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martes, 29 de junio de 2021

Mascarillas (Manuel Menor)

 Otras mascarillas tras la COVID-19

¿El esfuerzo de los docentes y sanitarios en los meses de pandemia volverá a ningunearse con decisiones que  propicien su precariedad? 

El solsticio de verano es una posición del Hemisferio Norte respecto al Sol en que proliferan los rituales festivos, las hogueras de San Juan y el recuerdo de tradiciones milenarias que tratan de reconciliarnos con una armonía de la Naturaleza que no controlamos. Este año, en muchos lugares esta tradición ha tenido restricciones a causa de la pandemia, por más que acaba de cesar la obligatoriedad de las mascarillas en espacios exteriores y la cifra de vacunados supera los 15 millones. Por fortuna, el descontrol de la Naturaleza ha hecho que invocáramos más a la Ciencia; el que “inventen ellos” parecía reivindicar como propia  la contemplación, pero este año se ha reclamado una inversión sistemática para depender menos de los inventos que la ignorancia no remedia; las vacunas de la Covid-19 lo han evidenciado. 

Este San Juan nos ha evidenciado también un gran desajuste con el pacto constitucional que venía rigiendo la convivencia. De hacer caso a lo declarado por los indultados del procés, es muy probable que haya servido de poco la generosidad de este Gobierno para un “diálogo” fructífero y tranquilo. Y de atender a los tres sectores de derechas que se sientan en el Congreso, a las quejas ante los tribunales,  a la prensa amarilla, y al número que montan quienes alegan  sentirse humillados y ofendidos, parece que  el panorama político se inclina hacia la frustración. A este amplio grupo de supuestos afectados, no les vale que la cúpula empresarial, la prensa internacional más influyente o la Comisión Episcopal, hayan bendecido el expectante cambio que podrían derivarse de estos indultos. Se sienten –dicen- traicionados por un Gobierno que no tendría otra aspiración que vivir en la Moncloa, e igual que los “acusicas”, que a la mínima se “chivan” al maestro para preservar su intangibilidad, han ido a Bruselas a decir que estos chicos que gobiernan en España son tramposos de origen y merecen ser castigados no dándoles, por ejemplo, el dinero de la recuperación pospandémica. 

No se acuerdan de la leña que han echado al fuego y se hacen los indignados sin reconocer que no tienen alternativa para un conflicto tan serio. Es curioso, por otro lado, que para pintarlo, tanto los benevolentes como los indignados han recurrido al lenguaje religioso. Estos días vuelan por los aires palabras de perdón, “acto de fe”, “indulgencia plenaria”, caridad cristiana, diálogo o concordia, e Iceta dijo en el Congreso preferir el Nuevo Testamento, el del perdón. Esta recreación simbólica de la cultura hegemónica en la confesionalidad proporciona un marco recurrente para explicarse, aunque de poco valdrá si su antropología subyacente no avanza más allá; argumentos para el anatema y para el perdón no faltan en ese círculo de lo religioso, donde siempre ha habido de todo, incluso en algunas de las parábolas neotestamentarias. No debiera olvidarse que, siguiendo la dureza veterotestamentaria, judíos llegados a Palestina en 1947 no han cesado en la intolerancia en ese área;  y tampoco, que cuanto menos entendimiento mostraron nuestros antepasados, más tuvo que dibujar Castelao a Atila paseándose por Galicia en los años 30 del siglo xx, igual que Goya a comienzos del siglo xix, en un supuesto panorama de menor secularidad que el actual.

 Café para todos

Parece, pues, que haya que espabilar y no quedarse en el inmovilismo de las metáforas; la interpretación de la “unidad de España” requiere para su “utilidad pública” una flexibilidad que no tiene el nominalismo a que se la quiere reducir. Habrá que modernizar, en lealtad  con el entendimiento colectivo, ese bagaje sentimental, tan apto para no entendernos, empezando por reconocer que, incluso para los mínimos acordados en la CE78, hubo fuertes desavenencias y que, entre lo que más guerra dio, estuvo el “café para todos” de Manuel ClaveroArévalo, con  una descentralización administrativa de la territorialidad peninsular,  pretextada en la igualdad y la solidaridad, dos actitudes difíciles de aprender.

