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lunes, 29 de agosto de 2016

El jardín de Wert es lo de menos: así vive el exministro en París como embajador de la OCDE (eldiario.es). #DileaRajoyDóndeRecortar

Publicado en eldiario.es
  • El exministro vuelve a ser protagonista tras publicarse el coste de cuidar los jardines que comparte la embajada española en Francia con la delegación de España en la OCDE, donde trabaja
  • Sin experiencia en el cuerpo diplomático, cobra un salario de 60.000 euros anuales más complementos, gastos de representación, coche con chófer y residencia de 11.000 euros al mes
  • Exteriores no hace públicos los módulos de poder adquisitivo y calidad de vida por los que se multiplica el sueldo. La agenda también es desconocida
El mantenimiento de los jardines que comparte la embajada española y la cancillería de la delegación permanente de España en la OCDE en París, instalaciones en las que trabaja el exministro José Ignacio Wert –ahora embajador de España ante el organismo internacional– va a suponer para las arcas públicas un desembolso de 331.825, según se publicaba este lunes en el BOE.

El contrato, con un valor estimado de 775.655 euros que finalmente se queda en menos de la mitad, se ha adjudicado para el mantenimiento durante dos años de estas zonas comunes verdes que comparten la embajada y la cancillería. Es decir, no se destina a un lugar de uso particular del exministro y, según ha comprobado este medio, tiene un coste similar al del cuidado de las mismas zonas en otras embajadas.

La información –publicada el martes por La Vanguardia– apareció en varios medios y aún se movió más rápido en redes sociales, hasta el punto de que Wert se convirtió en trending topic. Pero el jardín es lo de menos. ¿Cómo es la nueva vida del exministro? ¿Cuánto dinero emplea el Estado en pagar su trabajo y su estancia en la capital francesa?

Con los datos públicos no es posible calcular el salario total que percibe el que fuera el ministro "peor valorado" del Ejecutivo de Mariano Rajoy, al frente durante tres años –hasta julio de 2015– de la cartera de Educación. El sueldo inicial asociado a este cargo en 2014 era de 60.846 euros brutos. A esta retribución anual se suman al menos: un complemento de destino y un complemento específico, además del pago del coche con chófer, gastos de representación y la residencia. El alquiler del apartamento de 500 metros cuadrados, donde trabajan dos personas de servicio, tiene un coste de 11.000 euros al mes.

Además de esta ristra de extras, el salario de los embajadores se debe multiplicar –según consta en el real decreto que regula el particular sistema de retribuciones del cuerpo diplomático– por dos módulos: el de equiparación al poder adquisitivo y el de calidad de vida. El segundo índice crece a medida que lo hacen factores "como lejanía, clima, insalubridad, incomunicación, situación de violencia o guerra, inseguridad ciudadana, y otros similares que puedan disminuir la calidad de vida del funcionario en relación a España". Ninguno de estos índices es público.

El exministro, que cuenta con un equipo de dos diplomáticos y otros 10 funcionarios de varios ministerios, vive en la lujosa Avenue Foch de París con su esposa Montserrat Gomendio. Gomendio fue su mano derecha como secretaria de Estado de Educación (entre enero de 2012 y mayo de 2015) hasta su nombramiento como directora adjunta de Educación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Su sueldo, según la propia organización, alcanza los 10.000 euros mensuales.
Un destino "codiciado"

Este medio ha preguntado sin éxito por la agenda de José Ignacio Wert al Ministerio de Asuntos Exteriores. En términos generales, según la web de esta cartera, el embajador español ante la OCDE tiene la función de "representar y defender a España ante los distintos órganos de la OCDE, exponer y defender la posición del Gobierno español en el Consejo, en los distintos comités y en los grupos de trabajo y participar en la dirección y gestión de la organización". El destino donde Rajoy colocó a Wert es, según fuentes consultadas, uno de los más codiciados.

Como ministro, el ahora embajador tenía asignada, según consta en el Portal de Transparencia, una retribución anual de 68.981 euros brutos al año. Su nombramiento en el nuevo cargo tras su salida se efectuó directamente tras aprobarse en Consejo de Ministros el 31 de julio. Al pasar a formar parte de un organismo internacional, no requiere del plácet del otro país –manifestación que hace el Estado receptor de que no tiene nada que oponer a la persona que el Estado solicitante se propone nombrar–, necesario en el caso de los embajadores ordinarios.

Al final de su etapa al frente de la cartera de Educación, Wert y Gomendio –ya exsecretaria en ese momento– se alojaron durante un viaje privado en una residencia del Ministerio con plazas limitadas reservadas para investigadores, estudiantes y profesores que necesitan alojamiento por motivos docentes o de investigación, según el reglamento.

sábado, 6 de agosto de 2016

No en mi nombre, Mariano (Jesús Cintora)

  • “No votamos a Rajoy y no queremos que nuestro voto sirva para que siga gobernando”, se queja un estudiante
Estamos de aniversario. No sé habrán dado cuenta con esto de la formación de gobierno, pero Rajoy acaba de celebrarlo: se cumple un año desde que premió a José Ignacio Wert, su ministro peor valorado, con un puestazo en París, unos 10.000 euros mensuales, chófer, servicio y residencia de 500 metros cuadrados por otros 11.000 euros al mes. Lo seguimos pagando. En la ciudad del amor continúa Wert con la que era su número dos en el ministerio, Gomendio, que también está en la OCDE y le pagan otro tanto.

Pero no piensen mal si aquel nombramiento se produjo en plena operación salida de vacaciones y, justo un año después, en el último fin de semana de julio, el gobierno en funciones acaba de publicar en el BOE una de las grandes obras de Wert: los alumnos que aprueben la ESO y el Bachillerato no obtendrán el título si no aprueban las reválidas que impone la LOMCE. Por mucho que hayan superado todos los cursos durante varios años. José Ignacio Wert de retiro dorado en París y, aquí en España, los estudiantes están que trinan porque les acaban de colar, de tapadillo, este regalo de fin de curso.

Y es que, así hace estas cosas Mariano. Las vacaciones de julio empezaron con un hachazo a la hucha de las pensiones (así, como si ya tal) y las de agosto arrancan con otro “homenaje al consenso” (esta reforma educativa tuvo rechazo hasta en su propio partido). Mientras, eso sí, Rajoy sigue deseando que ahora le apoyen para gobernar y que flojee la memoria, como la de esos ordenadores que la perdieron a martillazos.

Tuve ayer una charla con estudiantes, que no tienen la reválida de Wert, pero ojo con lo que me dijeron. En las pasadas elecciones hubo más de 24 millones de votos. 7’9 millones del Partido Popular, casi 5’5 millones del PSOE, más de 5 millones de Unidos Podemos, más de 3 millones de Ciudadanos… Y, si casi 8 millones de votantes del PP no castigaron los recortes o la corrupción, ¿significa que ahora deben perdonársela el resto? Pongamos por caso, ¿esos votantes del Partido Socialista o de C’s han dicho que quieren perdonar al Rajoy del “Luis, sé fuerte” para que siga gobernando? Alguien fue incluso más allá: ¿Es coherente pasar una legislatura pidiendo que Mariano Rajoy dimita y luego darle la llave para que siga en La Moncloa?

Son preguntas interesantes, ahora que pudiera parecer que los demás le dan a Rajoy un “no” por capricho. Como si no existiera alternativa, como si no hubiera habido corrupción, precariedad, desigualdades, recortes… Ayer me lo decía un chaval: “No tenemos la reválida, no somos tan listos como Wert, ni tendremos su ‘suerte’ para encontrar ese curro. Pero no votamos a Rajoy y no queremos que nuestro voto sirva para que siga gobernando el que nos ha hecho todo esto. No en mi nombre, Mariano”.

Artículo de Jesús Cintora publicado en eldiario.es/zonacritica

viernes, 14 de agosto de 2015

La prebenda que Rajoy ha dado a Wert en París tiene los días contados (Manuel Menor)

Manuel Menor nos envía un nuevo artículo:

París es especialmente bello en verano y otoño, un regalo pagado por todos.  Aunque probablemente no durará más la embajada encomendada a Wert ante la OCDE.

