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sábado, 26 de abril de 2025
viernes, 17 de junio de 2022
El interés general (Manuel Menor)
El
interés general puede ser particular
El ser y no ser de esta guía de acción social y política es muy manipulable con pretextos variados; también lo son los medios para hacerlo.
Los debates electorales que han tenido lugar con motivo de las inminentes elecciones andaluzas obligan a quedarse con la muletilla del “interés general” que los candidatos todavía reiteran. Todos lo mencionan incesantes. Unos para revalidar que han gestionando bien el “bienestar” de la gente; los otros porque el suyo sí sería un pacto de gobierno leal, sin ocultaciones ni engaños. Pretender dilucidar con la información de estos desencuentros qué sea de verdad el “interés general” es admitir que “el interés general” es muy particular.
Mediatizaciones del interés general
Estas elecciones del próximo día 19 abren los primeros pasos del baile que se avecina con las generales. Es de suponer, pues, que, en lo que quede de legislatura oiremos hablar mucho del “interés general” en variadas versiones particulares; el gran aliado de cada participante será la capacidad mediática que tenga para estar en la competición. Procurará que sus mensajes no entren en los complejos análisis de los contextos geoestratégicos de dos asuntos que ya preparan el terreno. Controvertidos en sus causas, Ucrania y su guerra, y las relaciones de España con el Magreb, en el Norte de África, ya dan abundante munición para la beligerancia informativa desde su exégesis del “interés general”; los modos como afectan a nuestro bolsillo las consecuencias de estos asuntos, pondrán más en primer plano el precio de los garbanzos que, in illo tempore, interesaba a Manuel Fraga. Su adobo predilecto volverá a ser la “libertad” en versión neogalaica y tampoco faltará la inevitable “igualdad” de los ciudadanos, sobre todo la de quienes no tienen escapatoria. La “fraternidad”, el otro pie del eslogan de 1789, podría desviar el mensaje principal sobre el “interés general”.
Llevamos más de 20 años de advertencias sobre el cambio climático y, de momento, pese a que no soportamos la decena de los extraños 40º de temperatura de estos días, no hemos cambiado ningún hábito significativo; es de esperar que la creciente presión de estas dos circunstancias coyunturales, que darán mucho que hablar, ayuden poco a que nos enteremos a tiempo de qué sea el “interés general”. No se puede decir, sin embargo, que no tengamos abundantes relatos e información sobre estos asuntos de base; por cantidad no va a ser, desde hace más de cien días, circula abundante. Podemos estar recibiendo información de continuo, sin haber llegado a ningún conocimiento consistente; hasta puede que estemos llegando a desconfiar de que no hay garantía en lo mucho que nos cuentan, o que haya manipulación para que, sin saber, asintamos a las interpretaciones que proponen.
Metidos en tales elucubraciones, los más escépticos lamentarán no tener tiempo ni medios para alcanzar a
saber lo que no saben sobre multitud de historias y trayectorias que se cruzan
en asuntos relevantes para su estabilidad emocional. Sacarán a relucir que las falsas noticias e informaciones
tienen amplia circulación, sin que sea fácil delimitar qué sea verdad o
mentira, qué merezca compromiso y, si se tercia, también el voto. Es decir, que
en los meses que se avecinan se les va a poner difícil delimitar de modo fiable
qué sea “el interés general”. En su experiencia
democrática están, por demás, bastantes mosqueos que tampoco les ayudarán a
entenderlo. No les sirven personas con cargos ilustrísimos pero poco ejemplares
respecto a esa guía de conducta; y tampoco lo hacen decisiones y opiniones de
políticos relevantes –incluidos alcaldes y presidentes de Comunidad-, que pese
a su teórica proximidad al ciudadano, parecen de otra galaxia. Su inmersión en
los problemas reales es tan carencial que el idioma que hablan no vehicula su
pensamiento; la mediocridad de lo
que comunican, en las comparecencias
de sus omnipresentes atriles, quiere sumir a los oyentes en algún sopor virtual que suponen más efectivo
que los datos y los hechos.
Educar el pensamiento crítico
Esta efectividad a corto plazo, ruidosa en los medios y Redes sociales, que imponen especialmente cuando la realidad es problemática, es digna de ser tenida en cuenta, pues el relato que suele propiciar contamina a fondo el conocimiento acerca de lo que se juega en cada momento tras su modo de decir o hacer algo por “interés general”. Han logrado imponer, por ejemplo, que, donde esté su hipotéticamente valiente defensa de “la libertad a la madrileña”, los problemas que pueda traer a la convivencia de las calles no tengan carta de naturaleza, y que no existan los que solo quieren una libertad normal, sin adjetivos. Mientras entonan sonados alegatos contra currículos y libros de texto, por supuesta ideología contaminante, no hablan de la ignorancia que los más débiles han de sostener ante las violencias habidas y por haber para que su vida no merezca la pena. Cuando atienden al negocio de la red privada de centros y al privilegio de la selección social de su clientela, a la red de amigos que les sostiene el tinglado mediático no les importará que no se atienda a una ciudadanía que estará toda su vida a la que salte. Parece que a este tipo de políticos y asociados lo que más parece interesarles acerca del “interés general” es promocionar a los más capaces de vocear sus consignas, sin importarles que la ignorancia haga invivible este mundo a muchos.
Una enseñanza capaz de educar en el pensamiento crítico o la simple capacidad de expresar las necesidades ante lo que ocurre, no les interesa. “El interés general” es un asunto demasiado importante para que el común de los mortales se entere; mejor distraer con asuntos que hagan abundante ruido, que infantilicen o den a entender que es estúpido creer que los fraudes a la ética común tienen arreglo. Dicho de otro modo, que este es el caldo de cultivo en que cocinarán el mensaje apropiado para promover sus recetas salvadoras.
Todo lo que merece la pena requiere tiempo y paciencia para enterarse de qué va; pero también es posible que nos estén educando para que nos dejemos conmover por las sugestivas excitaciones que pregonan; la ignorancia es atrevida y puede hacer crecer los adeptos a las más rancias maneras de entender “el interés general”. Muchos adictos a estos sofismas tienen bien acreditado que la corrupción que puedan acarrear a la convivencia colectiva no les importa.
MMC (15.06.2022)
lunes, 30 de mayo de 2022
Trampas (Manuel Menor Currás)
Nos hacemos trampas
No es oro todo lo que reluce y, en lo tocante a la libertad, crecen los trampantojos de modales que, en realidad, son liberticidas
Es habitual que quienes juegan al solitario se hagan trampas a sí mismos, una pauta visible también en asuntos colectivos; raro es el día en que los modos de contar corruptos desatinos imponen versiones que afectan a todos. En ciertos aspectos sigue sucediendo lo de antaño. Cuando en 1952 empezó a publicarse un diario hoy desaparecido, El Caso, asesinatos, robos o fraudes siempre eran un “caso”; nunca tenían nada que ver con el orden establecido o impuesto. Vivíamos en el mejor de los mundos posibles y todo era culpa de alguien que había perdido la cabeza; nunca había causas estructurales, sino libertades desnortadas.
La liberación a construir
En aquellos sucedáneos de información era difícil “la libertad”. Cuando en los años sesenta empezó a sonar esa palabra, se asociaba a algo por construir; fue más bien como “liberación”, palabra que disimulaba los significados de La libertad guiando al pueblo (Delacroix: 1830). Antes y después de esta fecha ya eran multitud cuantos habían expuesto sus vidas en nombre de la libertad colectiva. Por entonces, en 1970, Paulo Freire -han pasado100 años desde que naciera en Sao Paulo- habló de “liberación” para referirse a cómo debía ser la alfabetización de adultos; su Pedagogía del oprimido trataba de un proceso activo de permanente “liberación”, con que crear sujetos que no fueran meros repetidores inconscientes de palabras huecas, sino que, conscientes de su realidad social, económica y política, pudieran liberarse de cuanto les impidiera desarrollarse con derechos y libertades personales. Esa mirada pedagógica, crítica consigo mismo y con el entorno, encerraba infinidad de parecidos con lo que querría ser la “Teología de la liberación” sobrepasando la dimensión religiosa estrictamente individual de la “salvación individual”. De su nula aceptación oficial por la jerarquía eclesial, Juan Pablo II dejó cumplido testimonio en 1983 en el aeropuerto de Managua; dos años antes, este Papa había intervenido la “libertad” en la fe y en la caridad que habían adoptado como directriz los jesuitas en 1974 para sus actividades sociales y educativas.