Aquellos tiempos de la Transición no fueron unánimes, pero fueron vitales para una evolución acorde con las necesidades de la convivencia y la modernidad. Desde 1978 tenemos un  modelo de Estado descentralizado que reparte los recursos para ejercer competencias en ámbitos de gran importancia para los ciudadanos, entre que sobresalen la Sanidad, la Educación o la atención a unos servicios en que tiene creciente relevancia la Dependencia de los mayores. El ejercicio diferencial de prestaciones rige desde entonces, pero una interpretación rígida del Título viii, sobre “la organización territorial del Estado”, propicia el conflicto comparativo, que no es seguro pueda evitarse del todo con fórmulas más federales, confederales o como quieran denominarse. 

En Educación, en particular, tampoco ha sido fácil el intento de armonizar un café homologable para todos; pesan las tensiones sociales, no todas de igual dimensión en cada territorio, como también lo hace el influjo diferencial de los interesados en una educación democrática y democratizadora. Las competencias educativas que, desde los años noventa, se fueron extendiendo a todas las Comunidades son formalmente las mismas, pero su desarrollo es muy distinto en unas u otras, además de que tampoco con la descentralización tienen todos necesariamente la educación que se les debe en derecho. La simetría formal se traduce a menudo en  resoluciones y resultados muy diferentes en cuanto a equidad de atención a los niños y niñas; al final, desde el valor que los ciudadanos atribuyen a la teórica proximidad de un servicio fundamental para su bienestar, pueden estarse fortaleciendo las brechas de la desigualdad: desiguales recursos, desigual atención a las necesidades reales, desigual eficiencia, y desiguales valores convivenciales a desarrollar en los centros.   

Lo legal y lo justo

Si el ejercicio competencial no es homologable en equidad, de poco nos vale que -contando solamente los diez últimos años- hayamos conseguido que la expresión “plan de estudios” aparezca 54.231 veces en el BOE, o que “interés píblico” sea mencionado 8.374 veces; no vamos a ningún lado  si en ese afán administrativista por el “dominio público” y las “concesiones”, los elásticos decretos-ley no cuidan los mimbres del bien común y la verdadera utilidad de cuanto concierne a todos. Un signo de que la precariedad democrática puede ser –como está mostrando la Covid-19- tanta o más solapada que en las viejas políticas centralistas, es que las actuales no sean homologables en equidad, como muestran reiteradamente todos los informes educativos, las reclamaciones de los sindicatos y las de las AMPAS. Una vez descubierto con la Covid-19 que la fortaleza que hayamos tenido para superar sus graves problemas ha dependido de un Estado reconvertido al  keynesianismo, mal va a casar que, en nombre de la libertad, volvamos a políticas obsesionadas por los recortes y privatizaciones, como ya se aventura en algunas comunidades para el curso entrante. Si el ejemplo dado por docentes y sanitarios en estos meses pasados se vuelve a ningunear con precariedad para los más pobres, muy grave se pondrá la cohesión unitaria. 

Está trazado el camino a recorrer y, como muestra la cuestión catalana, no va a ser fácil continuar todos unidos; 2.030 veces  ha contabilizado Eva Belmonte la palabra “indulto” en el BOE, y son muchas más las amnistías e indultos que tenemos que hacer con cuanto no hemos sabido gestionar con más respeto a las diferencias en una unidad que ha de reinventarse cada día. No son pequeños, además, los inconvenientes que ponen cuantos pelean por sostener distancias inaceptables, como pretende Orbánen Hungría en cuestiones de homofobia y educación, o sus homólogos en algunas autonomías españolas. Educar directamente para sostener la diferencia como problema ni es democrático ni inteligente: ponerse la mascarilla de lo natural para violentar la biodiversidad humana nos deshumaniza.

Manuel Menor Currás

Madrid, 26.06.2021

domingo, 24 de febrero de 2019

Provincianismo (Manuel Menor)


Dislocar la realidad alimenta la rentabilidad electoral

Esta antigua tendencia “provinciana” exagera las situaciones cambiantes para atraer más la atención y presumir de soluciones más eficaces.

Entre quienes pregonan tener algo que comunicar a sus conciudadanos es tendencia un estrecho “provincianismo”. En la antigua Roma, diferenciábase así lo que se proponía o hacía en  la capital de lo que  en alejadas  áreas del Imperio podían hacer las otras élites clientelares del cursus honorum: en las realizaciones artísticas que nos han llegado es notorio. Sin restarle valor a sus  aportaciones, lo que viene al caso es la superioridad jactanciosa que  con sus aportaciones solían exhibir los provinciales ante sus propios tributarios.