Es recomendable leer el artículo de Agustín Moreno, escrito ayer como reacción al asombro por el nombramiento de Ignacio Wert para la embajada española ante la OCDE y las prebendas que conlleva mientras sea capaz de mantenerse en ese puesto o canonjía. Hay una leve corrección a hacer, de interéssi necesitaran los servicios del nuevo embajador o desearan hacerle llegar alguna recomendación, solicitud o escrito apropiado en algún momento de los meses inmediatos. No es a Bruselas, sino a París, a donde deberán dirigirse. Y más allá de enero de 2016, lo más seguro es que no vayan a encontrar su destino las misivas dirigidas a AvenudeMarceau, 22.-75008-PARIS.

Este destino manifiesto ya se veía venir. Ha habido bastantes medios que han seguido los pasos del ya exministro, especialmente desde que se supo de su relación con su pareja en Educación y ahora ante el Registro civil, Montserrat Gomendio, la experta en primates que, en los últimos tiempos, ya había abandonado la calle Alcalá, 34 (de Madrid) para dirigirse a esta misma ciudad y encargarse de otra prebenda de la OCDE en la sede de esta organización. Concretamente, en el área de educación, que sigue creciendo con planes expansivos, no sólo a los niveles escolares, sino también a los universitarios.

En la Web del Ministerio de Asuntos Exteriores -sección “Representación Permanente de España ante la OCDE”-, todavía puede leerse la salutación del representante anterior, Ricardo Díez Hochtleiner, indicando la importancia de esta Organización de 34 estados, “los más avanzados del mundo”. Llevamos en ella desde 1961 y, según el anterior embajador ahora destinado a El Cairo, la embajada española en París se encarga de “representar, promover y defender los intereses de España y de los españoles en los numerosos ámbitos y foros de trabajo de esta prestigiosa Organización”. El motivo oficial por el que Wert haya sido nombrado al frente de la delegación parisina en que trabajan al menos otros 17 diplomáticos y funcionarios españoles, es que, entre los múltiples ámbitos de actividad de esta Organización, dedicados “al análisis de políticas públicas y elaboración de estándares e identificación de buenas prácticas”, figura la educación. Periódicamente, desde el año 2000, llega a todos los medios con mucha prontitud e insistencia el preciado Informe PISA. La OCDE es la responsable de su formulación y características, como de la consiguiente explotación de datos, consejos a los responsables de los países miembros y otra literatura más o menos conexa, de gran importancia no sólo para generar opinión, sino también negocio. La multinacional Pearson –que ha sido noticia reciente por la venta de Financial Times- lo sabe muy bien y ya se ha hecho con el contrato del PISA-2018, que pasarán a 510.000 estudiantes.

Wert ha hecho un buen servicio a la OCDE, vendiendo su LOMCE a los españoles como avalada por los resultados de este Informe famoso. Los medios, en general, siempre se han encargado de propagar ambas buenas nuevas o, por mejor decir, la compensación de la nueva ley orgánica a los supuestos malos datos que ofrecía el susodicho Informe. Muy pocos dijeron lo que recientemente ha explicado Julio Carabaña –uno de los sociólogos que más saben de este Informe y de sus entresijos-, señalando que El informe PISA es inútil para las escuelas, libro al que se ha hecho repetida alusión en esta columna. Lo que mide PISA no vale para determinar lo que hagan o dejen de hacer los profesores en sus aulas respecto al conocimiento: sólo mide el que unos chavales de 15 años son capaces de aplicar a cualquiera de los problemas que se le planteen en una encuesta.  Como si nos la hacen a cualquiera en la calle, con dos o tres horas para responder a similar batería de preguntas. ¿Sabríamos decir qué corresponde de lo que hubiéramos respondido, no a un curso determinado de nuestra Secundaria, sino a todo lo que en el colegio o Instituto hayamos estudiado y a una manera concreta de enseñarnos que tuviera el profesor de Matemáticas o Lengua?  Curiosamente, el Informe apenas se interesa por nada más de lo que haya podido estudiar un chaval. Y curiosamente también, son pruebas externas como esta –con determinaciones genéricas o estándares de conocimiento- las que acaban determinando lo que al final deban hacer los profesores en clase, porque con ellas va su prestigio y, en algunos estados de EEUU, también el nivel de sus ingresos salariales.

La lectura detenida de la LOMCE permite ver cómo todo esto ya ha quedado plasmado ahí como pauta para la educación que se está implantando y que, si no se para, seguirá siendo normativo para los adolescentes españoles y sus profesores en los próximos años. Es decir, que Wert ha hecho bien el proyecto que le habían encomendado que hiciera en estos tres últimos años, y le han recompensado por ello. Lo que debiera saberse también es si a “los intereses de los españoles” les conviene lo que en este campo le interesa a la OCDE y que ha ejecutado Wert. No olviden que es una Organización eminentemente económica, con intereses vinculados a las otras grandes organizaciones internacionales como el FMI, ahora mismo muy interesadas en extender el “libre mercado” a la educación, prosiguiendo la desregulación que de manera tan rápida y tan expeditiva ha dejado hecha Wert en este tiempo. Únanlo a los recortes que tantas veces se han mencionado en esta columna desde mayo de 2010 -y que Mariano Rajoy ha prometido a Bruselas iba a seguir bajando hasta el 3,7 del PIB-, y quedará claro por qué hayan destacado de Wert que había ha sido un buen alumno. Lo era ya en el Colegio del Pilar y pocos de su bancada le van a ganar en eso, aunque los haya tenido muy competitivos.

Esa buena disposición ya pudo verse en otra ley anterior que también nos ha dejado de regalo, todo un programa de intenciones educativas no menor que el de la LOMCE: la  Ley de Emprendedores (Ley 14/2013, de 27 de septiembre). Quienes no la conozcan pueden verla en el BOE del día 28 de ese mes. Ahí puede sentirse de lleno el acento orientador que ha querido imprimirse en esta legislatura al sistema educativo español. Entre otras hermosuras, considera “la miniempresa como herramienta pedagógica”, un buen paradigma de que lo que no sea estricto utilitarismo y competitividad desde temprano no merecerá la pena y, en consonancia, para qué íbamos a andarnos preocupando de la imprescindible igualdad educativa. Mejor disponerlo todo para la mejora de la“selecta calidad”, la de las élites, a las que no sólo hemos de promover sino, además, hacer que sus estilos de vida impregnen bien de ansiedad la de todos los demás. Sólo falta que el Monopoly –el antiguo “Palé”- se convierta pronto en el mejor juego adictivo para desarrollar desde la infancia las competencias adecuadas para este tiempo.

Para completar la comprensión del nombramiento de Wert para la embajada parisina al lado de Gomendio y no quedarse en el asombro, pueden traer a su recuerdo igualmente cómo ha quedado mejor parada la Religión en esta legislatura, en la omnipresente LOMCE. A Wert le van los acuerdos internacionales y no nos habíamos dado cuenta. Todos los líos que plantea esta “asignatura fundamental” provienen de un acuerdo internacional, en 1979, con el Vaticano, que a su vez repite otro similar de 1953, reiterativo de otro anterior en 1851. Más atrás no hacía falta retrotraerse: la Iglesia había mandado más que el Estado en asuntos cruciales desde Teodosio en el 370 d.C.Y este es el panorama de la defensa de “los intereses de los españoles” que va a seguir cuidando ahora mismo desde la confortable y muy céntrica embajada parisina: ese montón de hipotecas mejoradas del sistema educativo de los españoles, al Vaticano, a la OCDE, a la UE y, probablemente dentro de poco al TTIP y al TISA, que ya se están discutiendo en Bruselas.

¿A favor de qué mejora de “intereses” jugará nuestro flamante y bien recompensado embajador en París? Jueguen en serio a pensar bien la respuesta. No es difícil saber cuál será la siguiente jugada del gran número uno de la clase que siempre ha querido ser nuestro inefable Ignacio Wert. Pero, si usted quiere ser tan listo como él y le parece que sus “intereses” son otros, también puede irse imaginando qué hacer en la próxima jugada que le toque a usted, probablemente en noviembre. ¡Buen verano!