En todo hay matices pero, en general, en el mundo occidental actual no suele ser problemático hablar de libertad si la conversación se ciñe al plano individual. Todo es más sutil, y aparentemente sin violencia, en las limitaciones que se le imponen aunque se mencione. Ligada a determinados niveles de “transgresión”, hay ambientes en que queda genial dar por supuesto que todos podemos hacerlo todo, con plena libertad y sin depender de nadie ni de nada. La pedagogía de la publicidad y del marketing que nos invade difunde a todas horas que somos libres para tomar decisiones; si surge algún problema, la culpa –el otro dispositivo permanente al acecho- es exclusivamente de cada consumidor. Desde una cultura confesional en que se alternaba la libertad y la culpa entreveradas con con escrupulosas distinciones entre la atrición y la contrición, hemos pasado a una psicologización de nuestra libertad que lo alcanza todo. Por ejemplo, a la evaluación de la calidad educativa, en que los culpables de los “fracasos” son siempre los “malos alumnos”, un barato modo de atajar problemas, que no requiere esmero en lo que se deba hacer, sino solamente mantener las apariencias. Se confirma así, además, la teoría del liberalismo clásico de que la Naturaleza es sabia y los humanos deben dejar que sus desigualdades se prolonguen. Este darwinismo –que la educación puede acentuar- abre un campo prolífico a negocios inusitados para emprendedores que pongan parches en asuntos que, como la educación o la sanidad de todos, no se arreglan con inacabables reformas provisionales.
Marcos pedagógicos en promoción
Estos días, han abundado las lecciones de sofística pedagógica en torno a la libertad; asociando el lado feliz de esta palabra con abusos semánticos y ejemplos prácticos, la han convertido en embarcadero de la credulidad. Cuando hace unos días el nuevo líder del PP, en su intento de poner paz a un litigio de aristocracias internas, exaltaba la libertad que gracias a su actual presidenta tenía la Comunidad de Madrid, se apuntaba al uso que, sobre todo desde el 4-M2021, ha hecho de esta palabra su ultraliberal gobierno actual. De ser esta su intención, lo que a escala nacional parece querer desarrollar Feijóo es la acracia neoconservadora del sálvese quien pueda, y que el afán de lucro haga negocio con las desigualdades sociales. Es fácil, por tanto, observar el futuro de las escuelas y sanidad públicas. Si el producto que vende Feijóo es “libertad a la madrileña”, antes de que gane unas elecciones generales son previsibles los beneficios de la pedagogía que ya practica.
Bajo la libertad que vende la gama del conservadurismo de Don Alberto Núñez adquiere cada vez más fuerza la americanización de las formas liberticidas. Su cariz crecientemente agrio sigue teniendo, después de Casado, destacados beligerantes en sede parlamentaria. Es habitual en las formas de confrontación del Congreso de Diputados y, en la Asamblea de Madrid, la joven lideresa siempre se encrespa, crecida con quienes le susurran al oído gracietas diversas. Este agresivo modo de hacer como que se hace política va in crescendo; hace dos días, se ha sumado a esta tendencia trumpista un vicepresidente de la recién creada alianza de gobierno en la Comunidad de Castilla-León. En un alarde insultante a cuantos le hacían alguna pregunta en la nueva asamblea, dejó claro que, en adelante, las virtudes del liberticidio tienen rédito electoral.
Aunque sean tiempos de incertidumbre –y vuelva el miedo a la libertad democrática, que dijera Erich Fromm en 1941-, esperemos que estas trampas con la libertad que se están colando no nos lleven a tener como horizonte realizaciones como las que genera la Segunda Enmienda de la Constitución de EEUU. Esas masacres incesantes de los últimos 10 años, a razón de más de dos por semana, han vuelto a repetirse hace unas horas en Texas, con al menos 19 niños y dos profesores muertos. En todo caso, no es la libertad democrática lo que impide a los americanos erradicar la venta indiscriminada de armas, en cualquier supermercado, a quien acredite tener 18 años de edad. Es el libre mercado, que la Asociación Nacional del Rifle promueve desde 1871, quien controla que el Poder Legislativo dé sentido coherente a la libertad democrática. En EEUU, quien se presente a las elecciones, si se pone en contra de esta red clientelar, lo paga caro; si hace como no se entera, le ayudan en las elecciones, y le dan permiso para sollozar un poco en el luto de rigor ante inacabables “casos” como este ultimo de Texas. La libertad y las libertades tienen mucho quien quiera coartarlas, empezando por quienes hablan mucho de ellas; habrá que ampliar la presencia de la “pedagogía de la liberación” para discernir entre tanta polisemia equívoca quienes trabajan para que existan y se consoliden de verdad, sin hacer trampas.
MMC (Madrid, 25. 05.2022)
viernes, 4 de febrero de 2022
¿No puede ser de otra manera? (Manuel Menor)
El reconocimiento por parte de la Conferencia Episcopal de un error en las inmatriculaciones que han hecho desde 1998 se queda corto.
Desde los tiempos de Manuel Fraga, es decir desde la Ley 14/1966, de 18 de marzo de 1966 –con sus múltiples maneras de limitar la libertad de expresión- empezó a hacerse muletilla habitual de la supuesta normalidad en muchos asuntos, para no reconocer que la solución establecida era evidentemente corta. “-Como no puede ser de otra manera…”. casi siempre vino a querer decir que había sido más fácil dejarlo todo como estaba y dejarse ir con la rutina establecida.
Acuerdos
La reciente conversación, acuerdo o pacto entre el presidente del Gobierno y el de la Conferencia Episcopal, es de esos hechos mediáticos. Pero sus fotografías, subidas gráficamente a las redes sociales y difundidas en los medios convencionales, parecen destinadas a que le demos la vuelta a la reiterativa expresión de Fraga y preguntemos: ¿Es que no puede ser de otra manera? Y si no, ¿por qué no puede serlo? Esta es la cuestión que han dejado pendiente los dos jefes, en este momento, de dos instituciones principales. En lo que ha saltado a los medios, da la impresión de que, después del reconocimiento de un “error” –casi mil veces repetido- en la puesta a su nombre de propiedades que no le pertenecían, el asunto quedaba zanjado para la CEE, mientras el jefe de Gobierno se daba por enterado y estaba contento por la fluidez cooperadora entre ambas instituciones. En realidad, habría actuado como una especie de confesor laico decidido a no ser rigorista al haber advertido algún pesar en el penitente y se hubiera contentado con la devolución de unos bienes erróneamente puestos a nombre de la Iglesia. El gesto le daría fama e incluso puede que animara a algunos otros a pasar por su confesionario en la Moncloa.
