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domingo, 16 de febrero de 2020

Una escuela para este siglo (Manuel Menor)

Una escuela para este siglo

El sociólogo Rafael Feito acaba de publicar ¿Qué hace una escuela como tú en un siglo como este? en un momento muy oportuno.

Podría haber sido en cualquier otro momento, pues preguntarse por el sentido, recursos y estilo de la educación que tenemos en este país siempre está bien. ¡Ojalá hubiera más ciudadanos –y más especialistas de reconocida valía- preocupados por el sistema educador que hemos construido en los 45 años últimos! Pero este momento es particular. Una vez más estamos en una encrucijada en que la limpieza crítica de esas voces es más necesaria. Pronto saldrá la que puede ser octava ley orgánica que reforme lo que Wert tocó y retocó en 2013, que había sido tocado y retocado en 2006. Una historia repetitiva de otras muchas anteriores, especialmente en lo concerniente a las etapas escolares, desde el principio. García Álix, el primer titular del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, solo duró en el cargo desde el 18 de abril de 1900 al 6 de marzo de 1901, pero emitió 308 normas reguladoras de lo que había legislado Claudio Moyano en 1857.

Reformar y contrarreformar En esta tradición de reformar y contrarreformar tan frondosa, es alentador que un buen conocedor del sistema educativo se pregunte –casi mimetizando la canción de Burning- qué tenga todavía merecedor de ser sostenido, y en qué contradice a la época en que estamos. El primer motivo de interés de este libro es la propia pregunta, pues sitúa al lector en la duda que siempre debe acompañar a toda reflexión coherente. De entrada, da a entender que puede haber muchos elementos que no se corresponden con lo que debiera aportar a la sociedad. Y a repasarlo va con calma, datos y referencias de autoridad, para sugerir por dónde encaminar los cambios que se necesitan y desechar los prejuicios establecidos que, con cada nueva ley alternante, se suelen tratar de afianzar y reforzar.

La segunda aportación reside en que no se trata de opinionitis gregaria ni de jeremíaco lamento, literatura muy al uso en asuntos educativos. Razona, por ejemplo, contra corriente cómo no es posible un “pacto educativo”. Después de 163 años de dejaciones, compadreos y guerras escolares –y de las otras-, es casi imposible ir mucho más allá de lo que dice el art. 27 CE78: la necesidad de combinar universalidad y libertad. Hacerlo con gran equilibrio y respetando el sentido auténtico de los dos términos debiera ser –en lealtad- la función del Congreso de Diputados y del Ejecutivo, y no el pugnar por desequilibrar la democracia del sistema cada vez un poco más. Este criterio puede ayudar a entender cómo tratar de revertir los grandes desequilibrios que estableció la LOMCE será un paso importante en la buena dirección, aunque no sea suficiente para equilibrar un funcionamiento justo y armónico de la pluralidad de redes del sistema. En todo caso, es estéril perseguir un pacto propiamente tal. Para Feito es más útil en todos los aspectos hacer acuerdos concretos. No satisfarán todas las ilusiones, pero posibilitan un campo de juego en igualdad para poder crecer y enriquecer conjuntamente la universalidad y la libertad. Si se eliminaran las contradicciones existentes, sería un gran avance.

En tercer lugar, el autor apuesta por la valentía en las decisiones y no por que lo que hay se mantenga porque sí, como si fuera inamovible y para siempre, de tan naturalizado que está. En este sentido, sus dudas van hacia el Bachillerato tal como está, como pretexto burocrático de lo que venga después si viene. ¿No está sobrando ese mamotreto cuya función principal es ser mera academia preparatoria de la prueba de selectividad? ¿No sería más eficiente que esos dos años sirvieran para fortalecer las destrezas, competencias y actitudes que la ciudadanía necesita para enfrentar este mundo tan acelerado?

Esta es la pregunta clave del libro: ¿No merece la pena aprovechar mejor el tiempo escolar y que sea interesante, atractivo y actual, además de promover de verdad las buenas prácticas que debe tener el sistema?

Hacia una escuela democrática atractivaLOMCE
Y, en cuarto lugar, por este libro discurren cuestiones y preguntas que ayudan a pensar -más allá de lo que hay- si no merecería la pena tratarlas en serio, y no como remiendo u oportunismo. Son asuntos muy pertinentes para la recalificación y renovación eficiente del sistema sus consideraciones sobre la relación de los centros educativos con la Universidad y viceversa, la de las redes Pública y Concertada, la formación de un profesorado acorde con este tiempo, la reorganización interna de los centros, la colaboración de las familias –superando el ser sujeto pasivo o mero objeto de manipulación-, el sentido de comunidad que debe desarrollar, qué se enseña y qué se debiera enseñar, cómo se enseña y cómo se debiera hacer, la nota de Religión, qué pasa con los tiempos escolares…. En fin, un abanico de materias y problemas que necesitan ser bien resueltas porque interesan a todos. De algún modo, Rafael Feito nos está diciendo que, de cómo cuidemos la educación, depende la calidad de nuestra convivencia colectiva. Es un punto de los más sensibles para observarnos a nosotros mismos: cómo nos queremos o cómo nos odiamos dando rienda suelta al primitivismo hobbesiano. Merece, por tanto, la pena que sea repensada con criterio y no al servicio de prejuicios mal aprendidos.

Este libro de Rafael Feito es, por otro lado, una buena síntesis de un largo y fructífero trabajo, no solo en la Universidad Complutense, sino en las continuas reflexiones y análisis sobre los problemas del día a día. Desde los noventa, ha estado pendiente de cuanto aqueja a la educación española. Su obsesión por “una escuela democrática” le ha llevado a pisar todos los charcos en otros libros, artículos, conferencias, debates y en rfeito.blogspot.com Ha experimentado, incluso, a implicarse en uno de los instrumentos que la Constitución dispuso para generar responsabilidad: las AMPAS. Sabe bien de qué habla y no es la primera vez que trata los asuntos.