Manuel Menor Currás

Madrid, 03/08/2015

Entrada relacionada:

Ley de emprendedores (BOE 28-9-2013)

jueves, 13 de agosto de 2015

"Wertgüenza" o la lógica del padrino (Agustín Moreno)

Agustín Moreno nos envía su artículo publicado en Cuarto Poder:

No había dinero para las escuelas y universidades, pero sí para pagarle un pastón al peor ministro de Educación de la democracia. Efectivamente, es una vergüenza que a José Ignacio Wert se le premien sus esfuerzos por liquidar la educación pública con el cargo de embajador de España en la OCDE con un salario de 10.000 euros al mes, un piso de 500 metros cuadrados y 11.000 euros de alquiler mensuales en la exclusiva avenida Foch de París, chófer, dos criados, gastos de representación, viajes, etc. Es cuando menos irritante que encima le paguemos los damnificados ciudadanos por el dudoso honor de ser, con razón, el político peor valorado en todas las encuestas. Solo faltaba Wert para acabar de desprestigiar a la OCDE, que ya nos caía mal por sus recomendaciones perpetuas de bajada salarial, abaratamiento del despido, recortes sociales y privatizaciones.

Ya hemos hablado de su gestión y del caos que ha supuesto para la Educación. Se enfrentó a toda la comunidad educativa (profesorado, estudiantes y familias), a todos los niveles (infantil, primaria, secundaria y universidad), al mundo de la cultura, de la investigación y la ciencia… No fue capaz de producir ningún consenso con nadie con su LOMCE que ataca la equidad y la igualdad de oportunidades, su brutal subida del IVA cultural casi acaba con la industria… Tan solo pareció entenderse con el mundo del toro. Los recortes de más de 7.700 millones de euros y su estilo chulesco de venderlos producían broncas continuas en los medios de comunicación. Para justificar su ultraliberalismo hacía afirmaciones tan absurdas como que la calidad educativa no dependía de la inversión, sino más bien de lo contrario, y siempre nos quedaremos con la duda de cuánto había de provocación y cuanto de ignorancia. Se podría decir que su contribución más positiva es la potenciación de la industria textil de camisetas verdes (tambiéngrogas en Cataluña) en defensa de la escuela pública.

El nombramiento de Wert se anuncia el mismo día de la rueda de prensa de Rajoy haciendo balance de la Legislatura y presentando la disyuntiva de él o el caos de cara a las elecciones generales; quizá se pretendía que pasase desapercibida la cacicada. En esta burla a los ciudadanos y de la que es responsable Rajoy, hay una cuestión que sorprende. Seguramente el Presidente de Gobierno quería pagarle su especial dedicación a hacer de villano contra la educación y la cultura. Ahora bien, no ha debido de resultarle fácil tomar la decisión y se ha debido de empeñar en ella porque, según parece, había fuertes resistencias en el PP. Algo lógico en unos momentos en los que hay bofetadas para recolocarse ante la previsible debacle electoral próxima y que tan gráficamente describió Rita Barberá el 24 de mayo.

Pero Rajoy hace como el amo que da una tajada a uno de sus animales salvajes de compañía entre el cabreo de los demás. Quiere aplicar la lógica del padrino que paga por el trabajo sucio realizado. Muy sucio, mucho trabajo y muy bien hecho, por eso tiene que estar bien pagado. Por eso, también, se le facilita a Wert el reencuentro con su pareja de afectos y fechorías, la señora Gomendio, que goza de otro cargo en la misma institución y por los mismos méritos. Y es que el amor en los tiempos del cólera tiene estas premuras que le llevaron a Wert a dimitir forzando una pequeña crisis de gobierno, de esas que no le gustan nada al presidente de gobierno. A pesar de ello ha sido generosamente premiado por Rajoy.

Wert ha sido el ministro más denostado de la historia reciente. Por eso ha recibido tantos desplantes. El último se lo ha perdido y lo voy a recoger aquí por si le llega este artículo a sus manos. Sucedió una vez más en la entrega de Premios Nacionales a estudiantes de Bachillerato. Varios de  los premiados fueron con las camisetas verdes, que, evidentemente, son mucho más que camisetas: son banderas. El que iba de traje y corbata –verde, también-, echó un discurso que no tiene desperdicio. Pablo Rubio, un estudiante de 18 años de un instituto público de Madrid, dijo: “Que los únicos tijeretazos los den los niños para hacer una lámina de Plástica”.Pidió: “una educación pública de calidad, de todos y para todos, que sea dotada de los recursos necesarios para su funcionamiento fluido, los que sean necesarios. Recursos que no son un gastos, sino una inversión”.

Defendió “una educación integradora e inclusiva, laica y que fomente la cultura”(…) ”El teatro, el cine, la música puede ayudarnos a interiorizar valores de respeto y civismo para erradicar lacras como la homofobia y el racismo”.

Apostó porque “es necesario e incluso urgente una educación que sea una cuestión de Estado”(…) ”llevamos demasiados años cambiando de una ley educativa a otra según el vaivén político de las urnas. Por favor, basta. Entre todos, sentémonos a hablar, pongámonos de acuerdo y desarrollemos un proyecto común para un pilar básico de nuestra sociedad”(…) ”Solo hacen falta buena voluntad, ilusión y confianza”. Acabó el discurso con una referencia a Nelson Mandela“La educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo”.

Este año Wert se ahorró el sofoco del rechazo de unos alumnos que no son solo excelentes en lo académico. Quizá por ello le entraron las prisas de quitarse de en medio e irse a París a un retiro dorado. Pero en su ausencia, y en la del nuevo ministro de educación, volvieron a resonar los lemas de la Marea Verde como una reivindicación y un canto a la educación pública, la base para un futuro mejor. Mientras se consigue, a Wert le pasará como a aquel personaje de Jorge Luis Borges “que llevaba escrita en la cara la infamia…”. Por eso se tiene que ir lejos y fuera, porque a pesar de los cargos no es envidiable sufrir el desprecio infinito de la comunidad educativa y de muchos ciudadanos. Rajoy debería haberle hecho un monumento a la incompetencia en vez de regalarle una canonjía con el dinero de todos.

viernes, 29 de mayo de 2015

"El trabajo por una buena educación para todos no ha terminado: no tiene fin" (Manuel Menor)

 Manuel Menor nos envía su último artículo


El trabajo por una buena educación para todos no ha terminado: no tiene fin
Tampoco terminará en noviembre, en caso de que caiga el partido que ha impuesto la LOMCE. Siempre habrá mucho qué hacer y hay que hacerlo.

Las elecciones del 24 de mayo han traído consigo la imprescindible necesidad de dialogar y entenderse entre varios grupos o plataformas políticas, hastiados como estaban muchos electores del monólogo exclusivo de quienes legislaron y decidieron usando el BOE y los Boletines de las Comunidades autónomas como si fuesen de su propiedad. Y con ellos, los recursos presupuestarios, como si de su patrimonio particular se tratara. La crisis económica –al margen de quienes la provocaron- les había facilitado unas formas de gobierno que, en muchas ocasiones, hicieron revivir tiempos muy pasados, por la forma de recortar prestaciones del Estado, reducir libertades públicas y decidir respecto al mundo laboral como si los más necesitados y los de mediano pasar les importaran un bledo, y sólo merecieran su atención los estratos con mayor disponibilidad de recursos. Merece la pena, al respecto, leer despacio un reciente informe de CCOO, Los efectos de la crisis en los salarios, en que la desigualdad no mencionada en el presunto “crecimiento” que tanto se publicita es el centro de atención. Además de que siga habiendo 5.450.000 parados, pobreza y trabajo han dejado de ser antitéticos en España: ya hay 2,1 millones de  trabajadores –un 11,7% del total- que viven por debajo del umbral de la pobreza, una tasa que entre los autónomos y falsos autónomos asciende al 21,7%. Es decir, que pese a la propaganda de Rajoy y sus colegas doctrinarios, ahora se trabaja más que antes por bastante menos de lo que se cobraba por hacerlo, todo un ideal de vida para quienes lo ven de lejos.