Nada que objetar al respecto, salvo que esos bienes no son del presidente del Gobierno ni de su partido, quedan pendientes muchos otros y no hay información fiable de qué piense hacer al respecto como presidente y, por tanto, responsable de que este episodio tenga la consistencia que corresponde a un Estado democrático. En efecto, no basta con disculparse; la lesión del derecho de propiedad, la injuria in specie que conlleva la acción inmatriculadora indebida y la restitución propiamente tal no se saldan tan simplemente, al menos eso decía el libro de Teología Moral del P. Arregui in illo tempore, que no contradice el artículo 348 del Código de Derecho Civil. Por otra parte, la disculpa del “bien común”, a que se ha referido el presidente de la CEE, no pasa de excusa que llueve sobre mojado; las confesiones religiosas la ponen siempre por medio para justificar sus actividades. Adicionalmente, en el caso de la Iglesia Católica, en los muchos siglos que lleva en esto ha dejado abundante documentación –desde la ´poca constantiniana, sobre todo- de la que se puede tirar con facilidad para mostrar exactamente lo contrario y que, ante un posible conflicto de intereses (confusamente temporales y espirituales), no ha dudado en defender, preferentemente, su interés particular en el lado más temporal, aunque el pretexto narrativo que haya empleado más tarde haya sido el de su noble misión espiritual o, incluso, “martirial”. La Historia de Europa, y la de España en particular, tienen múltiples acontecimientos –dramáticos muchos de ellos- en que se puede ver esta confrontación del “bien común”. Muchos “cristianos de base” han sido testigos, a menudo, de estas predilecciones, sobre todo desde mediados de los años sesenta.
Presente-Pasado
La relación de la Iglesia con el “bien común” suscita múltiples interrogantes. Cuantos creyentes tienen años suficientes para haber vivido los años anteriores a 1975, saben cómo era de parcial y se movía hábilmente pro domo sua. Metidos en aclarar la relación que tuvo en aquellos años, la jerarquía católica tal vez debiera poner en conocimiento de los ciudadanos lo jugosos que fueron diversos pactos y Convenios con aquel Estado Nuevo en 1941 y 1948 –años de mucha hambre en este país, en que se hicieron con un gran patrimonio de seminarios y templos, entre otros bienes-, o cómo el Concordato de 1953 repitió otro de 1851 en el que, entre tranquilidades con las desamortizaciones que venía teniendo desde Carlos III , quedó en manos de la Iglesia la “libertad de enseñanza” y condicionó la que iba a ser la primera ley general de enseñanza de los españoles, la Ley Moyano de 1857. Más cerca en ese largo pasado, desde la Ley Hipotecaria de 1948 tuvieron tiempo de inmatricular a su nombre otros cerca de 100.000 bienes que no han entrado en esta lista del acuerdo de hace tres días. Queda pendiente, después de este gesto último, saber qué pasa con la Mezquita de Córdoba y otros bienes del Patrimonio cultural de todos –no reconocidos en ese “error” contable- , y si multitud de bienes que no son lugares de culto, por pertenecer a la Iglesia, seguirán sin pagar IBI.
En este territorio de un pasado que sigue vivo en este presente, en esta conversación amistosa nada parece que se haya hablado tampoco de los bienes que afectan al sistema educativo. En todos los años que abarca la presencia oficial del nacionalcatolicismo, las sucesivas leyes educativas desde 1938, 1945, 1953, 1957, 1965 o 1970, recrecieron su patrimonio escolar mediante continuadas subvenciones a sus colegios; el pretexto de “su función social” los libraba de impuestos y les facilitaba créditos de todo tipo. ¿Era por el “bien común” escolar? ¿Qué patrimonio escolar –y urbano- extrajeron las diversas asociaciones, instituciones y agrupaciones religiosas dependientes de la jurisdicción eclesiástica de toda esa amplísima normativa monotemática y, en algunos momentos casi monopolística? ¿Qué beneficio ha sacado con esa “función social” la enseñanza pública, la de todos?
¿Y el futuro?
Está muy bien que el presidente del Gobierno, “como no debe ser de otra manera”, se haya sentido a gusto en la sede de la CEE testimoniando unas “cordiales relaciones” con la Iglesia: nadie desea otra cosa. Pero debiera explicar con claridad la postura de su partido respecto a los Acuerdos con el Vaticano suscritos entre 1976 y 1979. Sin remitirnos a los cambios de postura que desde aquellas fechas ha sostenido, y sin mencionar cómo la LODE, la LOGSE y la LOE los han confirmado, o cómo aumentaron sus beneficios con Zapatero a través del IRPF, desde 2013 viene dando un recital de adaptaciones semánticas respecto a estos Acuerdos, incluso con la LOMLOE no se entiende el apoyo de miles de millones de euros anuales a esos colegios, concertados desde 1985, y a la presencia “fundamental” de la Religión en el sistema escolar. El “bien común” agradecería que la autoridad de un Gobierno -se dicente como mínimo socialdemócrata-, explicara por qué, en nombre de un supuesto “aconfesionalismo”, una confesión particular ha de nutrirse de los presupuestos de un Estado democrático, teniendo en cuenta que es habitual que su ética confesional discrepe de la de muchos ciudadanos, a los que limita su libertad de conciencia. Todo indica, por demás, que esta institución, al reconocer una “pillería” con estas inmatriculaciones “erróneas” no muestra propósito de la enmienda, como exige una verdadera contricción, ni tampoco el viejo principio romano: res clamat domino suo.
Manolo Menor
Madrid, 26.01.2022
martes, 14 de diciembre de 2021
Filosofía: una nota a pie de página (Santiago Alba Rico para ELDIARIO.ES)
Reproducimos este artículo de opinión publicado en ELDIARIO.ES
De la filosofía pueden decirse dos cosas. La primera es que su existencia es muy reciente: tiene apenas 2500 años. Cosas mucho más antiguas –los paisajes de nuestra infancia, el rinoceronte blanco, decenas de especies de helechos–han desaparecido y la humanidad ha sobrevivido. Si la filosofía quedase enteramente desplazada no solo de las escuelas, sino de la faz de la tierra –de su memoria común- seguiríamos estando vivos, quizás "iletrados y cerriles", como sostenía Platón en el Crátilo, pero sin ninguna conciencia de nuestra iletradez y nuestro cerrilismo. No pasaría nada porque no notaríamos nada. Al contrario de lo que pretendía Hegel, no hay ninguna relación entre realidad y racionalidad. No todo lo que ocurre es racional, no, pero sí, en cambio, es normal. Todo lo real –digamos– es normalísimo ¿El maná del cielo? Normal ¿Los bombardeos? Normales ¿La llegada del hombre a la luna? Normal ¿La llegada de los nazis al poder? Normal. ¿La desaparición del planeta tierra? Normal también. Vivir en la extrañeza perpetua, desprendidos de la realidad, sería imposible, desaconsejable y patológico, pero una normalidad sin costuras acabaría conduciéndonos al precipicio si nuestra vida no fuese rescatada de la rutina por algunos momentos inesperados de extrañeza salvífica, como a veces ocurre con la belleza y con el amor.
O lo diré de otra manera: vamos cediendo al abismo objetos cuya memoria desaparece inmediatamente de nuestra percepción. Para caer en la cuenta de las cosas que nos faltan, de las que hemos perdido, de las que nos han robado, sería necesario crearlas de nuevo. ¿Desaparecen las aves? En su lugar hay aviones ¿Desaparecen los ríos? En su lugar hay un centro comercial. ¿Desaparecen los tomates? En su lugar hay "tomates". Lo desaparecido, al desaparecer, empeora nuestra existencia, pero nuestra existencia está siempre llena de otras cosas y no notamos el empeoramiento. No echamos nada en falta. Cada época de la historia, digamos, es la época más completa de la historia. Hasta que una magdalena de Proust nos recuerda lo que hemos extraviado. Ahora bien, como su propia obra demuestra, una magdalena de Proust es un azar muy improbable en una vida humana. Tendríamos que crear de nuevo los árboles, reemplazados por cables y postes, para percatarnos de su necesidad; si los creáramos de nuevo, sin embargo, dejaríamos de notar inmediatamente la mejoría que introducen en nuestras vidas como no notamos el empeoramiento que causa su desaparición.