Diseñismo electoralista
Esta pulsión se ha ido modulando con distintos colonialismos posteriores y, hasta el presente, los modos del provincianismo se han seguido  multiplicando. De ello se vive en los ámbitos jerarquizados de la vida social en que se propician competencias demostrativas. Notorio es, asimismo, su peso en los eslóganes con que nuestros políticos cultivan el panorama exuberante de elecciones que se avecinan. Cierta eficiencia del sistema democrático -teóricamente limitador de los excesos de poder frente a los derechos individuales-, pareciera venir determinada por la cortedad de sus mensajes; y su calidad, como la publicitaria, habría de girar, por tanto, dentro de una gama que, ni por defecto ni por exceso, pueda alejar  a posibles votantes. En esa línea, el ideal de cualquier iniciativa política con vocación de poder es ser de centro: ni de izquierdas ni de derechas. Mejor, pues, si es displicente con esa dicotomía, para no arriesgarse ante una realidad social y económica no solo cambiante, sino plagada de problemas. De lo contrario será difícil que irrumpa en las decisiones operativas.

En definitiva, el diseñismo estratégico destinado al consumismo electoral no suele salirse de los cánones centristas y, en ocasiones en que el panorama mundial es muy inestable, se nutre de ocurrencias provincianas, idénticas a sí mismas. Tendente a que ningún destinatario se vea afectado en la posición a que se siente adscrito, menudea las referencias a cuanto en “este país” pueda caracterizar frustraciones que habría que erradicar partiendo de esencialismos ideales, ucrónicos y estáticos. Si este faro orienta reformismos quietistas no altera la situación por acuciante que sea; los árbitros de este posicionamiento no pierden de vista, en ningún caso, el daño que podría causar a sus intereses cualquier novedad no controlada. Coherentemente, tratan de polarizar la conversación y el debate público desde campos semánticos que tergiversan las palabras en provecho propio y, con abundantes recursos en redes y medios, logran que funcionen como imanes atractivos, mientras el feísmo realista de los contextos sociales problemáticos –los de “la cuestión social” de otrora-  son ocultados sistemáticamente.

Deslenguada repetición
Lo que en este momento residual de legislatura suele verse en el Congreso y Senado ejemplifica bien las miras de este provincianismo limitador y cerrado con que son tratados los asuntos más graves. Modos de decir, estar y votar que se exhiben –con pretensión de absoluto- no desdicen de los de parroquianos lenguaraces en cualquier bar. Y ahí está en todo su esplendor, repitiendo similares desencuentros, lo que acontece en los niveles de decisiones políticas sociales y educativas. Por ejemplo, lo acordado por Carmena (en el Ayuntamiento madrileño) negando solares públicos para que se desarrolle la enseñanza concertada, que pone en evidencia a los cheques escolares de Garrido (en la Comunidad de Madrid) para cursar bachillerato, pero no puede parar ese proyecto neoliberal. Es más, la candidata a suceder a Garrido exhibe los desatinos de Aguirre y González contra la escuela pública. La joven Díaz-Ayuso repite los tópicos de la “libertad para elegir” y “calidad” que usaron quienes la han precedido en la gestión de la educación madrileña. E igual de ingeniosa se muestra -según aseguran sus mentores, para que los “valores” de “este país” no les avergüencen-  cuando habla de empleo y mujer o de “mejora de los servicios públicos”, aunque pervierta el sentido de las palabras.  

Problema adicional de este vanidoso provincianismo es que contamina. Son dignos de atención, por ello, los “gestos” del PSOE con motivo de la reversión de la LOMCE y del Anteproyecto de reforma correspondiente, con más intencionalidades que concreciones semánticas. La reciente ley que ha logrado aprobar en el Congreso, con que pretende revertir lo que había fijado el R.D. 14/2012, de 20 de abril,  como  “racionalización del gasto público en el ámbito educativo”, es sintomática de cómo intentar quedar bien sin entusiasmar. El resultado es que, en cuestión principal como las horas lectivas del profesorado, al no atribuir al Ministerio sino a las Comunidades autónomas la competencia básica de decidir, es muy probable que en el curso próximo todo prosiga como está -o peor- donde el control lo tenga el conservadurismo trifásico. Las centrales sindicales que mostraron su descontento cuando esta ley era proyecto, no tardarán en hacerlo saber con más intensidad.

 E ironía
 A los votantes nos queda la ironía, como propone Santiago Gerchunoff. Para combatir la univocidad del lenguaje conservador con la ambigüedad de la conversación democrática entre iguales, siempre reivindicativa de la contingencia de lo que nos atañe a todos, nos queda imitar a Sócrates. Aunque solo sea por el placer de intercambiar información y hacer  suave y placentero el entendimiento.

Manuel Menor Currás
Madrid, 23.02.2019