Mostrando entradas con la etiqueta Comunicación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comunicación. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2020

La ventana de Overton: la polémica como estrategia de comunicación (Gabriel Méndez-Nicolas para ctxt.es)

Artículo de Gabriel Méndez-Nicolas para ctxt.es

Una idea considerada inconcebible puede pasar al terreno de lo debatible cuando aparece otra opinión aún más radical. Cuanto más chocante sea esta mejor


 10/02/2020
Tenemos nueva polémica. El veto parental o, como lo llaman sus creadores, el pin parental. Una medida que implica que la dirección de los centros educativos pida la autorización de los padres para dar a los niños “charlas, talleres o actividades con carga ideológica o moral contraria a sus convicciones”. Santiago Abascal ha comparado incluso el programa educativo navarro Skolae (que obtuvo un premio de la UNESCO) con la corrupción de menores y ha declarado que “debemos proteger de juegos eróticos a niños de menos de seis años”. Es decir, que los padres se puedan negar a que sus hijos asistan a talleres o charlas en el colegio por su supuesto poso ideológico. Entiéndase por poso ideológico las charlas sobre feminismo, libertad sexual u homosexualidad que se puedan dar en los colegios. Este planteamiento de Vox es la última polémica de muchas desde que la formación de extrema derecha irrumpiera en el panorama mediático español. Son sobradamente conocidas todas las declaraciones y propuestas radicales de la formación de extrema derecha. Esta es la última, pero no la única. 

Todas han generado un debate público y de todas se ha escrito y discutido en algún momento. ¿Estas frases son simples calentones o son parte de una estrategia comunicativa premeditada? Antes de poder responder a esa pregunta es necesario el conocimiento de un concepto de teoría política: ‘La ventana de Overton’. 

La ventana de Overton es un concepto de comunicación política creado por el lobista y think-tanker conservador Joseph Overton y que pasó a denominarse así tras su muerte en 2003. Hace referencia a la ventana de posibles opiniones que se pueden expresar en el espacio público. Es decir, al abanico de opiniones que se pueden formular en un debate público sin que el individuo o partido político que las expresa sea directamente descalificado. Propuestas asumibles dentro del debate y la opinión pública, ideas aceptadas como discutibles por la mayoría de ciudadanos. Dentro de esa ventana de aceptación es donde los partidos políticos necesitan encontrarse para conseguir seducir a una mayoría de ciudadanos. Necesitan que las ideas y propuestas que defienden se encuentren dentro de ese marco de aceptación. Para eso, tienen que proponer medidas que estén dentro de ese abanico de ideas discutibles y evitan las ideas que puedan verse como más radicales o impensables para no perder popularidad. Sin embargo, como una ventana, ese espacio se puede ensanchar o disminuir según la evolución de una sociedad. “La acción de los think tanks y los grupos de interés, según Overton, es mover esa ventana de aceptabilidad” escribía Santiago Sánchez-Pagés en este artículo de CTXT. De esa manera, una idea que estaba fuera de lo que se puede decir puede poco a poco entrar en el debate público.

¿Cómo se logra ensanchar la ventana de Overton? Con ideas lo más radicales posibles. Una idea considerada inconcebible puede pasar al terreno de lo debatible cuando aparece otra opinión aún más radical. La radicalidad y la vehemencia es lo que se busca. Cuanto más radical y chocante sea una propuesta o una idea, mejor. Los ejemplos más claros los hemos visto en las campañas de Donald Trump o Jair Bolsonaro. Uno prometió enérgicamente la construcción de un muro para separar a los EE.UU. de México, que además iban a pagar los mexicanos, y expulsar a todas las personas de fe musulmana. El otro declaró sobre las cuotas femeninas que “si ponen mujeres porque sí, van a tener que contratar negros también”. Estos son simples ejemplos de una cantidad casi incontable de propuestas y declaraciones xenófobas, racistas, homófobas, misóginas y radicales. Son estas las que van a ensanchar la ventana de aceptación. De esa manera ideas antes inconcebibles pueden acabar pareciendo, frente a estas, discutibles e inclusos razonable.