Los dispares resultados de estas elecciones, con actores nuevos en la escena política, nos brindan la oportunidad de dar nueva vida a los Ayuntamientos y Comunidades a base de pactos y consensos en que el centro de atención sean las necesidades de todos los ciudadanos y cómo encontrarles algún remedio. Para lo cual será imprescindible que abandonen la corrupción interesada, que renueven la atención al bien común y fortalezcan las imprescindibles ganas de sentirse en igualdad con la ciudadanía. La inercia de la soberbia y el creerse en posesión de la verdad, inspirada por la divinidad, ha desarrollado ampliamente en los votantes síntomas de alergia en esta legislatura pasada. Bueno será, por tanto, que de cara al futuro que ahora empieza, los nuevos políticos se acostumbren, ante todo, a sumar sensibilidades y a escuchar, también a los que piensen diferente. Sería un desatino grave que, después de lo sucedido en las urnas el pasado domingo, los más débiles siguieran sintiéndose fuera de juego, cada vez más indefensos y débiles frente a la crueldad de ser humillados por amos insensibles y cínicos. Como lo sería igualmente que los medios se portaran con similar actitud, jaleando servilmente a cuantos hacen gala de actitudes de dominio, tramposas e irritantes como las que exhibe el protagonista principal de Número cero, la última novela de Umberto Eco.

 Que a efectos del escrutinio de las elecciones  no suela tenerse en cuenta el número de abstenciones, votos en blanco y votos nulos, no debiera hacerles olvidar, de entrada, que hay un amplio conjunto de ciudadanos en esa tesitura: sumados, representarían una relevante plataforma política, más amplia que la de muchos elegidos. Vean, por ejemplo, lo sucedido en las municipales valencianas, donde las abstenciones han supuesto un 29,89%, los votos en blanco un 1,34% y los nulos un 1,53%; es decir, que sólo ha votado un 70,11%. En Galicia, otro ejemplo, los datos son peores, pues, con una participación válida de tan sólo un 66,02%, las abstenciones han alcanzado un 33,98%, los votos en blanco un 1,79 y los nulos un 1,87%. Y en Madrid, en  cambio, los votos válidos escrutados han sido del 68,39% del censo electoral. Estos datos, genéricamente admisibles para otros territorios y demarcaciones, indican que existe un conjunto poblacional al que la participación electoral, incluso ahora, le ha resultado costosa o, cuando menos, indiferente y tal vez inútil, lo que debiera llevarnos a no incidir tanto en que el 24 de mayo haya sido una “fiesta de la democracia”, pues hay una extensa zona oscura de nuestra convivencia en que no se ha notado demasiado. ¿Le importa a alguien que en muchos ayuntamientos, sobre todo, rurales, las predilecciones del voto sigan idénticas al las del inicio de la Transición? ¿Nos dice algo que extensas zonas urbanas y siempre las mismas, de barrios marginales, marginados y pobres, sean desde siempre prácticamente abstencionistas?

Para empezar bien la andadura de cambios que los resultados electorales últimos propician, tampoco estaría de más preguntarnos por los elementos carenciales que subyacen a  tales comportamientos. Hasta qué punto tengan relación, por ejemplo, con los indicadores de lectura, con los de disponibilidad y uso de las TIC o de los canales de TV para informarse, con los de consumo cultural y niveles educativos y, por supuesto, con los modelos de “crecimiento” y niveles de renta disponible… Todos éstos son vasos comunicantes, y no pocas de las denotaciones de calidad democrática que tengamos a bien considerar son fruto de largos años de simbiosis individual con las posibilidades de acceso  a tales dotaciones en nuestro común espacio de convivencia. Asunto éste del que son responsables en buena medida nuestros representantes políticos según distintos niveles de competencias. De ellos dependen muchas de las tramas con que se teje lo público. Y para esto les hemos elegido: para que las construyan de modo socialmente equitativo en la redistribución social.

Mal síntoma es que el partido más votado pero que más votos ha perdido haya reaccionado ante los resultados de estas elecciones diciendo que lo suyo había sido un problema de comunicación. Es decir, que seguirán igual  y no van a cambiar nada porque lo que manda es la fidelidad a lo que su líder les vaya diciendo. Un autismo que algunos ya empiezan a desechar practicando la salida giratoria. Wert y Gomendio ya parecen haber encontrado acomodo en el seno de la OCDE y puede que  muy pronto veamos otras desbandadas antes de que lleguen las elecciones generales. Pero mientras atisbamos cómo los responsables máximos de la LOMCE siguen el incierto periplo reformista de su ley desde Paris, quienes aquí hayan logrado constituir mayorías estables para el gobierno de las Comunidades autónomas y los Ayuntamientos deberán ir viendo cómo desmontar -lo antes posible si no quieren perder pronto credibilidad- sus ingredientes más discriminatorios y creadores de desigualdad. Si los recién electos no olvidan que han prometido estar cerca de la gente común, es el momento de instaurar una metodología seriamente dialogante sobre los problemas reales a resolver y de acordar lo que corresponda para hacer más duradero un sistema educativo plenamente democrático, no excluyente y atento a la diversidad real de la población, particularmente a la de los más pauperizados por la crisis.

No debiera ser, en todo caso, un momento para cavar nuevas trincheras, sino para seducirnos unos a otros, como ha recordado Manuela Carmena. Porque queda por ver cuánto tiempo dura esta leve bonanza sin que vuelvan a sonar urgentes y expeditivos los mismos argumentos que llevaron a la LOMCE. Ese tipo de razonamientos excluyentes, contrarios a una educación de todos y para todos, aunque no tengan valor científico alguno están incrustados en la opinión de muchos votantes –incluidos no pocos profesores y maestros-, contrarios a una sociedad más compasiva y humanitaria, especialmente cuando las circunstancias económicas son más críticas. En situaciones de este carácter –y siempre hay alguna a mano- suelen reaparecer siempre los misioneros de un competitivo aristocratismo excluyente. Difícil de borrar, pues siempre hay ofendidos dispuestos a secundar directrices discriminatorias con pretextos de cualquier tipo: en la campaña electoral madrileña, que acaba de terminar, bien se pudo oír alguna voz de estas en nombre del turismo.

Esta línea expansiva de la atención social debería impregnar especialmente la formación de profesores y maestros, de que serán responsables en buena medida los nuevos Consejeros de Educación que surjan de los gobiernos autonómicos en período de constitución.  De entrada, muy buena medida provisional sería que paralizaran la serie de pruebas externas que en este momento acaban de hacerse (a los alumnos y alumnas de 3º y 6º de Primaria), incluida también la que ya se acaba de hacer para el Informe PISA correspondiente a este año. Como ha reiterado Julio Carabaña, son inútiles para la mejora de la educación escolar. Sólo están sirviendo como pretexto para empeorarla, especialmente en su versión de escuela pública. Primero, porque se usan para clasificar centros, alumnos y profesores con mal estilo y peores consecuencias prácticas para todos en el sistema. Y segundo -pero muy principal-, porque esta idea de clasificar a la gente linealmente, por una supuesta capacidad diferencial de la inteligencia, innata e inalterable en el transcurso del desarrollo fisiológico y de la interactividad con el medio cultural, además de basarse en una falsedad científica, es xenófoba de raíz e interesada en la defensa de los privilegiados. Lo demostró Stephen Jay Gould ya en los ochenta, en un muy documentado libro que todavía debiera ser de obligada lectura para quienes se dedican a la educación de algún modo: La falsa medida del hombre (Crítica, 2011).

Buena parte de las necesidades de todo tipo que percibimos socialmente son advertibles desde la educación infantil. Si los nuevos gestores de las políticas educativas quieren una sociedad más armónica y menos desigual, van a tener ocasión sobrada de pelear  por una escuela  más justa e integradora, menos homogeneizadora en el trato y más atenta a las múltiples diversidades del alumnado que las frecuenta. Empiecen por observar con otros ojos la realidad escolar y qué se hace en los centros educativos con quienes asisten a ellos. No sea que, en aras de una eficiencia economicista, reclamada desde no se sabe qué instancias, vayan a seguir fomentando diagnósticos gravemente reduccionistas como el de uno de los padres de los test de Coeficiente Intelectual, H. Goddard, quien, ante un selecto auditorio de la Universidad de Princeton en 1919, sostuvo: “El hecho es que los obreros tienen probablemente una inteligencia de 10 años mientras que vosotros tenéis una de 20. Pedir para ellos un hogar como el que poseéis vosotros es tan absurdo como lo sería exigir una beca de posgrado para cada obrero. ¿Cómo pensar en la igualdad social si la capacidad mental presenta una variación tan amplia?” (Gould, pg. 244). Y Goddard -con una terminología de resonancias muy cercanas- añadió impertérrito: “La democracia significa que el pueblo gobierna seleccionando a los más sabios, los más inteligentes y los más humanos, para que éstos les digan qué deben hacer para ser felices. La democracia es, pues, un método para llegar a una aristocracia realmente benévola”.