Se esté o no de acuerdo con lo que dice, merece la pena atender a sus documentados argumentos, muy propios de quien está más por la resistencia que por la pasividad y que prefiere la innovación a la rutina burocrática. Porque no le gusta contar la historia tal como no fue, el autor se pregunta -y nos pregunta- por el sentido que debiera tener esta educación que tantos parecidos tiene, todavía, a la que hace muchos lustros nos dieron y que ampara, todavía, demasiada obsolescencia decimonónica.

Manuel Menor Currás
Madrid, 14.02.2020

martes, 24 de julio de 2018

Valcarce Avello (Manuel Menor)


Mercedes Valcarce Avello: maestra de maestros

Esta historia de vida, escrita por Julia Varela, fortalece el valor social de las y los docentes que abren caminos a otros pese a las dificultades.

Entre los objetivos de un Centro Documental de la Memoria Educativa, a que se aludía en una columna anterior que debiera desarrollarse en nuestro país, no estarían de más las historias de vida de múltiples docentes y profesionales cuyas maneras de afrontar los retos diarios de las aulas han sido -o son todavía- un referente para otros y otras. La ausencia de contextualización de los acontecimientos en que se han gestado las políticas educativas solo conduce a la banalización despersonalizadora que sigue a la contemplación turistificada del pasado que las ha condicionado.

La dolorosa quiebra que supuso la Guerra civil hizo que modelos de enseñantes de la etapa liberal anterior quedaran sepultados durante muchos años. Y también trajo consigo que personas que, después, supieron orientar el mejor desarrollo posible de su alumnado quedaran ocultas u oscurecidas bajo la gris uniformidad que impuso el régimen. Incluso después de los años setenta, cuando los movimientos asociativos hacia una alternativa de escuela democrática empezaron a fructificar, en muchas partes del sistema esas dos corrientes han sido  extrañas entre sí. Pasados casi cuarenta años de la Constitución del 78, es llegado el momento en que convivan y se enriquezcan mutuamente. Ayudaría a construir un sólido relato acerca de lo que merece la pena en una enseñanza democrática de todos para todos. Su conocimiento fortalecería su valor social.

Una buena contribución a esa memoria es la que acaba de hacer Julia Varela con su último libro: Mercedes Valcarce Avello: Maestra de maestros (Madrid:  Morata, 2018). La socióloga gallega rinde aquí un pequeño homenaje personal a una profesora cuya trayectoria y actividad docente –desde la preocupación por la Psicología infantil y el Psicoanálisis- se entrecruzó, desde los años sesenta, con la de otros profesionales reconocidos, como Justa Bejarano, Gimeno Sacristán, Juan Delval, Emilia Serra, Amparo Escrivá  o José Luis Linaza, entre otros.

En principio, el libro está planteado dentro de una de las líneas de investigación que la autora mantiene desde hace años: la genealogía como perspectiva sociológica y las mujeres como sujetos de encuentro y desencuentro con la historia cultural que les ha tocado. Si en 1997, se acercó, en la línea de Foucault y Norbert Elías, a los procesos de feminización de la mujer burguesa en Europa (Ediciones La Piqueta, nº 30), en 2011 su análisis se centró en las autobiografías de tres mujeres de la burguesía liberal española: María Teresa León, Zenobia Camprubí y Carmen Baroja (Morata) y, cinco años más tarde, a lo que le contaron de sus vidas once mujeres de la generación del 68 (Morata, 2016). A esta etapa histórica, y desde una panorámica social más compleja, ya le había prestado atención en las entrevistas a los  paisanos de la ruralidad cambiante gallega donde la autora nació (Soutelo Blanco, 2004). En este libro de ahora es la historia de vida de Mercedes Valcarce la que se muestra, aparentemente escrita por ella misma pero resultado también de una secuencia de entrevistas, que merece la pena leerse.

Papel mediador

Las justificaciones de las historias de vida como metodología analítica cualitativa son similares a las de la historia oral. Sus ventajas son capaces de limitar los inconvenientes si la experiencia, el rigor y lealtad del investigador salvan el relato resultante del cotilleo insignificante. Y si a la cercanía se une que fluye –como si hubiera sido escrito por el entrevistado- mejor que mejor. En la lectura de este, es mucho lo que se puede aprender acerca del papel mediador de algunas profesoras y profesores universitarios -en la grisura del franquismo- para mantener vivas entre el alumnado las inquietudes por aprender, investigar y desarrollar nuevos ámbitos de conocimiento en aspectos cruciales para la historia educativa española. También  sobre las dificultades para que fructificaran algunas buenas semillas que pudieron sembrar. Hacen falta más trabajos de este tipo, que nos ayuden a construir el camino del futuro. 

Manuel Menor Currás
Madrid, 22.07.2108

jueves, 14 de junio de 2018

Y tú, ¿por qué eres negro? (Guadalupe Jover en El Diario de la Educación)

Artículo de Guadalupe Jover en eldiariodelaeducacion.com

¿Qué es ser negro? ¿Cuál es la construcción social que se hace de las personas negras en Occidente?" Hora es de que la escuela abra plano en su mirada al mundo y se ocupe también de lo que hasta ahora ha sido casi un tema tabú.

“¿Por qué soy negro?” “¿Qué es ser negro?” “¿Cuál es la construcción social que se hace de las personas negras en Occidente?”. Estas tres preguntas vertebran el libro Y tú, ¿por qué eres negro? del fotógrafo Rubén H. Bermúdez, madrileño de Móstoles. Este artículo quisiera ser la crónica de un encuentro -el de Rubén con nuestro alumnado de 4º ESO y 1º bachillerato-, y un alegato en favor de la presencia en nuestros currículos de cuanto tiene que ver con la negritud.