De ahí la necesidad de la filosofía. La única magdalena de Proust –fuente de extrañeza salvífica– que podemos introducir a voluntad en nuestra existencia común es la filosofía, que sirve para recordarnos las cosas que nos faltan, las que hemos perdido, las que nos han robado. Sin filosofía todo nos parecería igualmente normal. Si desapareciera la filosofía de nuestras escuelas –y, aún más, de la memoria de la tierra–, el color verde, el dolor de los demás, la belleza del amado y la enormidad del cielo estrellado dejarían de producirnos asombro; quedarían definitivamente absorbidos en la normalidad, que es, de algún modo, la inermidad total frente al poder. La dimensión filosófica del color, del dolor, del amor y de las estrellas quizás no precede sino que sucede al descubrimiento de la filosofía. No olvidemos, en cualquier caso, que todo empezó con un tipo llamado Tales que cayó a un pozo mientras contemplaba el cielo nocturno; y que de él sacó también Kant, muchos siglos después, la ley moral que reside en el alma de los humanos.
De la filosofía podemos decir, pues, que es joven y que podría desaparecer, junto a cosas mucho más antiguas, sin que ocurriese ninguna catástrofe inmediata, o sin que percibiésemos ningún cambio a nuestro alrededor, porque nos sirve –la filosofía– precisamente para que el mundo nos resulte benéficamente extraño y no solo destructivamente normal. Ahora bien, sobre la filosofía hay que añadir también un segundo dato inquietante: que es la única disciplina que no conoce ningún progreso. Podemos decir, no sé, que Pasteur demostró inequívocamente que la teoría de la generación espontánea –de Aristóteles a van Helmont– era errónea; y que, en términos cinéticos, la navegación a vela quedó superada por la máquina de vapor, superada a su vez por el motor de explosión. En el campo de la filosofía, sin embargo, no hay ningún progreso; los filósofos no se superan los unos a los otros. Sus obras, si se quiere, se acumulan y se citan sin negarse. Es verdad que Galileo dejó atrás el uso que la Iglesia hacía de la obra aristotélica para frenar la ciencia, pero Aristóteles, que hablaba de animales inexistentes, sigue estando tan vivo -o mucho más- que Sloterdijk o Zizek, por citar dos filósofos contemporáneos. Como sabemos, el filósofo inglés Whitehead escribió en una ocasión que "toda la historia de la filosofía occidental es una nota a pie de página de Platón". Puede parecer una provocación bravucona, pero en realidad con esta frase Whithead viene a decirnos que las grandes preguntas fueron formuladas hace 2500 años y que seguimos sin encontrarles respuesta. Al parecer, la única respuesta que se nos ocurre ahora es suprimir las preguntas de los currículos escolares.
¿Qué nos enseña la filosofía? Que los grandes problemas no tienen solución; solo pueden pensarse. Eso es lo que realmente quiere decir "pensamiento": dar la vuelta a un problema, en bucle, en espiral, tocando fugazmente el objeto, como avispas en torno a una tortilla de patata, sin posarnos ni saciarnos jamás. ¿Y por qué querríamos enunciar en las escuelas problemas que no tienen solución, preguntas que no tienen la respuesta al final de ningún libro de sudokus? Vivimos en una "sociedad de mercado", lo que quiere decir que es por un lado sociedad y por otro mercado, con encajes entreverados entre las dos partes, siempre –por cierto– con ventaja para el mercado. Las sociedades y los mercados aman las soluciones. Las sociedades, digamos, son conservadoras; los mercados, digamos, son revolucionarios. Las escuelas ¿deben servir a la sociedad? ¿O deben servir a los mercados? Se nos olvida que el término "escuela" procede etimológicamente de la palabra "skholé", que en griego quería decir "ocio" o "tiempo libre", y que remitía –es decir- al tiempo liberado, a un lado y otro, de los trabajos de la reproducción y del peso de la tradición. "Escuela" es, por tanto, ese espacio que toda sociedad democrática se reserva al margen de la producción y de las respuestas fosilizadas recibidas para hacerse preguntas en libertad; "escuela" es, pues, sinónimo de "filosofía", como lo es también -según recuerda Carlos Fernández Liria– de "ciudadanía". Una escuela sin filosofía es sencillamente un oxímoron. Por eso mismo, una escuela privada o concertada jamás podrá ser una verdadera "escuela".
La escuela no debe servir ni a la sociedad ni al mercado. Debe protegerse y protegernos, al contrario, de las dos fuerzas. En España hay muy poca escuela, y la que queda se conserva gracias al esfuerzo heroico de maestros y profesores que tienen que deslizar el cielo nocturno, por una rendija, en un pequeño bancal permanentemente ocupado por los bancos y por la tradición; es decir, por la desigualdad y la doctrina. La enseñanza privada y concertada –no lo olvidemos– sigue estando en manos de la Iglesia y de las empresas; y nuestros gobiernos, de izquierdas y de derechas, no solo han cedido terreno a la privatización del saber –o, valga decir, a la desescolarización de España– sino que han reducido a harapos la escuela pública mientras "privatizaban" sus currículos, pensados para satisfacer dos funcionalidades contradictorias entre sí y las dos ajenas a la definición misma de la "escuela". Por un lado, a la escuela se le pide que responda a las demandas de una sociedad de mercado estratificada y desigual. Esto implica, en términos de currículo, la eliminación o reducción de las asignaturas humanistas en favor de una nueva materia, "economía y emprendimiento" (mercado), y de la siempre ineludible "religión" (tradición); implica el disparate de la escuela bilingüe, que considera la lengua una "herramienta económica" y no un regazo cognitivo; e implica la tecnologización de la enseñanza, vendida como una revolución pedagógica mientras que sus artífices –los magnates de Silicon Valley– llevan a sus niños a escuelas tradicionales sin pantallas donde los profesores escriben en pizarras y los alumnos en cuadernos (porque saben que el poder y el conocimiento residen en la relación entre la mano y la mente).
Pero a los profesores se les pide más. Una vez ha entrado el mercado en la escuela, como el mar en el casco de un barco bombardeado por debajo de la línea de flotación, se les pide que dediquen todas las horas de clase y de tutorías a achicar el agua. Se les pide que "eduquen en valores" a los alumnos. Incluso se crea una asignatura con ese nombre: una declaración de derrota y una burla un poco humillante a maestros y profesores que han dedicado años a estudiar en la universidad y a prepararse una oposición. Se les pide, pues, que pongan sus conocimientos al servicio del mercado y se les pide al mismo tiempo que corrijan en las aulas los terribles efectos económicos, culturales y éticos del mercado; y esto en condiciones materiales cada vez más degradadas. Es evidente que ahí no hay sitio ni tiempo para la filosofía. Ya es bastante con que algunos de ellos, los más fuertes, los más valientes, los más apasionados, consigan no pedir una baja por depresión e incluso deslizar, sí, un poco de cielo nocturno, de rondón, en las cabezas de nuestros niños, más formateadas que nunca por la clase social de sus padres, el hedonismo de masas y el cepo tecnológico.
Contra esto no puede hacer nada la filosofía, es verdad, un frágil pie de página en las costuras del capitalismo. Lo normal es que desaparezca y que desaparezcan con ella la extrañeza del color verde, del amor, del dolor ajeno, de las estrellas y del planeta tierra. Seamos conscientes, al menos, de que todas estas extinciones están relacionadas. No, no podemos serlo. Para eso necesitaríamos precisamente la filosofía.
sábado, 24 de julio de 2021
Bizantinismos (Manuel Menor)
Los bizantinismos, aunque sean jurídicos, no juegan al solitario
El trasfondo que encierran suele conectar con situaciones e intereses de sectores que quieren imponer su distinción.