Son muchos los ciudadanos expectantes ante los cuidados que los recién electos vayan a dispensar a los servicios sociales y, en particular, a un sistema educativo sensiblemente mejor que el que se ha querido imponer con la LOMCE.  No cae duda de que la defensa de una escuela pública de calidad para todos -un buen sistema educativo, equitativo y accesible a todos los ciudadanos-, es un trabajo que no tiene fin. Pero también han de contar con que la paciencia de quienes lamentan el tiempo perdido es limitada: ¡manos, pues, a la obra cuanto antes!



Manuel Menor Currás
Madrid, 26/05/2015






sábado, 7 de marzo de 2015

"En esta Universidad, tres más dos no es lo mismo que cuatro más uno" (Manuel Menor)

Reproducimos un nuevo artículo de Manuel Menor:


Wert acelera y confunde cantidad con calidad. Con un recorte adicional de mil millones, su reforma ni beneficia a la Universidad ni a la mayoría de las familias.

Ángel Gabilondo dijo en Valencia, el pasado día 28, que le gustaba “más un sistema que no impida, por razones económicas y sociales, que alguien pueda completar sus estudios”. Candidato a presidir la Comunidad de Madrid, aprovechaba para defender la educación pública y añadir que una mayor equidad de ésta pasaba por su gratuidad desde los dos años. Estamos en período electoral de larga duración y los anhelos prometedores han de tomarse con cautela, aunque en el caso del catedrático de la Autónoma vienen precedidos de apertura a los consensos.

La ampliación por abajo de la gratuidad del sistema es preocupación de muchos expertos desde hace bastantes años y, a todas luces, una de las medidas más democratizadoras. Comprobada está su rentabilidad sociocultural: la posibilidad de  desarrollar las competencias lingüísticas y de socialización es sensiblemente más alta con esa experiencia temprana. Todo pasa, desde luego, por entender que la Infantil es etapa educativa y no meramente asistencial, como a menudo suele verse en las llamadas “guarderías” en sus variadas versiones de aparcamiento de críos, sucedáneo barato de la “conciliación familiar”. Desde los años ochenta, tenemos muy buenos especialistas en “Educación Infantil”.  Sus informes, demandas y buenas prácticas –a menudo desatendidas por las Administraciones- resaltan siempre el avance cualitativo  que supondría para el sistema educativo español una implementación adecuada de esta fase de gratuidad, que muchos prefieren de cero a seis años.

Ya son más las voces de candidatos a las próximas elecciones que, de uno u otro modo, reivindican esa ampliación. Pero ha sido también muy atractivo oír de nuevo en público a alguien con probabilidad de influir en las políticas educativas, pronunciándose por un “sistema que no impida, por razones económicas y sociales, que alguien pueda completar estudios”. En estos años pasados, en la práctica se había estado viendo lo contrario. En los oídos tenemos, bien reciente todavía, a la Sra. Gomendio explicando la “insostenibilidad” del sistema universitario español y que, en razón de ello, su acceso debería quedar a merced de la aleatoria disponibilidad económica de los candidatos. Razón por la cual la secretaria de Estado  no ha tardado mucho en recibir réplicas de todo tipo –incluida una huelga y la convocatoria de otra más consistente para el 24 de marzo próximo- por parte de quienes sufren su arbitrismo ordenancista. Además de limitar el acceso a la Universidad con el incremento de las tasas y la reducción de la cuantía de las becas, han recortado sus presupuestos y las contrataciones de profesorado drásticamente: lo advertía hace poco  CCOO en su Informe sobre la evolución de los presupuestos de las universidades, 2010-2014. Sólo en Madrid, se han perdido 1243 profesores en estos tres años, el presupuesto ha caído  249 millones y ya la mitad de la plantilla residual tiene más de 50 años cuando sólo ha sido repuesto el 10% de los jubilados. Su peculiar cuidado del sistema universitario público le ha infligido un grave deterioro -con derivaciones todavía difíciles de precisar- a su calidad y, en este momento de concesiones “sociales” electoralistas,  han acelerado más su reforma.

Lo más oído en esta legislatura

El común de los ciudadanos sigue teniendo que soportar un adusto y desagradable trato de los asuntos educativos por parte de sus responsables, muy alejado de lo que acaba de decir Gabilondo. Después de la tan controvertida LOMCE, la preferente atención a la Universidad ha vuelto a expresar una decidida inclinación hacia el elitismo. De este cariz es un conjunto de medidas últimas, bien acogidas por muy pocos, que tratan de hacer tragar a todos por Decreto -a toda prisa y en el tramo final de la legislatura- un modelo muy distinto del que ha habido hasta ahora y que implica una reforma profunda. Se flexibiliza con él –de modo más o menos voluntario, de momento- que los estudios de grado y postgrado cambien su estructura temporal. La todavía reciente organización adoptada en 2009 para cumplir las exigencias del EEES –comúnmente denominada “Plan Bolonia”-, se modificaría de nuevo, sin evaluación seria de lo que hayan dado de sí las innovaciones metodológicas propugnadas entonces, ni de la mejora que haya podido suponer que la formación abarcara 4 años de Grado más 1 de Máster especializado, estrictamente profesionalizador. Ahora, se podría optar por una distribución distinta, disminuyendo el Grado a 3 años y aumentando el Máster a 2. La propuesta, aparentemente inocua, además de dejar intactos los principales problemas universitarios que deberían abordarse,  altera a fondo el funcionamiento general del sistema y, sobre todo, el gran valor que ha venido aportando la Universidad pública a la sociedad.

De las razones invocadas para esta propuesta precipitada de cambio, la más consistente es la del ahorro, pero en su sentido menos democrático. Es el Estado –y no las familias- quien se ahorraría con el 3+2 un año de subvención presupuestaria a la Universidad. La aportación familiar, en cambio, deberá crecer de manera elevada y para muchos imposible después de los incrementos ya habidos estos años. El motivo reside en que los créditos de los másteres son, como promedio, doblemente costosos que los de grado y, también, que, dada la precaria situación laboral por la que uno de cada dos jóvenes está en paro, son prácticamente obligados para tener expectativa de empleo. Por otra parte, no se ha de olvidar tampoco que desarrollar estas titulaciones de postgrado, especialmente las más adaptadas a perfiles laborales muy específicos, ha sido más fácil para entidades privadas. Y su cantidad ha crecido de manera desorbitada y sin más evaluación exterior disponible que la del boca a boca en un libérrimo mercado como el que  puede verse estos días en la 22ª edición de Aula. De todo lo cual cabe deducir que este Decreto ha venido a incrementar el hambre en casa del pobre, sin que por ningún lado aparezca -como no sea imponer de este modo otro recorte a la Universidad pública, que CCOO cifra en torno a los mil millones de euros-, sino una razón muy dudosamente convincente, pues no sólo disminuirá el número de alumnos que puedan desarrollar el currículum apropiado para tener éxito en la demanda de empleo, sino también -y drásticamente- el número de titulaciones y profesores universitarios viables.