Sabía de Rubén desde hace años. Sabía que era un joven fotógrafo español, hijo y nieto de españoles… y negro. Sabía que Rubén había iniciado un proceso de introspección acerca de lo que significa ser negro en la España de hoy y que su relato, articulado a partir de las imágenes que construían su biografía, antes o después fraguaría en un libro. Sabía también que era muy buena gente.

Maestras y maestros tejemos nuestro quehacer con los hilos de nuestra propia experiencia. Y esta experiencia se ancla no solo en nuestra formación académica, sino en el azar -o la voluntad- de nuestros encuentros, conversaciones, lecturas y vivencias. Lo que somos -melómanos o cinéfilos, feministas o ecologistas, activistas o viajeros- no es algo que aparquemos a la puerta del instituto. El cine que vemos, la música que escuchamos o la prensa que leemos… lo llevamos puesto al aula. Por eso, cuando el verano pasado cayó en mis manos el libro de Ta-Nehisi Coates Entre el mundo y yo, supe que quería llevarlo a mis clases. En él, el afamado periodista y editor de The Atlantic escribe una larga y conmovedora carta a su hijo de 15 años acerca de lo que significa ser negro en EEUU: saberte un cuerpo permanentemente amenazado.

Pensé en seleccionar algunos fragmentos y vincularlos a una de las novelas que me había deslumbrado meses atrás: Volver a casa, de la escritora estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi. Con un talento narrativo desbordante, Gyasi va desgranando los avatares de las sucesivas generaciones que proceden de dos hermanas nacidas (y separadas) en Ghana en el siglo XVIII. Una de ellas se ve obligada a casarse con un gobernador inglés y recluirse en su fortaleza; la otra es capturada como esclava y enviada a los EEUU. Seguir el rastro de sus sucesivos descendientes es aproximarnos a dos de los episodios más ominosos de la historia de la Humanidad, inexorablemente ligados entre sí: la colonización y la esclavitud. Dos realidades que quedan muy lejos en el imaginario colectivo -en la ficción literaria y cinematográfica- del lugar que deberían ocupar. Dos realidades por las que el sistema educativo pasa casi de puntillas.

En mi cabeza iba dibujando una suerte de constelación literaria en torno a la negritud. La reflexión de la escritora afroamericana y Premio Nobel de Literatura, Toni Morrison, en el epílogo de su primera novela, Ojos azules, me movía a dar cabida a otras voces narrativas tradicionalmente fuera del canon escolar. Morrison pone en palabras su dificultad para incorporar al territorio de la novela un lenguaje hasta entonces confinado en el ámbito de lo privado e íntimo: el lenguaje de los negros, el lenguaje de las mujeres. Cómo no recuperar las voces de Chinua Achebe –Todo se desmorona– o Wa Thiong’o –Sueños en tiempos de guerra-. Cómo no abrir esta constelación a títulos cinematográficos que nos cuentan también las cosas -al fin- desde otras perspectivas.

Publicado el libro de Rubén, contaba ya con la obra que podía hacer de bisagra entre el horizonte lector de mis estudiantes -su experiencia biográfica, su desenvoltura en un mundo de imágenes- y el horizonte de las obras evocadas. Esbozaba en mi cabeza un proyecto transdisciplinar y así lo fui hablando con algunos colegas. ¿Por qué no indagar en la presencia de esclavos negros, por ejemplo, en tanto en Andalucía como en Extremadura durante los siglos XVI y XVII? ¿Por qué no zambullirnos en la música negra -del jazz al hiphop- o en las teorías pseudocientíficas acerca de la superioridad de unas razas frente otras? Pero las cosas son como son y el curso fluye y zigzaguea desde la atención a mil y un requerimientos y urgencias. Solo el alumnado de Literatura Universal de 1º de bachillerato -gracias, Ana- logró hacer hueco en sus clases a las voces de la negritud, secularmente expulsadas de los currículos escolares. Y aunque el desarrollo del proyecto se ha visto pospuesto para otro momento, sentía que no podía privar a mi alumnado de este año de un encuentro con Rubén H. Bermúdez. Al fin y al cabo un encuentro se fragua rápido y sus efectos, en cambio, reverberan durante años.

Si educar es proporcionar experiencias de aprendizaje, y muy especialmente aquellas a las que gran parte del alumnado no tiene acceso desde su entorno familiar, esta se me antojaba indispensable. Y más indispensable aún por cuanto tampoco los entornos escolares dan cabida a preguntas como las que constituyen el marco del libro de Rubén.

Fue fácil contactar con él y fácil concretar un encuentro. Era un viernes a última hora de una de las últimas clases del curso y, sin embargo, esa aleación de esponaneidad, frescura, reflexión y experiencia que nutre el discurso de Rubén resultó un imán para nuestro alumnado. Y es que hablar de identidad, de miradas, de relato, es hablar de cada uno de nosotros.

Empezó Rubén hablando de lo que significa contar una historia, contar tu historia: de las preguntas previas -quién soy, desde dónde escribo, a quién me dirijo-, y de por qué él decidió construir su relato a través de las imágenes que acompañaron su infancia: fotos familiares y escolares -un negro entre blancos- o fotos ajenas, en su mayor parte correspondientes a aquella televisión de los 80 y sus particulares representaciones de “los negros” -el “negrito” del Colacao- o su absoluta invisibilización –Érase una vez el hombre (blanco)-. Ruud Gullit, Michael Jackson o el Príncipe de Bel-Air empezaban a constituir excepciones, pero también ellas acababan por aprisionar en férreros estereotipos: “Tienes que bailar bien. Lo lleváis en la sangre”. Por no hablar de Baltasar, ese rey mago embadurnado en lo que supone una burla y un desprecio ultrajante a la población negra de nuestros pueblos y ciudades. La caricatura del negro. Su cosificación.