El Tribunal Constitucional dictaminó el día 13 de julio que el Gobierno había actuado ilegalmente al imponer el estado de alarma en la primavera de 2020. Las circunstancias coyunturales en que se emitió esta sentencia, entre las que no es menor la relación que cabe establecer con las que atraviesa el Consejo del Sistema Judicial y el Tribunal de Cuentas, amén de deteriorar gravemente una de las instituciones principales del sistema democrático, pone en cuestión la gestión del Gobierno, como si fuera función del TC ejercer de oposición. El don de la oportunidad no parece que haya regido cuando, en plena quinta ola, se pide responsabilidad a los más jóvenes y cada Comunidad va a su aire.
Neoplatonismo
Tratar de dirimir en una sentencia una cuestión teórica de índole jurídica es indicio que parece inapropiado para terciar en una cuestión que, a todas luces venía siendo objeto de litigio, pese a que los ahora satisfechos con esta sentencia habían facilitado la opción seguida por el Gobierno al demandar el estado de alarma y no el estado de sitio o excepción, una figura jurídica que hubiera sido más complicado y más lento gestionar cuando tanta urgencia había y que, además, no añadiría nada a las posibilidades ejecutivas. Los estudiosos de la influencia neoplatónica en las decisiones dogmáticas que adoptó la Iglesia entre los siglos IV y VI d. C. saben bien de la importancia, nada espiritual, que tenía inclinarse por unos u otros conceptos que en aquellos años pasaron a ser de rigurosa creencia.
Cuando los jueces ejercen su oficio, no solo muestran la “técnica jurídica” como garantía de imparcialidad. Si fuera así, no tendríamos tantos sesgos en muchísimas sentencias en que la calidad del abogado defensor juega un papel principal para inclinarlas de un lado o del otro; su preparación y capacidad son vitales para maniobrar con las variaciones semánticas de un término. Independientemente del coste de un buen bufete, en el campo jurídico siempre aparece por medio un fondo de subjetividad interpretativa tras la presunta imparcialidad objetiva de la justicia existente; se puede constatar entonces su similitud con lo que suele ser frecuente en Historia, Ciencias sociales, y no digamos Periodismo, en que a la inevitable subjetividad, se añade con más frecuencia de lo deseable una deliberada inclinación para mirar de modo nada veraz e imparcial.
En casos como el que estos días es objeto de asombro, a la parcialidad le están sobreviniendo ya problemas inducidos, lo que añade una serie de despropósitos que incidirán directa e indirectamente en el crédito institucional y en la disminución del valor de la democracia, cuando por su fragilidad es algo que debiéramos cuidar al máximo. Lo primero que aparece es que, detrás de estas actitudes se traslucen muchas otras cuestiones ligadas a prevalencias o, si se quiere, diferencias y desigualdades de unos y otros ciudadanos. Es como si algunos aprovecharan su nada indiferente presencia en esa sensible carrera administrativa para imponer al resto sus particulares creencias, opiniones o maneras de mirar el mundo. Lo cual concuerda con que el acceso a las altas magistraturas y la continuidad de sagas familiares en algunos de esos puestos, con demasiada frecuencia sean percibidas sociológicamente aparejadas. No suele ser raro, por demás, que la parafernalia profesional de este colectivo sea invocada a menudo bajo el hipotético paraguas de la “vocación”, un constructo bajo el que se encubren interpretaciones gremiales de su activismo, que no se desea al alcance de los otros mortales para examen o juicio crítico.
El desacuerdo como sistema
Tras lo acontecido en el TC, la COVID-19 ha evidenciado otras cuestiones. La principal, que, pese a la difícil coyuntura pandémica y las crisis que ha acarreado a los ciudadanos, hay personas y grupos que no aprovechan la excepcionalidad para facilitar la vida a los demás, sino para aumentar el enfado y el desacuerdo. Pedagógicamente, es una actitud mortal para cualquier ansia de convivencia que se pueda albergar; hace peligrar los pactos principales y propicia el mal ejemplo a cuantos, en su vida cotidiana, lo tienen complicado para salir adelante. Los bizantinismos –por muy puros que puedan parecer- también siembran el odio: Steiner menciona el “odium philologicum” que algunos intelectuales despliegan contra cuantos discrepan de sus disquisiciones; los filólogos suelen ser muy escrupulosos –y de ahí el apelativo-, pero a poco que se revisen notas a pie de página de muchos libros, revistas académicas y críticas literarias, no es difícil advertir que es una actitud demasiado frecuente.
No es exactamente una novedad de esta pandemia, pero parece estarse imponiendo en estos tiempos como fórmula de acción política y, en muchas ocasiones puede seguirse perfectamente en los medios, como si lo relevante fuese sostener en el ambiente una tensión sin la cual sus promotores no serían nadie. Administran la bronca permanente, cierta violencia ambiental y una moda más o menos retadora ante los demás; es la pugna al estilo de las películas del Oeste o de algunas en que un futuro distópico se hubiera impuesto y habría que tratar de sobrevivir a cuenta de lo que sea, como si en pleno individualismo cada cual tuviera cancha para imponer sus reglas y cambiarlas a su libre albedrío.
Subsidiarios
Es vergonzoso que la Covid-19 esté siendo ocasión para enfrentar los intereses particulares de cada Comunidad o contra el Gobierno central; y es lástima que por los posibles costes políticos, estemos creando una selva inexcrutable de decisiones, como lo es que normas supuestamente pensadas para tratar de unir en igualdad a unos y otros, sean retocadas para que la desunión se fortalezca. De todo ese bagaje amarillo creciente, propicio para el desencuentro, puede servir como estrella luminosa el blindaje que la Comunidad de Madrid acaba de adoptar para preservar la supuesta “libertad de elección de centro” para dar cancha libre a los colegios privados. ¿Es que la enseñanza y la sanidad pública han de seguir siendo subsidiarias? Resulta, sin embargo, que no era este el sentido de una sociedad agrupada en torno a unos valores a compartir. Hete aquí, además, que el sistema educativo había nacido como derecho universal para expandir aquellos principios valiosos para todos.
miércoles, 7 de julio de 2021
¿La cuarta ola? (Manuel Menor)
¿Estamos en vísperas de
la cuarta ola?
Los datos epidemiológicos de este momento veraniego, inducen a marear la perdiz y, como tantas veces, improvisar, improvisar e improvisar.
En algunas zonas, ya no hablan de la cuarta, sino de la quinta ola inminente, si las acumulaciones de contagios desbordan el sistema de Sanidad disponible y siguen su trayectoria de otras veces tres o cuatro veces anteriores.
Los hechos
En esta ocasión, parece que la causa central sea que las cohortes de edad más jóvenes son las de mayor incidencia y que su efecto multiplicador está siendo muy rápido en comunidades como Cantabria, Cataluña o Extremadura. Todo parecía ir moderándose y, hasta hace posos días, los datos propiciaban pensar que esta pandemia estaba vencida. Nos animaba al optimismo la insistencia en que las vacunaciones batían récords diarios; con una velocidad de crucero que superaba las 700.000 unidades diarias, se alcanzaría el objetivo trazado de tener en septiembre inmunizado al 70% de la población. Pocos parecían atender a las flaquezas de esta fórmula, en que pasaban a segundo plano, y sin la atención debida, otros flancos de la situación: la atención primaria y, sobre todo, que los más jóvenes estaban al final del proyecto.
Y llegaron los viajes de fin de curso de unas u otras promociones de colegios e institutos, renovando tradiciones que, en el curso pasado, habían quedado sobreseídas. Llegaron también reclamaciones de padres que, ante las precauciones sanitarias adoptadas en Baleares, lograron que una juez volviera a poner en el brete las frágiles costuras de la libertad particular y la salud de todos. Y ha venido, la renovada propagación del virus, no tan letal de momento, pero sí muy problemática para una situación ya m estresada de los profesionales sanitarios de la atención primaria. El caos puede volver a cundir y lo que suceda en los próximos días será determinante respecto a la secuencia de la pandemia, cuyos últimos fotogramas no han llegado todavía.