Más censitarismo y menos igualdad de acceso

Con este Decreto llueve, pues, sobre mojado. Ni siquiera es leal decir que “el sistema 4+1 escogido por España es una rareza en el ámbito europeo”. Esto no pasa de media verdad, aparte de que  cada país ha de seguir soberanamente el modelo que mejor se adapte a su historia y características concretas, darle estabilidad y fortalecerlo como bien social que es. Meterse en este proceso de reforma cuando apenas se tienen datos fiables de cómo han ido estos seis años –con muy mediocres presupuestos, y sin que siquiera el plan Bolonia se haya implantado del todo- es indicio de poca seriedad y de que las razones verdaderas están, más bien, en esa perspectiva de elitismo antiigualitario del conocimiento, limitador del acceso a las profesiones subsiguientes. Algo muy parecido a lo que sucedía con el voto a mediados del siglo XIX, o con la larga espera que tuvieron que sufrir las mujeres, hasta la R.O. de 08/03/1910, para poder acceder sin trabas a las titulaciones universitarias. De proseguir con esta dinámica, el conjunto de sinrazones y medias verdades alegadas sólo contribuirá a empeorar las cosas: con tal precipitación y un pretexto tan fútil, los grados pronto serán equivalentes a los antiguos bachilleratos. Fijar, además, el horizonte primordial de los estudios universitarios en torno a la pura retórica de la empleabilidad e invocar en ese contexto la “movilidad y la internacionalización”, no pasa de epidérmica superficialidad que no toca ningún  verdadero problema de la Universidad española, en la que, además, la  movilidad realmente difícil que se va a provocar –al menos a corto plazo- será la de los estudiantes españoles  dentro de su propio país. Si de que salgan al exterior se trata, con nuestros más de 400.000 jóvenes migrantes ya existentes –entre ellos, muchos de los mejor preparados- ya habríamos cumplido sobradamente…

¡Bienvenido sea, pues, el nuevo aire que transpiran las recientes palabras de Gabilondo! En los meses que siguen, podrán oírse de manera similar, o más contundente todavía, otras de quienes aspiran a regenerar el panorama político y educativo. Que nadie “por razones económicas o sociales” quede fuera de las aspiraciones más altas del saber, es un buen horizonte para un necesario cambio de aires.



                                                                                                   Manuel Menor Currás

                                                                                                   Madrid, 02/03/2015

domingo, 28 de septiembre de 2014

"La soledad de Gallardón contrasta con la de Wert, que continúa sus reformas" (Manuel Menor)

Reproducimos este nuevo artículo del compañero Manuel Menor Currás


La suerte de Gallardón no tiene correspondencia en Educación. Wert y Gomendio prosiguen sus reformas para un 10% de la población: como la reforma fiscal.

De seguirse el mismo principio por el que el Sr. Gallardón ha sido apartado del Ministerio de Justicia –la soledad legislativa-, igual camino debieran seguir otros ministros y ministras a los que el consenso no les ha acompañado ni acompasa su gestión: también ellos han sido amenazados de provisionalidad en sus “mejoras” por la oposición y la ciudadanía. En realidad, es el Sr.Rajoy, responsable último del Gobierno, quien habría de  renunciar, toda vez que ha sabido sacar beneficios coyunturales en el plano dialéctico y en el más pragmático de la política cotidiana  de estos años respecto a los otros partidos parlamentarios, para adoptar ahora posiciones que, por razones puramente estratégicas de cara a las inminentes elecciones, parece conveniente silenciar ahora. De paso, sería muy recomendable que el Sr. Arriola, al parecer el verdadero artífice del cronograma de lo que deba ser o no el tempo político gubernamental y de lo que en cada momento sea más oportuno, nos enseñara su cambiante  bola de cristal.

Preguntarse a estas alturas, pues, sobre la posibilidad de un esfuerzo conjunto generoso y urgente para mejorar la calidad de la educativa,  no ilumina mucho qué esté pasando en este momento concreto. Lo que habría que cuestionar es por qué Wert y Gomendio continúan en Educación cuando sus actuaciones –especialmente las legislativas- han sido puestas en entredicho reiteradas veces por casi todas las fuerzas políticas y sindicales hasta el punto de que, en varias ocasiones, su ansiosa rapidez por dejarlo todo adaptado a unos determinados designios –sin diálogo con nadie- haya sido calificada como absolutamente provisional. Hoy, prácticamente todos cuantos han cifrado que una buena parte del consenso social debiera tener como eje principal el sistema educativo siguen pensando que este curso 2014-2015 seguirá siendo un año de grandes confrontaciones, no sólo por las actuaciones gubernamentales habidas hasta aquí, sino también por los amenazantes proyectos de decreto ahora en marcha, especialmente para la universidad publica. Todo indica que éste será un curso en que, por mucha soledad que tengan los actuales gestores de la educación española, nadie les impedirá que cumplan sus designios. Sin que se cuestione la legalidad de unas y otras decisiones, lo cierto es que este modo de proceder, a espaldas de la comunidad educativa, sólo acumula argumentos para la ilegitimidad.

Conste, además, que por ceñirnos a tiempos relativamente próximos –concretamente a la etapa de Ángel Gabilondo en el Ministerio-, no puede decirse que los 33 meses que duró no fueran de vocación por el consenso. Desde el mismo momento en que tomó posesión de su cargo, el 7 de abril de 2009, dijo que iba a trabajar por un “pacto social y político por la educación” –¡ojo, un pacto no sólo entre partidos!- y hay que decir que hubo muchos grupos que hicieron un gran esfuerzo en ese sentido. Entre ellos, por ejemplo, el Colectivo Lorenzo Luzuriaga, cuya reflexión pública quedó reflejada en 2010 en Mejorar la educación. Pacto de Estado y Escuela pública (Wolters Kluwer). Y también es verdad, además, que llegaron a estar dispuestos para firma 150 puntos concretos de acuerdo, como han testimoniado personas que participaron en las conversaciones. Esta misma semana lo corrobora el propio Gabilondo, al decir: “en otras circunstancias tal vez el acuerdo pudo haberse firmado”. Eran ya momentos en que las encuestas y las perspectivas de mayorías parlamentarias se imponían sobre lo que fuera o no conveniente: “Quienes veían esta perspectiva a su alcance adoptaron sus decisiones pensando que podrían hacer sus planes educativos más a su gusto si ganaban” (Ver: Escuela, nº 4032, 25/09/2015, pgs. 8-9).

Lo que nadie contaba por entonces es que la etapa inmediatamente protagonizada por José Ignacio Wert, desde el 22 de diciembre de 2011, fuera a ser tan bronca como ha venido siendo. Hasta el punto de haberse quedado prácticamente en soledad, como ha podido patentizarse en el último plenario del Consejo Escolar del Estado hace tan sólo dos días. Pese a lo cual, de momento al menos –y cuando ya su LOMCE ha sido puesta en marcha con todos las dificultades- ahí sigue, tratando de completar sus reformas de manera acelerada. La pertinacia que no sólo él sino muchos otros están protagonizando en unas y otras comunidades autónomas para llevar a cabo estos procesos reformistas, sería digna de mejor causa.  Es como si se hubiera desvanecido la veda a cuanto no redunde en reafirmación de una selección educativa y, de camino, de una privatización creciente de los servicios públicos de la educación. Ni las elecciones municipales ni las autonómicas o generales parece, de momento, que se vean como grandes obstáculos para no proseguir la senda emprendida. Basta ver cuáles son las previsiones de continuidad de congelación de los salarios públicos para 2015 –por más que vendan ahora la devolución de una parte de la paga extra de 2012- y que a los siete mil millones que llevan recortando a la enseñanza hayan de añadirse todavía otros cuatro mil que restan para el año venidero, hasta que lleguemos al 3,9 del PIB, más o menos a la altura en que se encontraba la educación española en 1987. A este paso, acabarán con lo poco que habíamos conseguido en estos años de la Transición, las prestaciones sociales se quedarán en nada, la gente sin posibles quedará más marginada y la mercantilización de los servicios irá in crescendo, como ya se está viendo con la propia privatización de la docencia. De un derecho social estamos pasando a que la educación –como otras prestaciones- sea considerada un bien: quien lo quiera que se lo pague. Las escaramuzas y confrontaciones proseguirán, por tanto, sin consenso adivinable a la vista: incluso hay una amenaza de huelga, aunque no todas las organizaciones la tengan clara.

