni créditos sustanciosos, pues el catetismo acabará por imperar y por ocupar puestos clave. De hecho, ya los está ocupando, y así nos luce el escaso pelo que nos queda. Y quien dice cultura clásica o griego, dice filosofía o todo lo que huela a discernimiento, crítica y, en definitiva, esa desdichada actividad llamada pensar. Pero, bien mirado, la crisis actual, económica y cultural, no es más que otra cara de esa visión alicorta: todo lo que huela a antiguo es inútil y, por tanto, susceptible de ser echado a la basura. Esta manera de actuar, que viene de lejos, siempre ha despreciado lo que no sea rabiosamente actual, el último grito, la tecnología punta. Como si un saber negara al otro. Y ya sabemos que son complementarios. O deberían serlo. 

Da algo de lástima ver como nos está ganando el servilismo, que es el escalafón más bajo del verbo servir, su degradación máxima. No me canso de repetir el ya viejo juego de palabras. Cuando tuve la santa ocurrencia de matricularme en filosofía, me cayeron chuzos de punta en forma de las ya cansinas frases de rigor: "pero si no sirve para nada", solían argumentar después de un esfuerzo sobrehumano de sus respectivos cerebros. Un servidor „y valga el chiste malo„ que esperaba la frasecita, se erguía ufano, y zanjaba: "os equivocáis, amigos, la filosofía no sirve a nadie, que no es lo mismo." Y si la admonición caía en saco roto, los utilitaristas de baja estofa, daban por si acaso otra vuelta de tuerca: "no ganarás ni un puto duro". Palabras textuales. En eso tuvieron razón, todo hay que admitirlo. Pero de lo que se trata, se supone, es de no generar más ignorancia y además jactarse de ello. Como quien se siente orgulloso de suspender, más que nada para no asemejarse al empollón con gafas y rostro pálido. De acuerdo, el griego y la cultura clásica no nos sacarán de pobres. Tal vez, eso sí, nos saquen de cierta pobreza cultural. Que no es poco. No podemos renunciar a la cultura clásica. No tenemos derecho a birlarles a los estudiantes esta posibilidad de saber de dónde venimos y, en definitiva, quiénes somos. De hecho, para ser absolutamente modernos antes que nada es necesario poseer conocimientos clásicos. Sobre todo, para no caer en una soberbia estulticia y en una chulería vacua que conduce sin atajo alguno a la barbarie.

No sé, tampoco, a qué viene contraponer información a conocimiento. No acabo de entender esta confrontación. Se detecta una apabullante información, un listado de datos que siempre resultan útiles pero que no están sustentados por un bagaje antiguo. Y ya sabemos que lo antiguo nunca pasa de moda. Lo antiguo siempre está ahí. He escrito antiguo, y tal vez quería decir clásico. Ahora resulta que el griego clásico es confundido con el bono basura de la Grecia contemporánea, inmersa en un largo derrape hacia el abismo. No se trata de sentar cátedra y poner cara de esfinge, sino de activar la sabiduría antigua, de incorporarla a la actualidad. No se trata de convertirse en efigie, sino de ampliar el conocimiento, pues lo antiguo no ha dicho la última palabra y nunca la dirá. Y no sé qué demonios estoy haciendo aquí defendiendo lo obvio. La cultura clásica nos ayuda a comprender los altercados de ahora mismo. Los clásicos, como los viejos rockeros, nunca mueren. O no deberían hacerlo. Por lo menos, no deberían de ser menospreciados. Prescindir de asignatura tan útil „sí, he escrito útil, qué pasa„ es equivalente a mutilar, aún más, a una generación que ya cojea. La desesperación puede conducirnos a tratar como lujo la cultura clásica y, por tanto, a recortarla sin tapujos. La excusa de la crisis económica. Si sólo fuera económica. Ahora visualicemos una crisis sin cultura. ¿No les parece como para ponerse a temblar, y no precisamente de frío?

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