Causas y efectos
Una vez más, parece también que no deban confundirse y mezclarse las causas y los efectos. Primero, porque –como decían en la Galicia rural- no se adelanta nada con poner el carro delante de las vacas: cuanto se pretendía hacer se desbarata antes de que pueda realizarse nada. En este asunto, las ansiedades de unos y otros, tanto desde el mundo productivo turístico y hostelero sobre todo, como desde los afanes de recuperar tiempos supuestamente perdidos en confinamientos y cuarentenas restrictivas, llevan confusión a lo que haya de ser el antes y el después en esta historia; las prejuiciadas prioridades inducen a graves errores respecto a las exigencias que deban mediar entre la salud de todos y la libertad individual.
Que las confusiones han existido y existen, interesadas unas y aparentemente inocentes otras, es obvio; aunque en el relajamiento siempre hay de todo, siempre hay los dispuestos a pescar en aguas revueltas, más propicias para que se confíen los incautos y crédulos. En este sentido, esta situación dubitativa entre la cuarta y quinta ola de esta pandemia es una buena metáfora, parábola o simulación efectiva de lo que en muchos otros ámbitos nos sucede como sociedad.
Pedagogías en pugna
Repiten los opinadores ahora –como muchas otras veces- que es una cuestión pedagógica, que no se ha enseñado bien lo que hay y que, en la transmisión de las noticias de esta peste ha faltado finura en lo que se dice o se deja de decir. El problema es que la Educación social no es una tirita coyuntural, sino un ambiente que o se crea con tiempo o no pasa de pura retórica; no es una tecnocracia que, tras la lectura rápida de un folleto de instrucciones, se aplica y se tiene la solución. Es, ante todo, una actitud de largo plazo, una cultura creada, alimentada y sostenida en una dirección determinada hasta que arraigue, en cuyo desarrollo se han de tener claros los problemas a solucionar, los objetivos de sociabilidad a conseguir y los medios adecuados para lograr la concordancia de lo que queremos para una convivencia saludable para todos.
Poca pedagogía de este tipo hay cuando los líderes políticos y sociales discuten violentos, como si de mundos opuestos se tratara, sin nada que compartir, o como si la co-gobernanza administrativa fuese un derecho de conquista. Poco se puede hacer si hay lobbys presionando por ver qué gremio u organización saca más ventaja de los recursos que se estén disponiendo para atajar un problema. Muy poco se logrará si los papás y mamás de muchos niños en trance de hacerse adultos, son los primeros en confundir ante sus vástagos el tocino con la velocidad. Nadie razonable imaginará que la supuesta “responsabilidad” que se suele recordar en situaciones como esta a los más jóvenes les vaya a llover caída del cielo cuando todo el mundo les induce a ser irresponsables.
Como somos improvisadores permanentes, a quienes –como ya señalaba Larra- cuesta creer en una red indispensable de cuidados, con estructura consistente y duradera, nuestros sanitarios se quejan de la mala pedagogía que hace la Administración española –estatal, autonómica y municipal- desprotegiendo a la Sanidad pública de lo indispensable. A los ciudadanos, por nuestra parte, debiéran habernos enseñado a ocuparnos de dónde se invierten nuestros impuestos, si en mejor servicio para todos o en mayor rentabilidad para las empresas privadas del sector; tal vez fuéramos más responsables de las actitudes convenientes ante problemas como la COVID-19.
E igual sucede con la pedagogía que la Administración desarrolla respecto al sistema de educación general de todos, donde la ética universal, de derechos y obligaciones iguales para todos se descabala desde la educación infantil con redes de centros cuyos idearios nucleares son tan distintos, y donde la privatización –a cuenta de los presupuestos comunes- es gran negocio desde antes de la Ley Moyano en 1857. Esa cultura de las diferencias cultivadas para demostrar distinción crece exponencialmente en situaciones como una pandemia, y muestra la debilidad protectora del Estado, el único que puede garantizar el bien de todos, especialmente de quienes más lo necesitan, cuando se trabaja para que sea mínima su consistencia. No son los/las docentes ni los/las sanitarios/as –que tanta profesionalidad han mostrado en el transcurso del curso académico- las/los niñeras/os responsables de esta mala pedagogía.
Manuel Menor Currás
Madrid, 05.07.2021.
jueves, 20 de mayo de 2021
Presentismo duro (Manuel Menor)
El presentismo actual propicia la destemplanza y la discordia
Mientras nos infantilizamos, los supuestos principios que decimos nos deben regir no dirigen realmente nuestra convivencia.
Es muy paradigmático lo que está pasando, a golpe de telediario, en el cercano patio palestino entre israelíes y palestinos, donde los clamores del poeta Darwix siguen tan vivos como en 1947, mientras los cautelosos europeos, simulan plañir ante una situación que les sigue siendo tan “compleja” como entonces lo fue, y el sionismo, sintiéndose heredero de la furia veterotestamentaria, tiene permiso para la desproporción. Este domingo pasado, las cámaras televisivas han añadido otro fenómeno a todas luces “más complejo” todavía a nuestros ojos, el del ensueño atropellado de una población africana añorante de una Europa que, entretanto, verbaliza en torno a poner alambradas a un viento que no cesará de soplar mientras siga todo como hasta ahora. En ambas situaciones, el soplo de nuestros tan alardeados Derechos Humanos se queda básicamente para un relato de imposibles utopías, a merced de quienes –por unas u otras razones- tienen nuestra delegación para tranquilizar nuestras conciencias, como sea, en el siguiente noticiario a la hora de comer.
Padre padrone
Más cerca todavía, en el patio de nuestra corrala, crecen los gritos entre ruidos de todo tipo, mentiras interesadas y falsas promesas de confort; nuestros supuestos representantes tratan, en la sesión de los miércoles del Congreso de Diputados, de contentar nuestros gustos particulares como pueden, en parte por miedo a perder su propio estatus mediático, y en parte por la convicción de comerciantes que estuvieran vendiendo un producto en que no creen. Adela Cortina señalaba hace unos días que debieran regirse, al menos, por las mismas leyes de la publicidad, de modo que supiéramos por qué regirnos y, en caso de fraude patente, poder reclamarles el fraude. Es posible que no se arreglara mucho, pues ha avanzado mucho la técnica de la publicidad y, sobre todo, los modos y maneras de captar con facilidad a los más propensos a dejarse embaucar con cualquier mensaje.
Los problemas que denota la situación actual tienen un recorrido largo, que no se circunscribe al estricto presente. Los dos que tanto espacio ocupan estos días en las noticias añaden más muertos y damnificados a una larga historia de colonizadores y colonizados, en que los principios de actuación siguen siendo los de siempre entre dominadores y dominados, modulados adecuadamente para no dar demasiado el cante; en cada momento concreto siempre un mal mayor tiene hegemonía para prolongar el malestar o la injusticia de modo más o menos subrepticio con un mal menor que sigue imperando, en manos de un supuesto amo superior –el primo de marras o el padre padrone de los Hermanos Taviani- que impone su ley; miren detrás de Israel, de Marruecos o de la Unión Europea quien lleva la rienda de los hilos y se verá mejor lo que está sucediendo.