Fue desgranando Rubén H. Bermúdez ante nosotros algunas de las páginas de su libro. “La primera vez que alguien me llamó negro estaba en un mercado con mi abuela. Fue otro niño pequeño. Utilizó la palabra ‘negrito’. Nadie dijo nada. Yo tampoco”. Nos habló de los silencios insondables que acompañan lo que no se nombra, y de cómo un niño negro va construyendo su identidad en una sociedad blanca. “Mi padre me había dicho que no podía ir con los Celtics, que ‘son racistas’. Fue la única vez que hablamos de raza en mi casa”. Nos contó lo que para él supuso la muerte de Lucrecia -la negra Lucrecia-: “Yo tenía 11 años. El impacto fue tremendo. Ese día entendí que era negro. No había distancia, tuve miedo. Tienes que estar alerta. Pueden asaltar tu cuerpo”. Y de la permanente presunción de culpabilidad de que un negro es objeto. “Documentación”. “Abre el maletero”. “No tienes pinta de apellidarte Bermúdez”.

Chicos y chicas lo escuchaban sin perder prenda. Observando sus rostros, escuchando el silencio, constatando cómo el coloquio posterior hubiera podido prolongarse largo y tendido si un brusco timbrazo no hubiera puesto fin a la sesión, tuve la certeza de que aquella había sido la clase más inolvidable de todo el curso. Y que, de la misma manera que en los últimos años nos hemos ido calando una gafas moradas para mirar la realidad en clave de género y ver al fin lo que antes normalizábamos, Rubén nos estaba ayudando a calarnos unas gafas de las que nos costaría desprendernos en lo sucesivo.

Guadalupe Jover es profesora de Educación Secundaria

viernes, 4 de octubre de 2013

Reseña de "Memorias de un profesor malhablado", de Matías Escalera (Silvia Medina)