La historia española, y no sólo la reciente, no es especialmente proclive al pacto educativo. Incluso en el de 1978, el artículo 27 de la Constitución –con sus diez subapartados- fue de los más duros de lograr y no precisamente con una declaración clara y transparente.  No es difícil rastrear en el pasado esta dudosa compulsión de un amplio sector de la opinión a mantenerse aparte en los asuntos educativos, como cabe averiguar desde la aprobación de las leyes principales por las que nos hemos regido desde los 90. Se puede ver, por ejemplo, en la secuencia documental que Mariano Galán dejó escrita a propósito de la LODE, a modo de “intrahistoria de esta ley”. O, algo más tarde, en lo acontecido con la votación de la LOGSE (Ver; elpais.com/diario/1990/06/29/sociedad/646610404_850215.html). Y también se puede ir más atrás: las manifestaciones, huelgas y demás movimientos estudiantiles tienen entre nosotros un alargado recorrido. Lo de la “alternativa democrática” no tuvo desperdicio y, ya en los ochenta –en años de la UCD, de Otero Navas en Educación y de Seara en Universidades-, los estudiantes se movilizaban contra las “altas tasas de matrícula universitaria”, “elevación de las tasas académicas para ingreso en la Universidad”, “subvención de los centros privados, en detrimento de los estatales”, “supresión de la convocatoria de septiembre”, “nuevos presupuestos que afectarán al material a utilizar y a los sueldos de los profesores” o, entre otras menudencias, al “nombramiento del director del centro por la Administración” (En: Unidad y Lucha, nº 21, enero 1980, pg. 5). Todavía se puede ir más atrás, pues las menciones explícitas hacia el abandono, la desidia y el sostenimiento de un statu quo escolar absolutamente esquivo a la gente corriente son abrumadoras. Un dislate diferenciador prácticamente desde antes de la Ley Moyano (1857), que el peculiar reformismo de Concepción Arenal enfatizaba en uno de sus libros primeros -recopilado a cuenta de varios artículos de prensa hacia 1880- acerca de lo que una educación extendida a toda la población requeriría: “… solamente diré que la dificultad es más intelectual que pecuniaria, y que si se tuviera la verdadera instrucción como una necesidad, se hallarían medios para proveer a ella.  ¿Cómo se hallan siempre para hacer la guerra?” (En: Cartas a un señor, Bilbao, Editorial Vizcaína, pg. 198).

Esta tradición de dejación, unida a un atraso crónico respecto a otros países, más la fácil delegación de estos asuntos públicos en instancias nada democráticas o, ahora mismo, en agencias externas a la ciudadanía –como puedan ser PISA u otras modalidades- cuyos intereses últimos se nos escapan, está haciendo que este ámbito de la educación sea uno de los pocos en que nuestra sociedad actual puede alardear de mantener profundas diferencias conceptuales independientemente de que tengan o no consistencia científica. La presunta calidad diferencial de unas u otras maneras y procesos, no es obstáculo, sin embargo, para sostener la bonancible necesidad de que en un futuro más o menos próximo -si queremos avanzar seriamente hacia una enseñanza que se proponga una calidad consistente y sostenible-, no se haya de retomar en algún momento la vía del diálogo. Pero ese es el problema al mismo tiempo. Ponerse de acuerdo en el conjunto de aspectos primordiales que inciden sobre las cuestiones educativas: qué sea la educación, para qué y para quiénes –incluidos los excluidos –entre los cuales el diferencial de resultados, por deficiente atención del sistema, se triplica-; los recursos que ponemos en escena y cómo los repartimos; los momentos cruciales de atención que configuramos; quiénes y de qué modo tienen responsabilidad en esto, cómo se establece el rendimiento de cuentas del sistema… Cuanto más se penetra en estas interioridades –y se aleja uno de la mera superficie de lo que es una buena o mala educación-, más dificultades se encuentran para llegar a acuerdos prolongados, que por otra parte, son imprescindibles: hablamos de un derecho que, al mismo tiempo, es la base de una mejor convivencia de futuro y centro de su mejor capacidad modernizadora.

En este momento, como hipótesis de futuro, estaría muy bien llegar a acuerdos y que, a ser posible, fuera cuanto antes: a veces, llegar tarde es como no llegar. En varios partidos parecen abogar por algo  similar a un acuerdo en este terreno, pero no será fácil, pues a un déficit serio de pérdidas acumuladas en este tiempo ha de añadirse que hoy ya no caben atajos tramposos ni decisiones de los muy notables: desde mayo de 2010, ya no estamos en la época de las aceptaciones fáciles, sino en la de desafección y desafío a cuanto se considere un agravio ilegítimo. Nadie nos privará de que tengamos que preocuparnos, pues, por una transformación a fondo de las herencias recibidas. Sería ingenuo admitir como válido un acuerdo de sabios o de expertos en que, por ejemplo, se diera por sentada una mera eficiencia económica, en que lo que se ha de saber se puede prescribir estandarizado y por competencias sólo útiles al empresariado; que la privacidad garantiza la igualdad; que el coste y la demanda educativas se equilibran; que contribuya a precarizar el empleo o, también, que deban ser los presupuestos del Estado los que carguen con todo el peso de la inversión educativa, privada o pública.  ¿Cómo superar la pobreza y la desigualdad en educación? ¿Cómo hacer que ésta sea una labor social meritoria? ¿Cómo lograr un sistema estable y progresivamente mejor para todos los ciudadanos?...

Todo presagia, por tanto, que no será posible a corto plazo, un acuerdo de mínimos en este terreno, salvo que los estrategas del PP vieran que entraba muy en riesgo su posición demoscópica. Pero también parece constatarse que este asunto de la educación –con todas sus implicaciones- no tiene el mismo tirón que el del aborto. Wert lo dejó entrever en vísperas de acceso a su cargo actual, en una de las conferencias de verano en FAES y conste, además, que no entra en ningún programa de “regeneración democrática” de los que se pregonan. Pesa en exceso, todavía, una despreocupada percepción diferencial al respecto, como si la riqueza educativa fuese todavía cuestión de familia y, por tanto, las maneras y presupuestos que hayan de pautarla pudieran seguir con un trato desigual, asentado en inveteradas tradiciones. Todo parece indicar –esperemos que no a largo plazo- que quienes en estos años de lucha han aupado los asuntos educativos a problema social relevante, no alcanzan todavía la masa crítica suficiente. En buena medida seguimos en  lo que sentenciaba Concepción Arenal hace 134  años, acerca de la miseria en que pudiera incurrir la enseñanza y sus medios: “la opinión se hace cargo de que enseñando no se gana para comer y vestir; lo que no ha comprendido aún son las consecuencias de que así suceda, y de cuán caras paga las economías del presupuesto de instrucción pública” (ibídem, pg. 269). De haber cambiado las cosas, no sería posible la duda que, ahora mismo,  planteaba un análisis de Baliñas en este mismo periódico el pasado día 20, “¿Gobiernan el presidente Rajoy y sus ministros para el 10% de los españoles?”  (Ver: http://www.mundiario.com/articulo/a-fondo/gobierna-presidente-rajoy-y-ministros-10-esp).




                                                                                  Manuel Menor Currás
                                                                                  Madrid, 26/09/2014


lunes, 22 de septiembre de 2014

Grietas en la inauguración oficial del curso 2014-15 en Pereiro de Aguiar (Manuel Menor Currás)

Reproducimos el artículo del compañero Manuel Menor:

Que no es un curso normal el que acaban de inaugurar los reyes en Ourense, es perceptible en la secuencia contextual de la ceremonia el pasado día dieciséis.