Muchos análisis han explicado ya cómo la irrupción de Vox ha atraído hacia posiciones más radicales a partidos como el PP o Ciudadanos por miedo de quedar como cobardes. Se ha ensanchado la ventana y los partidos de la derecha van a la pesca del votante más extremo sin mucho temor a las represalias de sus simpatizantes más moderados.

Pero esta estrategia no se ciñe solo a los partidos políticos y a los grupos de presión, los medios tienen también un papel fundamental en su éxito. Tanto algunos medios (en España, por ejemplo, OkDiarioEsRadio o Libertad Digital) como también sus polemistas más habituales.

El doctor en ciencias políticas Clément Viktorovitch habla de estrategia clara de la extrema derecha: “Se usan francotiradores que van a pasearse por los medios, por los platós de televisión para expresar opiniones extravagantes, lo más extravagantes posible para ensanchar la ventana de Overton. Y en comparación las posiciones de ciertos representantes políticos que antes eran juzgadas como chocantes, parecen de repente razonables”. 

Viktorovitch se refiere a polemistas franceses como Julie Graziani o Éric Zemmour, pero se puede aplicar a España. Piensen en Hermann Tertsch, Jiménez Losantos, Isabel San Sebastián, Salvador Sostres y una larga lista de personalidades que acumulan apariciones en platós de televisión y columnas de periódicos en las que crean polémica o reabren ventanas de debate que se pensaban cerradas. Si se habla en la radio de “bombardear Cataluña” queda mucho más razonable la propuesta de eliminar su autonomía (aunque esto sea anticonstitucional). Si se dice que “es muy hipócrita escandalizarse porque una madre tire a su bebé a un contenedor y, en cambio, aplaudir que lo triture cuando lo lleva en su vientre” la idea de volver a ilegalizar el aborto podría ser considerado como algo debatible e incluso asumible.

Influenciar a la opinión pública antes de poder ganar elecciones es parte del combate cultural imprescindible para que las ideas reaccionarias habitualmente rechazadas por la sociedad vuelvan al campo de lo aceptable. Grandes figuras de la derecha más radical como Steve Bannon, en EE.UU., o Marion Maréchal Le Pen, en Francia, ya han conceptualizado esa idea de combate cultural frente a los avances del bloque progresista. De hecho, la sobrina de Marine Le Pen ha abierto un nuevo “centro de estudios” en Madrid  para formar a jóvenes en la defensa de la identidad cultural nacional: “Creo que el gran cambio político al que aspiramos aquí juntos se realizará precisamente con este tipo de iniciativas mediante la multiplicación de los islotes de resistencia en el seno de la sociedad civil. Hoy se ha hablado mucho de Antonio Gramsci porque se refería a la hegemonía cultural”, decía Marechal Le Pen en un discurso el 2 de octubre del año pasado.

Quizás desde la izquierda y con este nuevo gobierno progresista se pueda ensanchar la ventana de Overton hacia el otro lado para mantener y seguir conquistando derechos sociales imprescindibles para la justicia social. En el pasado, se consiguieron logros que también parecían impensables: vacaciones pagadas, sanidad universal, matrimonio entre personas del mismo sexo, derecho al aborto y un largo etcétera. Si la ventana de aceptación en el debate público se sigue ensanchando a favor de los reaccionarios, todas estas conquistas sociales podrían desaparecer. Esta nueva polémica no es fruto del azar, es una estrategia de comunicación engrasada y coordinada. El veto parental es la polémica del momento, pero seguro que no será la última.

Entrada relacionada:

domingo, 13 de enero de 2019

Nominalismos (Manuel Menor)


El nominalismo político enturbia la realidad sin cambiarla

Las organizaciones nombran la creciente fragmentación con palabras volátiles, adaptadas al sentimentalismo emocional de clientelas mutantes.

En Europa, sus organizadores centrales se están transformando sin que se sepa a dónde aspiren a ir: Macron sigue preguntándose qué quieren sus ciudadanos, reclamantes continuados en la calle; y la Alemania de después de Merkel está indecisa, propicia a la regresión y al miedo. Mientras, el Brexit inglés es una incógnita de contornos que favorecen las dudas, y en el resto de países las posiciones más conservadoras ganan terreno, incluso en los países que fueron modelo de apertura social. Además, a Trump parece que no todo le va tan mal como se aventuraba –pese a su conservadurismo proteccionista-, mientras China y Rusia tratan de asentar posiciones geoestratégicas de futuro.