REBELION.ORG: Memorias de un profesor malhablado, de Matías Escalera Cordero



En los últimos dos años, la Escuela Pública del Estado Español, con la Comunidad de Madrid como avanzadilla, ha sufrido el ataque de las políticas ultracapitalistas del Partido Popular, que aprovechando la crisis, han puesto en marcha procesos privatizadores para acabar con todo aquello que tenga que ver con los servicios públicos y obtener pingües beneficios para las empresas de sus parientes y amigos.
Frente a estos ataques surgió una respuesta de padres, alumnos, profesores y de la sociedad en general que sentían que se les estaba robando por la cara el sistema educativo público, que con algunas deficiencias, por supuesto, tantas luchas ha costado, y del que la mayoría de los profesionales de este país (médicos, profesores, abogados, científicos, escritores....) hemos formado parte en algún momento de nuestras carreras. A partir de este movimiento de protesta, se creó lo que conocemos como la Marea Verde, que un primer momento tomó mucha fuerza con todo tipo de acciones, huelgas y manifestaciones, y que, en el último curso, aunque con otras estrategias, y de un modo más medido, ha continuado trabajando en las Asambleas de Centro, en las Regionales o en los debates que se han organizado en los centros escolares para informar y analizar el proyecto de la nueva ley educativa, la LOMCE, que los sectores más duros de la derecha nos quieren imponer.
En esta línea de lucha, de reflexión y de seguir sumando fuerzas y estrategias de movilización, es donde tiene cabida el ensayo, “panfleto, descargo o libelo” que nos regala Matías Escalera Cordero, profesor de Lengua y Literatura en Secundaria, escritor, dramaturgo y crítico, que nos ofrece un análisis claro y clarificador sobre las partes que están en juego en la enseñanza pública: los alumnos, los padres, los profesores y los políticos.
Es una brillante radiografía social sobre el estado de la enseñanza de nuestro país, basada en la experiencia de un profesor que ama y está enamorado de su profesión, que habla de sus alumnos (y sus alumnos de él) con respeto, cariño y dulzura. Un profesor que solo sabe “aprender y enseñar”. Esto es algo que jamás entenderán esos que ocupan nuestro parlamento, esos usurpadores de la soberanía nacional, que legislan para llenarse las manos a espuertas, a consta de la destrucción del Estado Social y del sufrimiento de los ciudadanos.
Así las cosas, Memorias de un profesor malhablado (Amargord, 2013) se puede resumir en tres aportaciones fundamentales.
La primera es una brillante clase magistral sobre los alumnos, lo que es la adolescencia, sus problemáticas y lo que se pone en juego en el proceso de enseñanza y aprendizaje. Matías Escalera demuestra un buen conocimiento de lo que la más básica lección pedagógica debe contar: que es una edad fronteriza, contradictoria “en la que lo que un adolescente nos pide, incluso cuando se enfrenta a nosotros, padres o profesores, es que no abdiquemos de nuestra condición de adultos, que nos mantengamos firmes y seguros en medio de una realidad percibida por ellos como un mar agitado y tempestuoso que les provoca temor, confusión e inseguridad, pero también ansias de aventura y de novedad”. Nos piden límites, aunque solo sea para romperlos.
Con más de una anécdota Matías nos explica cómo le divierte usar lo que él llama “la virtud de la respuesta inesperada” en esas “relaciones no simétricas entre niños y adultos”, aplicando algo muy sencillo en su metodología escolar: “el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento”. Cuidar su inocencia, ser consciente de la responsabilidad que tenemos en su presente y futuro,respetar su diferencia y tener conocimiento de sus respectivos mundos personales. Y “acaso con eso baste”.
Y, por eso, cuando Matías Escalera reconoce que dice palabrotas en clase, sus alumnos no se escandalizan, ni se sienten ofendidos. Porque se sienten respetados y le respetan, y sobre todo porque quizá entienden que insultar es otra cosa. Insultar es lo que hacen la autoridades educativas del PP madrileño cada día con alumnos, padres y profesores, y con la sociedad entera; insultar es que te dejen sin profesor de compensatoria o de apoyo; insultar es que se subvencionen colegios privados mientras se despiden a miles de profesores interinos; insultar es que el ministro de Educación diga que hay que aumentar la ratio para que el alumnado se socialice mejor. Y como todos sabemos, un largo etcétera de insultos reales, estos sí de verdad, que se nos arrojan cada día.
En su segunda línea de análisis se refiere a padres y a profesores. Nos explica que nuestra lucha es conjunta, que es la misma, porque tanto los padres como los profesores, en cuanto trabajadores, hemos sufrido, en estos últimos años de amnesia de la Sacra Transición Democrática, un proceso terrible de desmemoria y desclasamiento, del que ahora vemos las gravísimas consecuencias. Me refiero al desclasamiento social y político al que se nos ha sometido, a la dictadura de trabajar para consumir, de consumir y seguir trabajando; de pasar de ciudadanos a clientes, ”todos propietarios, miembros honorarios -previa hipoteca- de la clase media”.