En campaña
En nuestro espacio público es lamentable la apariencia de que, entre tantas voces controvertidas como grupos parlamentarios, sea mayor la furia que les conmueve a cada uno que las palabras capaces de orientar a la ciudadanía. No parece sino que lo relevante fuera ver qué provecho saca cada cual de la discordia, y qué ventaja posicional adquiere para una eventual situación electoral. Los supuestos principios parecen estar fuera de la escena, casi exclusivamente como un recurso de tramoya, pero no como algo que deba regir internamente el discurso, las propuestas, acuerdos y demandas. La duda que asalta al oyente es si estos portavoces partidistas serán capaces de aguantar la interminable pelea preelectoral en que están, acuciados por los comentarios más o menos concordes de las muchas tertulias y cotilleos con que cadenas de radio y televisión acompañan esta fiesta ruidosa en que dicen querer “informar”; no menos urgidos están por las condicionadas encuestas de opinión, continuas y providenciales.
¿Qué importa?
En esta dinámica del corto y cortísimo plazo, lo que como gota malaya va formando opinión en el común de los ciudadanos es que esto es lo que importa, más o menos lo mismo que hemos visto este fin de semana pasado, como si de un interminable botellón celebratorio del final del año de la peste se tratara, en honor de no se sabe bien qué libertad individual omnímoda, ajena a toda libertad comunitaria. A este ritmo va a ser más difícil cada día construir una casa de verdad colectiva, capaz de aguantar las durezas que depare un futuro que ya se está construyendo.
Benedetti, desconsolado de los entresijos de estas tentaciones en el exilio, al iniciar en 1976 su libro de poemas La casa y el ladrillo, citaba a Brecht: “Me parezco al que llevaba el ladrillo para mostrar al mundo cómo era su casa”. De los muchos desconciertos que esté generando esta pandemia –todavía no acabada, por mucho que se desee- la desconexión de principios comunitarios por que regirnos puede acabar siendo uno de los más graves. Si no importan, si en la escuela no hay que cuidarlos, y si lo que tiene que imperar es la ley del más fuerte, el recorrido vital de la gran mayoría no va a merecer mucho la pena. Cuídense.
Manuel Menor Currás
Madrid, 19.05.2021.
lunes, 3 de mayo de 2021
¿Libertad? ¿Qué libertad? (Manuel Menor)
Publicamos este artículo del compañero Manuel Menor:
Significa poco si no va
acompañada de gestos solidarios; su propaganda puede ser una distracción que no
libera de nada.
En septiembre de 2021, hará cien años del nacimiento de Paulo
Freire en Recife (Brasil). En muchas colectividades, grupos de trabajo,
sindicatos de trabajadores y docentes, se ha empezado a celebrar el centenario
del autor de Pedagogía del oprimido
(1970).
Educación liberadora
Antes, ya había escrito La
educación como práctica de la libertad (1967), además de una reflexión
crítica sobre La educación y la realidad
brasileña (1959) y sobre su actividad educadora inmediata en La
alfabetización y la conciencia (1963). De ese núcleo central, en que
educación, liberación de la palabra de los pobres y sociedad, emergería una
importante y extensa obra hasta entrado este siglo, de gran influencia en
muchos educadores del mundo y, en particular, en cuantos han tenido que ver con
la educación pública y la “cultura popular”. En España, su teoría de la
“bancarización del conocimiento” y sus formas innovadoras de educar la mirada y
la reflexión, tuvieron gran difusión en los movimientos renovadores de los años
setenta, las escuelas de verano y en quienes pugnaron por una “alternativa democrática” a lo que había sido
la educación nacionalcatólica del franquismo; él inspiró, en buena medida, a
los más optimistas incluso después de que, tras el acuerdo del art. 27CE, se reinterpretara
la libertad de educar como algo cerrado y casi exclusivo. Cuantos han seguido urgiendo la construcción
de un sistema abierto para todos, con una estructura y métodos de trabajo sin
privilegios para selectos de nacimiento, fortuna familiar, creencia o condición
cultural, son deudores en alguna medida de Freire, como lo son de Dewey, Freinet,
la ILE (Institución Libre de Enseñanza) y otros como Lorenzo Luzuriaga quien,
ya en 1921, reclamaba una “escuela única” y una “escuela nueva”, coeducadora y
laica.
Luchas por la libertad
El afán de libertad venía de lejos. En España, el Madrid del dos
de mayo vio cómo Goya la pintaba muchas veces; en la Puerta del Sol, en sus
Cuadernos, Caprichos y Desastres, y de modo especial en Los fusilamientos del dos de
mayo, rinde un cumplido homenaje al afán
de libertad democrática. También un dos de mayo, de 1879 en este caso, según
reza en la fachada de una taberna cerca de Sol, “careciendo
los trabajadores de libertad para reunirse y asociarse se fundó
clandestinamente el Partido Socialista Obrero Español”. La pobreza que
generaban los malos salarios en los trabajadores, para quienes no había
legislación protectora de ningún género, campaba por las calles, afectaba a la
inmensa mayoría de la población -desescolarizada
en gran medida y sin derecho de voto- y, cuando tenían alguna enfermedad,
quedaban lisiados por algún accidente laboral o se adentraban en la vejez,
estaban condenados, en el mejor de los casos, al limosneo. Quienes se
arriesgaron a luchar porque el panorama cambiara, hubiera libertad de voto y una
sociedad más justa, fueron acusados de causar “la cuestión social”, los
condenaron a la cárcel por cuestionar el orden y fueron masacrados con
frecuencia, como pintó, por ejemplo, Ramón Casas en 1899 en La Carga.
La pelea moderna por la libertad venía de antes; muchos otros habían
peleado ya por ella. De manera muy significativa
–y como referencia de otros conflictos, logros y retrocesos, en que la libertad
ha sido el emblema-, la Revolución
Francesa de 1789 y su Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano es un hito valioso en que fue esgrimida
para el logro de la dignidad de iguales que conllevaba el
hecho de haber nacido. Sin embargo, al
lado del estertor de una larguísima época feudal, pronto las fuerzas
conservadoras se agremiaron para que la preciada libertad no prendiera en cuantos
hasta entonces eran “el común” del estrato social más bajo, el del “Tercer
Estado”. Trabajadores, criados, siervos y dependientes de los señores -seculares
y eclesiásticos- que habían tenido siempre privilegios legales, judiciales,
económicos y sociales, fueron vistos en adelante como peligrosos para sus
ventajismos; y en 1871, en la masacre de la Comuna, la clase trabajadora se
sintió traicionada por quienes cantaban la Marsellesa y se acogieron a La Internacional. De esa ambigüedad del
término “LIBERTAD”, palmaria en las peleas que han seguido, vienen las muy
distantes maneras de hablar de ella hoy, tan contrapuestas que parece una
palabra “insignificante”, ambivalente incluso cuando es pura fachada
publicitaria de cualquier marca comercial.
Lo bello no es fácil
Por si fuera poco este trajín con la diversidad semántica -y
operativa- de una de las palabras más importantes de la historia de la
humanidad, Emilio Lledó ha recordado en Fidelidad
a Grecia (Taurus, 2020) cómo Aristóteles en su análisis de las estructuras
reales e ideales del “animal que habla” –como calificaba el Estagirita al ser
humano- construyó el edifico básico de la Lógica, la Psicología, la Física, la
Retórica, la Poética, la Metafísica y la Ética para construir el edificio de la
Política, es decir, de los saberes concernientes
al bien del individuo y de la ciudad; en realidad, eran el mismo: “pues aunque
el bien del individuo y el de la ciudad sean el mismo, es evidente que será
mucho más grande y más perfecto alcanzar y preservar el bien de la ciudad…: es
más hermoso y sublime lograrlo para un pueblo y las ciudades” (Ética a Nicómaco, I, 2).