La escuela elegida. Puestos a escoger una escuela rural –el guiño particular que se quería destacar-, la del Ayuntamiento de Pereiro de Aguiar, con 21 profesores, seis grupos de Primaria y tres de Infantil excede mucho la media de las existentes en el rural gallego (Ver: http://www.laregion.es/articulo/ourense/felipe-vi-inaugura-curso-escolar/20140916125911492916.html ). La comarca en que se asienta este C.E.I.P. es más bien una zona periurbana y tiene todos los ingredientes  que la inmediatez de la capital provincial, a 7 kms., ha ido generando con altibajos entre los años del “desarrollo” y los del auge del ladrillo: segundas residencias de muchos profesionales avecindados, que se han agregado a las de los naturales de las 13 parroquias  originales, varias residencias geriátricas, algunos colegios privados, tres o cuatro miniurbanizaciones del momento previo a la crisis actual y, también, un polígono industrial con dos o tres empresas de éxito en el sector textil y otras de servicios. El sector agrícola, como ya comentaba en 2010 el equipo editorial de Ir Indo, “es una actividad escasamente representativa” (Galicia en Comarcas: Ourense, pg. 125). Ni siquiera desde lo demográfico –uno de los ingredientes más duramente expresivos del rural español o del gallego y muy especialmente el orensano-, puede decirse que esta zona siga la pauta. Esta provincia, que tenía en enero de 2013 un censo de 325.389 habitantes, había disminuido en igual fecha de 2014 hasta 321.837  siguiendo una tendencia que viene ya de bastante más atrás. Sin embargo, la de este ayuntamiento es contraria: el padrón municipal de 2013 registró 6326 residentes -que en electores, de las Generales de 2011, fueron 5253-, mientras en 2010 censó 6134 vecinos (http://www.ine.es/jaxiT3/Tabla.htm?t=142&L=0). Aunque la pirámide de edades muestra un fuerte descenso de nacimientos en los últimos 30 años, la particular situación de esta área al este de la capital orensana ha facilitado que tenga una leve contención respecto a la depresión demográfica de la provincia, la más baja de España junto a Zamora y Lugo. La repercusión de todo ello en la escuela en que ha tenido lugar la ceremonia inaugural del curso 2014-2015 no hace de ella, pues,  que sea representativa del mundo rural. El CEIP de Pereiro vendría a ser, más bien, muy similar a cualquier otro de un acomodado barrio urbano. Otras escuelas públicas  hay –entre los otros 92 municipios orensanos-, y bien cerca igualmente de la ciudad en algunos casos,  que no alcanzan el número de niños indispensable para permanecer abiertas, si no lo tienen con dificultad.

La denominación del centro escolar. Los reyes, no obstante, habrán notado alguna diferencia respecto al colegio a donde llevan a sus hijas: siempre un centro público las tiene. Y puede que sus asesores les hayan informado sobre el titular que da nombre a este, Ben-Cho-Sey, para quien el homenaje implícito de la presencia regia en un colegio que llevara su nombre, probablemente le hubiera causado alguna sonrisa. El humorado seudónimo lo había adoptado Xosé Ramón Fernández Oxea (Ourense 1896, Madrid 1988) para escribir sus crónicas periodísticas desde Marruecos después del desastre de Annual en 1921, al estilo del Ben-Beley de las Cartas Marruecas, la obra póstuma de José Cadalso (en 1789).   Preocupado por la modernización educativa, viajó a distintos países de Europa para entender mejor las corrientes metodológicas existentes en nuestro entorno, estudió en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid y llegaría a ser inspector de enseñanza. Por otro lado, sus preocupaciones por un mejor conocimiento de Galicia le habían adscrito al Seminario de Estudios Gallegos y le acabarían llevando a la Real Academia Gallega. Fruto de todo ello fueron algunos trabajos de investigación relativos al barroco gallego y, sobre todo, a las características de su tierra -justo en el área de Pereiro-, entre los que destacan algunos libros sobre cuentos populares, el carnaval gallego o el estudio de la lengua de los afiladores (el barallete) y, sobre todo, una extraordinaria investigación pluridisciplinar -en colaboración con otros miembros del grupo Nos: Risco, López Cuevillas, Taboada Chivite- sobre Santa Marta de Moreiras: Monografía dunha parroquia ourensá (1925-1935), que todavía hoy es modélica y sirve de referencia a etnógrafos y antropólogos.  Pero además, también la política se cruzó en su camino: fue presidente del Partido Galeguista, lo que motivaría que, en agosto de 1936, fuera uno de los primeros maestros represaliados y sometidos a depuración. Desterrado en Extremadura, ya pasaría casi todo el resto de su vida en Madrid, donde siguió trabajando intensamente por Galicia. Su epitafio en el cementerio orensano de San Francisco no deja lugar a dudas: “Quedan suprimidas tódalas homenaxes postmortem, porque as cousas ou se fan ao seu tempo ou non se fan”.

El texto leído por el rey -y más en el contexto de otros como el de Wert, a quien obligaba también la ceremonia-, apenas sobresalió de lo protocolario y convencional que, en situaciones institucionales de este carácter, podría pronunciar. Las tres o cuatro ideas fuerza que presiden la actuación del Ministerio de Educación actual  son las que han encontrado voz explícita en la voz de Felipe VI: a) “una educación de calidad”, que había que “aumentar urgentemente”; b) que la Formación Profesional –al parecer, laudatoriamente escogida por los alumnos más que nunca-, “es pieza  clave en el imprescindible proceso de mejora y actualización de la educación en España”; y c) que, dados los problemas del fracaso escolar y la empleabilidad que tenemos, es preciso adaptar “la oferta educativa y la demanda de la economía” (Ver: http://www.teinteresa.es/espana/DEBEMOS-URGENTEMENTE-AUMENTAR-CALIDAD-EDUCACION_0_1213079663.html).Visto el debate que en estos años pasados ha generado la insistencia casi exclusiva en tales núcleos operativos -a espaldas y en contraposición de otras muchas de gran valor para matizar la empobrecedora simplificación de significados y visto, además, que la puesta en marcha, por ejemplo, de la FP Básica es, como asegura un reciente comunicado de CEAPA, un “auténtico despropósito”-, la leve insinuación del discurso a un trabajo consensuado, igual que la referencia a que la de la educación era “la mejor inversión”, quedó muy amortiguada. Sin voces discrepantes de la oficial -cuando las otras voces del coro hablador en esta inauguración de curso fueron tan armónicas-, la compleja e inquietante realidad educativa española del momento, y en particular la de la educación pública, fue la gran ausente.

Las fotografías del acto abundan en la necesidad de deconstrucción que necesitan actos de este tipo, imprescindible ejercicio, por otra parte, para una vida democrática más exigente y más conectada a los problemas que los ciudadanos padecen: el funcionamiento institucional exige formas más depuradas. La prensa que cubrió el acto ha proporcionado varios grupos de fotografías muy elocuentes del momento y su contexto. Si se contraponen entre sí, se podrá apreciar que un amplio número de personas –unas doscientas- acudieron al acto a protestar por lo que entendían que era un mal comienzo de curso. Y también hay constancia de otra treintena retenida a dos kilómetros del lugar por no haber madrugado suficientemente para engrosar el número de discrepantes. Nada que ver con los sonrientes plácemes oficiales (https://www.facebook.com/pages/Familia-Real-Espa%C3%B1ola/123107454373173?fref=photo). El resultado de esta contraposición es similar al que hasta el pasado día siete mostraban en la Fundación Mapfre las fotografías de Cartier-Bresson. Su reportaje sobre la coronación de Jorge VI,  el 12 de mayo de 1937, se había centrado en la expectativa de la multitud agolpada en las calles de Londres y no en el  fasto brillante de la ceremonia casual: esa fue la noticia que  el  afamado ojo del fotógrafo francés quiso fijar  en su cámara, sin que quedara constancia explícita de la coyuntural ritualidad circundante (Ver: https://www.google.es/webhp?sourceid=chrome-instant&ion=1&espv=2&ie=UTF-8#q=Cartier-Bresson%3A%20Coronaci%C3%B3n).

La imagen resultante de los ambiguos resquicios icónicos y gestuales del pasado día dieciséis en Ourense es suficientemente inconexa y hasta contradictoria como para ser contemplada con satisfacción. Tal vez los únicos que pudieran tomarla como tal serían Wert y Gomendio, ampliamente sonrientes en el acto, al ver -se supone- que sus esfuerzos por “sostenella y no enmendalla” habían llegado a la culminación. Puede, también, que para algunos niños y sus padres asistentes al insólito acto en la chaira de Pereiro de Aguiar, les quede como “bonito recuerdo” de futuro. Pero para muchos otros ciudadanos, cuando el curso que se estaba inaugurando viene plagado de continuidad de recortes –no sólo en recursos, sino también en diálogo por una educación de todos y para todos-, éste sólo habrá sido un momento más en un camino  provisionalmente esquivo para el que -como habría hecho Fernández Oxea-, tendrán que armarse de ironía esperanzada. Leonard Cohen –premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011- ya cantaba para ellos en 1992 que “todo tiene una grieta y así entra la luz” (Anthem en: The Future).

                                                                                                         Manuel Menor Currás
                                                                                                                 Madrid. 20/09/2014