“¿Qué ha sucedido entre nosotros para que los hijos de los obreros se avergüencen de la palabra que los designa como clase, a ellos y a sus padres?”, se pregunta Matías. ¿Por qué los alumnos se sienten insultados cuando se les dice que son “hijos de obreros”? “Aunque ya no, profe”, dice una alumna. “Ahora ya estamos todos en el paro”.
Por eso, Matías, es un profesor que basa parte de su metodología en la pedagogía de la pregunta, como decía Freire, haciendo una lectura del pasado en “presente real”, poniendo de manifiesto “esa disociación que les hace ver como pasado lo que es presente, relacionando todo con el momento presente y con sus vidas”.
Claro que más grave es que ni los padres del alumnado, ni muchos de nuestros compañeros se sientan trabajadores y tengamos que oír dislates del tipo “nosotros somos clase media alta” o “es que yo no creo en la huelgas”, como afirmaba un profesor en televisión en la última huelga general. A eso, es a lo que yo llamo vivir por encima de nuestras posibilidades ideológicas, vivir en la ignorancia de quienes no ven (ni quieren ver) más allá de sus ombligos, y que, sin embargo, todo lo que tienen, desde su empleo en la Escuela Pública, el derecho a la sanidad e incluso el derecho a tener derechos lo van a perder, lo estamos perdiendo, por permitirse lujos ideológicos, por no luchar, por resignarse, por votar al partido que te está quitando todo. Y sobre todo porque mientras que el poder les ha sometido a un perverso y obsceno desclasamiento, la clase dirigente mundial lo tiene claro como el agua. No hay más que recordar la famosa frase del magnate Warren Buffet: “claro que hay lucha de clase, pero es la mía la que va ganando”. Cierto, vamos perdiendo y por goleada. Pero cuidado, que también la monarquía francesa de 1788 era modelo del absolutismo en Europa.
Por todo esto y más, Matías Escalera nos hace preguntas en su libro, tanto a padres como a profesores, en un intento de movernos a pensar, de despertarnos de esa amnesia. Pero también hace un necesario llamamiento a la esperanza y a la lucha (porque sin lucha no hay esperanza) de padres, profesores y alumnos contra esos que han decidido en nombre de la crisis y de su sacra mayoría absoluta arrebatarnos TODO y YA, para lucrar sus más que deshonestos y mafiosos negocios. Y si no, véase lo que se quiere hacer con los hospitales públicos de Madrid.
Ya en la parte final del libro, el autor habla de esos que verdaderamente nos insultan cada día, políticos y tertulianos de la caverna mediática, que no muestran ningún pudor de su desconocimiento sobre el mundo de la educación y, sin embargo, se atreven a llamarnos vagos sin ningún recato, al tiempo que ponen en marcha leyes y políticas educativas en las que “les importamos un pimiento nosotros y la educación, y los jóvenes y nuestro país”. Políticos plegados a los intereses de la patronal de la enseñanza que buscan poner fin a la Escuela Pública que parecía , por fin, que “había logrado ganarse un puesto y el estatus largamente soñado... desde la vieja Ilustración hasta los movimientos de renovación pedagógica”. Y si no somos capaces de darnos cuenta de que “politicastros ignorantes y corruptos, contertulios del tres al cuarto, banqueros y patronos ineptos y codiciosos son los culpables de nuestra ruina, por acción, pero también nosotros por omisión” en menos de lo que pensamos, muchos de los que tenemos “una idea diferente de la Escuela Pública”, o soñamos con una sociedad justa e igualitaria (“a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”, decía Marx) no seremos más que una especie de “lince ibérico” en extinción, que como mucho se nos recordará en un documental de la 2 o en un especial de Informe Semanal.
Por todo ello, Matías, con su libro de Memorias de un profesor malhablado nos acucia a plantar cara a los que “nos están birlando todo con el descaro de los viejos amos y la chulería de los nuevos señoritos”. Por nosotros, pero sobre todo por nuestros hijos, por nuestros alumnos, que aún guardan la inocencia, por lo menos “hasta que no se hagan tan cabrones como puedan llegar a serlo; y más, si no les ayudamos a preservar una parte de esa inocencia”.
Quisiera para finalizar, dar mis más sinceras gracias a Matías por este libro, porque personalmente me hace no sentirme sola saber que existen profesores como él, que luchan y enseñan luchando por un mundo justo, “diferente, lleno de espacios libres y salvajes”.
Y porque creo que nos da fuerza para seguir luchando en las aulas y en las calles, para empezar el curso diciendo NO A LA LEY WERT, y para mantener la esperanza en un mundo mejor, porque “sin esperanza seríamos banqueros o soldados....y hemos decidido no ser ni banqueros ni soldados, sino solo maestros”.
Memorias de un profesor malhablado, de Matías Escalera Cordero
Amargord, 2013. 107 págs.
Silvia Medina. Profesora en precario

martes, 10 de septiembre de 2013

"Memorias de un profesor malhablado" (Matías Escalera): Una historia de amor hacia la profesión de maestro