Ese sendero, en que la reflexión
motivadora de la acción del hombre por su bien y el de su comunidad se
inicia en la Grecia anterior al siglo IV a.C. , no tiene, de todos modos,
garantía alguna de durabilidad si no está soportado en la reflexión, el conocimiento
y la cuidadosa educación. También Lledó recuerda cómo Diotima, en El
Banqute de Platón, explica que ni
los dioses filosofan –porque “ya tienen el saber”- ni los ignorantes, porque la
ignorancia les impide añorar el saber como forma incesante de apego al
verdadero conocimiento. “La ignorancia –afirma- es el castigo supremo de los
hombres y su reino es el de la oscuridad”; con las palabras -coherentes o
mentirosas con nuestras propias ideas-- establecemos la comprensión del
universo, la identificación del bien y la belleza, la verdad y la justicia que
queremos construir. Y no cabe duda de que, en los tiempos que corren, palabras
como “libertad”, “belleza”, “justicia” o “verdad”, vuelven a ser difíciles de
entender; a veces, como en los duros años 30, producen miedo según quién las
pronuncie.
Manuel Menor Currás
Madrid, 02.05.1944
lunes, 26 de abril de 2021
Neoliberalismo popular (Manuel Menor)
Aquí tenemos el nuevo artículo de nuestro compañero Manuel Menor Currás
Vuelve
en su crudeza “la cuestión social”
La última semana ha
estado llena de incidentes en que se ha podido ver con inquietante realismo la enfermiza
existencia de una lucha social inacabada.
A finales del siglo XIX, para evitar el sonrojo que
daba el hacerse cargo de los grandes problemas que planteaba la miseria rampante
a los bien pensantes, se dio en llamar “la
cuestión social” a lo que era producto de condiciones preexistentes antes
de nacer. No se ponía esfuerzo en remediarlas, los males se atribuían a comportamientos
morales de los que las sufrían y todo transcurría como algo “natural”, consustancial a la vida económica. Hasta en la cultura a la
madrileña de la zarzuela hay alguna irónica referencia a tan enconada situación.
Estado Social
De lo mucho que ha llovido desde entonces, cabe destacar que,
hacia 1882, en la Alemania de Bismarck se inició lo que se llamaría el “Estado Social”: un conjunto de instituciones
y leyes que dispusieron detraer de los beneficios que generaba el trabajo, una parte
para resolver los problemas de los salarios de hambre, infraviviendas, enfermedades
y, en particular, la carencia de subsidios de los trabajadores al final de sus
vidas para la vejez; con las primeras leyes disposiciones muchos de los problemas
acuciantes empezaron a solventarse, en beneficio de la paz social. En España, a
los prohombres de la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales les pilló
por sorpresa, pero también aquí, se inició –aunque lento- el cambio de la Economía
política hacia una Política económica
con intervencionismo del Estado, como propuso el propio Cánovas del Castillo en
1890. Se trataron de corregir, de ese modo, los excesos de la “libertad” económica pura y dura y, de paso,
la creencia de que con caridad y beneficencia bastaba para atajar la pandemia
de pobreza que su hegemonía generaba, no solo en las áreas urbanas que
dependían de un salario miserable, sino también en las de la España rural –todavía
mayoritarias- por las tan desequilibradas
relaciones que producía entre quienes tenían mucho y los que tan poco tenían
que los pagos por los trabajos eran tan míseros que, en demasiadas ocasiones,
no alcanzaban para subsistir. Lo supieron muy bien los que emigraron a América,
y lo sufrieron todavía mejor los que del Norte bajaban a segar a Castilla todos
los veranos: volvían como negros, que dijo Rosalía.
Durante prácticamente todo el siglo XX, prosigue más de lo mismo;
entre los cambios que en la superficie van trayendo los años, persiste el
problema de fondo, mientras la “libertad democrática” se alimenta de que a
todos les sean accesibles más bienes y servicios. Esta es la idea que fortalece
lo que, desde 1945, se llamó en Europa –no en España, claro- el “Estado de Bienestar”: durante más de
treinta años “gloriosos”, la gente del trabajo tuvo mejores salarios que nunca,
mejores viviendas y sanidad, y sus hijos pudieron acceder a niveles universitarios.
En España, por su particular falta de “libertad”,
estas mejoras llegaron con retraso y a cuentagotas; hubo que esperar a que
entrados los ochenta se notara algo parecido a lo que vivían en Francia, Alemania
o Bélgica, y que nuestros emigrantes por Europa contaban como milagroso cuando
volvían de vacaciones.
Y llegaron los neoliberalismos de Reagan y la Thatcher, la caída
del Muro de Berlín y la descomposición de la antigua Unión Soviética, junto a
historias paralelas como la protagonizada desde 1891 por el papel “caritativo”
de la Iglesia de León XIII, los Papas tradicionalistas, su apoyo a gobiernos
ajenos a una justicia distributiva y, para remate, sus peleas con quienes,
desde dentro de la Iglesia, trataban de vivir la “Teología de la liberación” que predicaban. El caso salvadoreño de
Ellacuría, del obispo Romero, Nacho Martín-Baró y sus compañeros, muertos a
causa de esta “libertad”, es de gran relevancia evangélica, como lo fue el de
cuantos fueron a parar a la cárcel de Zamora desde 1968. E irrenunciable es el
testimonio de cuantos, sindicalistas o ciudadanos honrados, fueron a parar a
Carabanchel y a la cárcel de Burgos produciendo un sonoro clamor de personas
comprometidas con la “libertad de todos”:
como los abogados laboralistas de CCOO muertos en la calle Atocha al inicio de
1977. La CE78, con todos sus defectos, existe gracias a esta gente que arriesgó
todo por que la “libertad” democrática fuese posible.
Libertad “a la madrileña”
Y en esta senda, se nos cruzan ahora quienes invocan la “libertad”
para suprimir cuanto se haya avanzado en la corrección del problema de fondo -la
pobreza y la miseria- desde hace más de 150 años; se nos cuela gente guapa a la
que no se le conoce más gracia que la de cierto descaro populista, típico de
barra de bar y cultura “a la madrileña”.
La ignorancia de que alardean es grave para que alcancen capacidad de decisión
política; su clasismo encubierto reniega de la “libertad democrática” que tanto
ha costado, y en la que sesgadamente predican las clases existen: son los
palanganeros de su parte más excelsa y quieren hacer crecer la distancia entre
unas y otras desde los presupuestos que algunas de estas gentes ya administran;
pretenden, incluso, que se monte una
pelea a muerte entre los más pobres por ver quién se lleva un cacho de pan a la
boca. Subidas al púlpito de la predicación que facilita la democracia, prosiguen
la genealogía del más fuerte sobre el más débil: son una copia, “a la madrileña”, del darwinismo social.
En el espectáculo anarcofascista de esta semana, al no-debate
público para las elecciones madrileñas siguieron: los sobres cifrados de odio en
los buzones de tres políticos de la izquierda, el mal rollo transmitido en un programa de la
Cadena Ser y, como adorno, el prepotente pasodoble neoclasista de dirigentes
del Real Madrid tratando de reducir el fútbol a un asunto de negocio. Más que
signo de madrileñismo progresivo, este conjunto parece el síntoma de una grave
enfermedad; en esta parte del mundo, observada tan solo desde lo sufrido en
este siglo, lo que esté generando la Covid-19, con sus cansancios, es colateral.
A los madrileños y madrileñas toca descifrar, el cuatro de mayo,
las capacidades del capitalismo
neoliberal, y de su lenguaje “a la madrileña”, para hacer olvidar si han
merecido la pena los esfuerzos de quienes vivieron de lleno la pelea por que la
“libertad” fuera beneficiosa para todos; en este momento, lo que se juega es si
ha perdido sentido, si es un atraso su memoria o una pérdida el tiempo cómo se
hayan expuesto. En Madrid, hay tradiciones múltiples; el dilema que sirve de
eslogan a alguna formación política tiene viejo cuño, y en la Puerta de Toledo
luce una lápida que recuerda a quienes, entre el absolutismo fernandino y el
constitucionalismo gaditano, prefirieron gritar: “Vivan las caenas”.
Manuel Menor Currás
Madrid,