Aunque la palabra aparezca en el título, no estamos ante unas memorias; como tampoco estamos ante un «panfleto» o un «viejo libelo», por más que así califique su escrito el autor, Matías Escalera Cordero, en las páginas preliminares de estasMemorias de un profesor malhablado (Amargord Ediciones). Más bien estamos ante una historia de amor. Pero no se trata de una historia de amor al uso, con una trama trepidante protagonizada por amantes apasionados que, por una razón u otra, ven imposible la consumación de su deseo. Al contrario, lo que Escalera Cordero nos trae, en Memorias de un profesor malhablado, es una historia de amor hacia su profesión.
En este momento histórico en que la educación y la enseñanza están siendo maltratadas y agredidas por las políticas neoliberales de un gobierno rendido a los intereses del capital, Memorias de un profesor malhablado da un golpe sobre la mesa para acallar las voces que desprestigian su profesión, y reivindica el papel fundamental del profesor en la construcción de una sociedad verdaderamente democrática.Memorias de un profesor malhablado es un gesto de reafirmación ante aquellos que les desacreditan. Porque los mismos que hace años abogaban por recuperar la autoridad del profesor, cuestionada, en su opinión, por la aplicación de modernos métodos de enseñanza, se descubrieron, de pronto, desautorizando a los profesores, llamándolos nada menos que vándalos (Salvador Sostres, en El Mundo), mentirosos (Cristina Alberdi, en Intereconomía), perroflautas (Federico Jiménez Losantos en esRadio), semianalfabetos puestos a dedo por sindicalistas (César Vidal en esRadio) o, simplemente, «payasos, gilipollas, idiotas, tontos», calificaciones que pertenecen al falangista Eduardo García Serrano en Intereconomía, como así se muestra en las citas que abren estas Memorias de un profesor mal hablado.
Ante este caudal de insultos y despropósitos que desbordan los límites de lo que debiera ser un debate político sobre la res pública, Matías Escalera Cordero pretende, con este libro, «dar testimonio vivido de una actividad, la de profesor, denostada y despreciada por muchos en la sociedad española actual; al tiempo que defender a ultranza nuestra Escuela Pública (…) frente a los prejuicios y a los ataques furibundos que recibe de la caverna social y mediática; pero también frente a nuestros propios prejuicios e indiferencia» (pág. 7).
Para lograrlo, Escalera Cordero visibiliza, en primer lugar, las contradicciones que afectan al sistema educativo en su conjunto, y que padecen tanto estudiantes como profesores. Porque nuestra sociedad, que se autoproclama del conocimiento mientras desmantela la educación pública para erigir casinos, juega con las expectativas de unos estudiantes que han absorbido la propaganda que les ha hecho creer que la calidad de su futuro es directamente proporcional a su formación académica. Ante este desajuste entre la propaganda y una realidad en extremo precarizada, donde la generación mejor formada de la historia no tiene más horizonte laboral que el exilio, se pregunta nuestro profesor malhablado: «¿qué joven estudiante va a confiar en un profesor que le promete, hoy en día, por ejemplo, un trabajo y un futuro mejor, si se esfuerza y cumple con sus obligaciones? Si seguramente ese mismo joven estudiante tiene un hermano mayor o un primo, o un tío o, quizás, su propio padre o su propia madre, que han estudiado y se han esforzado, que cumplieron con sus obligaciones, y que, aun así, se encuentran en paro, o subempleados y explotados en condiciones muy semejantes a las que los siervos de la Edad Media o los obreros del siglo diecinueve tuvieron que soportar» (p. 18).
Pero el profesor, cumpliendo la función que la sociedad le asigna, reproduce la falacia, animando a sus estudiantes a que se esfuercen en las aulas, haciéndoles creer que su esfuerzo será recompensado en el mercado laboral. Esta es la contradicción con la que convive todo profesor: como buen lector de Louis Althusser, Escalera Cordero sabe que la escuela es un AIE (Aparato Ideológico de Estado) y que el profesor no es más que un funcionario con la misión de transmitir la ideología de la clase dirigente y de formar a obreros cualificados, pero sobre todo disciplinados.
También es muy consciente de que existen fisuras, de que siempre hay algún lugar por el que escapar: «…no les oculto el papel de carcelero y domador que se me ha asignado dentro de ella [la escuela]… Pero también en las mazmorras, les recuerdo, es posible la rebelión… Y les hablo de Espartaco, por ejemplo, o de sus abuelos y bisabuelos que sufrieron la persecución y la cárcel durante la Dictadura… Sé perfectamente que se me ha puesto allí para prepararles a la sumisión y a la explotación» (p. 21). Y en otro lugar añade: «¿qué se nos demanda en las sociedades actuales a los profesores? (…) que seamos meros instructores de capacidades y domadores de voluntades (…). Que instruyamos a nuestros alumnos para la sumisión y para la disciplina de una realidad entendida como espacio de sometimiento y de producción de consumo de objetos inútiles, en su inmensa mayoría» (p. 70). La escuela, en efecto, como una cárcel, está diseñada como espacio para el sometimiento y el cumplimiento de la disciplina.
El mejor instrumento para limar las rejas de la prisión en la que se encuentran sus estudiantes es –cree Matías Escalera Cordero, como poeta que es– la palabra. Hay que rarificar el lenguaje, sostiene Escalera Cordero, y no hablar como ellos esperan que hable un profesor. El uso de las palabrotas –de ahí el título de estas Memorias– resulta idóneo para su propósito, pues descoloca a los alumnos, desordena la configuración de su mundo, les desconcierta al no hallarse ante lo esperado. Pero, a su vez, las palabrotas tienen otra función: recordar que hay palabras que asumimos como correctas y que, en realidad, son más violentas que otras malsonantes, o que los discursos más correctos son, en ocasiones, los que mayor violencia engendran.
De este modo lo dice Matías Escalera Cordero en el texto: «…soy un incorregible “boca sucia”, y ellos lo saben (…). Ellos y yo sabemos que el auténtico respeto está en otra parte, y que el más limpio y correcto de los usos lingüísticos no garantiza el respeto que se les debe y que se nos debe a todos (…). Pero es que además intuyen, y lo saben también, que la mentira, el engaño y la falta de respeto, a menudo, va envuelta en finos y educadísimos discursos. Sólo hay que poner un poco de atención y escuchar qué elegantes discursos arman en sus foros esos que viven a nuestra costa, de nuestro tiempo y que se aprovechan de nuestra candidez. Y sospechan, aunque no lo sepan decir, que hay palabrotas aún más gordas y mucho más dañinas que las que yo digo: por ejemplo, abandono, indiferencia, abuso, paro, pobreza, desesperación, y muchas otras con las que cualquier profesor de cualquier instituto o colegio se maneja a diario» (pp. 27-28). Porque, como se dice en el texto, hay más violencia en la respuesta «no tengo tiempo, hijo» que dan algunos padres a sus hijos cuando estos les piden hablar, que en muchos de las palabrotas que emite este profesor malhablado.
No hay historia de amor sin reproches. Memorias de un profesor malhablado increpa a los padres que interpretan la escuela como almacén de niños, como el espacio en el que se los aparcan durante el tiempo que dura su jornada laboral. Pero también hace autocrítica y cuestiona algunos métodos que emplean sus compañeros, que a veces sacan conclusiones sobre algunos de sus estudiantes sin disponer de todos los datos. Es paradigmática la historia de M (la chica que debía trabajar más), como así se la denomina en el texto, cuyo contenido no voy a desvelar aquí para no estropearle al futuro lector una de las historias más emotivas de estas Memorias de un profesor malhablado, y una de las razones por las cuales vale la pena detenerse a leer este libro.
Pero acaso el mayor reproche de Matías Escalera Cordero va dirigido, en este libro, al conjunto de la sociedad española; una sociedad donde, cada cierto tiempo, revivan los fuegos inquisitoriales y vuelven a aparecerse fantasmas que creíamos que no nos volverían a asustar jamás. El desprecio hacia la inteligencia, la razón y la educación –síntoma de la ausencia de una cultura republicana e ilustrada que haya gozado de continuidad en nuestra historia– forma parte de la marca España. Pero no hay que perder la esperanza. Porque como nos recuerda George Steiner, que aparece en estas Memorias de un profesor malhablado, «sin esperanza sólo se puede ser banquero o soldado, pero no maestro» (p. 74).
La lucha sigue: seguimos teniendo esperanza, porque todavía tenemos maestros. Y viceversa.
Artículo de David Becerra publicado en lamarea.com

viernes, 7 de junio de 2013

Reseña de “Memorias de un profesor malhablado (en defensa de la escuela pública)”

CRÓNICA POPULAR.ES“Memorias de un profesor malhablado (en defensa de la escuela pública)”, de Matías Escalera Cordero

El martes, 28 de mayo, se presentó en la Sala Internacional de la Universidad Cisneriana de Alcalá de Henares el libro recientemente publicado por la Editorial Amargord, que lleva el sugerente título de Memorias de un profesor malhablado, del escritor y profesor Matías Escalera Cordero; que ha ejercido en estos dos años de lucha de la Escuela Pública madrileña como portavoz de la Asociación de Profesores de la ciudad (APAH).
AA-CP-MEMORIAS-PROFESOR-PORTADAEn el acto intervinieron, junto con el autor, diversos representantes de la comunidad escolar alcalaína, que se centraron en el papel de profesores, padres, estudiantes, políticos y medios de comunicación en la Escuela Pública, a partir de la lectura del libro de Matías Escalera. Y fue apoyado y convocado tanto por el Foro del Henares, como por la propia Asociación de Profesores de Alcalá (APAH).
Memorias de un profesor malhablado, de Matías Escalera, es un libro diferente. Es, ante todo, un libro honesto pues no sólo toma partido, sino que abre el interior del aula y de su particular relación con sus alumnos a los ojos de cualquiera que desee acercarse a ella. No hace falta casi abrirlo para percibir que lo que uno se va a encontrar dentro no tiene trampa ni cartón. Lo políticamente correcto, los eufemismos y los paños calientes no proceden. No sirven para destilar décadas de experiencia docente y de lucha cotidiana. Es también un libro arriesgado, que aborda situaciones difíciles de comprender totalmente fuera de un contexto, el educativo, cuya complejidad impide paralelismos o analogías sencillas. Es por lo tanto un libro valiente, sin red, que exige del lector complicidad y autocrítica a partes iguales.
Pero, sobre todo, es un libro necesario. Es necesario porque explica claramente qué es en realidad la educación, por qué debe ser pública, y por qué la Escuela Pública debe vertebrar, como dice él mismo, el sistema educativo de un país moderno, pues ha posibilitado históricamente la construcción y desarrollo de los estados modernos.
Es necesario, además, porque las políticas educativas de los últimos años en Madrid, que serán elevadas a rango de ley en breve mediante la LOMCE, han supuesto un retroceso de treinta años en el terreno educativo, como en el resto de los derechos y servicios públicos, que no nos podemos, no debemos permitir. Es necesario, en fin, porque la sociedad española debe vacunarse contra el mortal virus del dios mercado y de la superstición de la competitividad; presunciones y valores que, tal vez, valgan para fabricar tornillos o coches, pero que resultan letales para el ecosistema educativo y la formación de ciudadanos libres y críticos.
Memorias de un profesor malhablado es, finalmente, una invitación a la acción conjunta de toda la comunidad educativa. Durante demasiado tiempo padres, alumnos y profesores hemos caminado en paralelo pero por vías diferentes. La defensa de la educación pública, no obstante, nos ha unido de nuevo y nos ha enseñado a todos una valiosa lección que no deberíamos olvidar: una comunidad educativa unida es la mejor forma de defender la Escuela Pública y los valores cívicos y democráticos sobre los que se sustenta y se ha sustentado tradicionalmente la modernidad, y la panoplia de derechos y deberes en que se materializaron las reformas y avances sociales y políticos propiciados por la Ilustración y las sociedades republicanas, frente al “antiguo régimen”, al que los sectores más conservadores de nuestro país, junto con la conferencia episcopal, parece que desean retrotraernos.
Matías Escalera Cordero
Nacido en Madrid en 1956, Matías Escalera es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, con estudios asociados de Filosofía, fue becado por el Instituto Pushkin de Mocú en 1987, trabajó como profesor de Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Ljubljana y, actualmente, es profesor de Enseñanza Secundaria del Instituto público de Alcalá de Henares.
Intelectual comprometido desde sus años de Universidad, es autor de las novelas “Un mar invisible” y “El tiempo cifrado” y de la colección de relatos “Historias de este mundo”, de los poemarios “Grito y realidad”, “Pero no islas” y “Versos de invierno”, de las obras de teatro “El refugio”, primer premio de literatura dramática “Sala Margarita Xirgu”, de Alcalá de Henares”, y “Búscate la vida” y del cortometraje documental “Futuro imperfecto” y es coautor de diversas obras colectivas, entre ellas, “La (re)conquista de la realidad” y “La República y la cultura. Paz, guerra y exilio”.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Reseña de "Qué hacemos con la educación"


MORENO, Agustín (Coord.), Qué hacemos con la educación, Madrid, Akal. 2012.

Este libro de 63 intensas páginas acaba de inaugurar una colección sustanciosa en la que se pasará revista a los asuntos primordiales que conforman nuestra problemática actualidad. Tarjeta de presentación de la misma, está especialmente pensado para ciudadanos preocupados por cómo en pocos meses los derechos sociales y políticos que tanto tiempo y trabajo costaron, están siendo arrebatados con enorme facilidad y desparpajo. Les ayudará a entender mejor qué está pasando, a desconfiar de versiones oficiales engañosas y a resistir en la construcción de un mundo mejor que el que les tocó en herencia. Qué hacemos hereda el mismo espíritu que animó, hace algunos años, a otras colecciones como De qué va, que coordinaba María Fuentetaja desde Ediciones La Piquetao la que Antonio Albarrán desarrolló con notable éxito desde Editorial Popular: ... A lo claro. Como ellas, la nueva colección pretende una reflexión colectiva sobre cuestiones acuciantes, de la mano de personas y colectivos implicados en una sociedad más justa y menos asimétrica, más consciente y menos amedrentada.

En el título completo de este primer libro está más explícito el sentido que le anima: Qué hacemos para que los recortes y reformas no acaben con un pilar tan básico de nuestra vida como la educación. La pregunta –o advertencia desesperada- no puede ser más certeramente crucial para la enseñanza pública, en una coyuntura en que, -después de una ambigua herencia recibida del franquismo, y de una transición democrática demediada por múltiples urgencias-, se la está estrangulando sistemáticamente con el pretexto de la crisis y, de añadido, se le quiere imponer una nueva ley orgánica inoportuna e inadecuada. Los autores de este pequeño libro tratan de erigir con sus frágiles páginas de papel una muralla contraria a las políticas conservadoras que están deteriorando de manera acelerada la calidad y equidad de la educación pública española. Consideran que, si no se detienen a tiempo, “podemos estar ante un retroceso histórico que nos devolvería a la escuela de pobres del franquismo y, en definitiva, a una universidad sólo para ricos”. La “mejora de la calidad”, que propugna la LOMCE, desmotivará mucho a los profesores, segregará más a los alumnos y privatizará rápidamente las menguantes dotaciones

Agustín Moreno, Enrique Díez, José Luis Pazos y Miguel Recio –ampliamente reconocidos por cuantos pugnan por una enseñanza pública digna para todos- repasan desde esta óptica los grandes retos de nuestro sistema educativo, insuficientemente atendidos o malinterpretados: el derecho a la educación, la educación inclusiva, el currículo educativo, la autonomía y organización democrática de los centros, la evaluación educativa, la formación inicial y permanente del profesorado, la universidad y la I+D, la financiación educativa y, sobre todo, qué hacemos con la educación del siglo XXI, porque, al final, de poco valen estos empeños si nos quedamos sin futuro, nosotros y nuestros hijos. Por todo ello, este libro, además de seria reflexión sobre este presente estragado, quiere ser llamada urgente a seguir luchando por que nuestra educación pública sea lugar de encuentro, de mejora en el conocimiento y la libertad, de convivencia: esa es su esperanza.

Manuel Menor Currás

Publicado en rebelion.org