Nominalismos
En España, optamos por la redefinición de las palabras para atrincherarnos ante una incierta realidad económica y social. Trampeando con las emociones del tribalismo e individualismo soberanistas, nuestros líderes tratan de que los más fieles se mantengan unidos. La racionalidad reflexiva de lo compartido no parece importarles, mientras crece la fragmentación a cuenta de la mentira, la ignorancia e incluso el odio. Los nacionalismos periféricos están en ello, y también el central en muchos casos. A que los más devotos no se dispersen apunta la brújula que usan ahora en el PP, con más consistencia que en anteriores  etapas de su genealogía. Se ven como el centro de la derecha después de que VOX ha mostrado que muchos que les votaban prefieren otra marca. Ya contaban con CS, con puertas abiertas a sus más liberales seguidores, pero después de los pactos internos -homologadores del lenguaje- que esta tríada ha formalizado para llevar a uno de los suyos a la Presidencia de la Junta Andaluza el próximo día 16, el muy importante segmento derechista de la sensibilidad política confirma que ninguno de sus votantes se ha evaporado, pese a los rigores de la crisis y los vapores de la corrupción. Y ahí siguen todos, en habitaciones contiguas, apoyándose en lo que les importa.

Los y las líderes jóvenes del PP ejemplifican esta confluencia cuando, tratando de  renovar su posición con voz propia, echan mano de lo viejo bajo apariencia provocadora. Muy visible está siendo -entre muchos otros términos que, según para qué, dulcifican para que no parezca excesiva la regresión semántica-, lo que hacen con “feminismo”, “feminidad”, “género” y “doméstico” o “familiar”. Lo ha sintetizado modélicamente la recién proclamada candidata del PP a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, cuya cuarentañera novedad ha consistido en proclamar que “para ser mujer no tengo que ser feminista”. Unos días antes, también “sin complejos” y algo más joven, Andrea Levy –vicesecretaria de Estudios y Proyectos de su partido-  había dicho: “Yo no soy feminista, soy femenina”. Ese rancio juego lingüístico, sin embargo, ya fue denunciado como patriarcalista e inmóvil por las primeras mujeres que hablaron de igualdad. Entre ellas, María Lejárraga, autora de muchas de las obras que firmó su marido Gregorio Martínez Sierra. Por ejemplo, El Sombrero de tres picos y El amor brujo, musicadas por Manuel de Falla; o Margot, drama lírico con partitura de Joaquín Turina. En distintos escritos feministas, pero sobre todo en La Mujer Moderna (Madrid, S. Calleja, 1920), la eminente maestra y escritora dejó plasmado cómo esa distinción  entre “feminismo” y “femenino”, era –hace casi cien años- el subterfugio para mantener la minoración social y política de todas las mujeres.

Voluntarismo
No muy distinta, aunque con otro campo semántico, es la actitud del PSOE desde el Gobierno. En parte, por su precariedad parlamentaria y -de no menos importancia- a causa de posicionamientos de sus líderes representativos, en una tradición de largos disensos internos. Ejemplo sintomático de indefinición lo ofrece su Ministerio de Educación, con hipotéticas posibilidades y frágiles concreciones prácticas. Confrontadas con lo gestionado desde el 02.06.2018, sus palabras –muy reiteradas estos días por mor de los PGE- no pasan, pese al plus de credibilidad que sugieren sobre el PP en progreso social, de un querer sin poder, demostrando, incluso, un no querer ni poder.  

Se ha confirmado con motivo de que el  Anteproyecto de Ley pasara por el Consejo Escolar del Estado y fuera presentado, después, a organizaciones sociales en Ferraz. La primera ocasión sirvió para que la triada conservadora y sus mentores explicitaran consignas –una “chapuza cósmica”, según el consejero de Educación de Castilla y León- provenientes de sus mitos: la libertad de elección, la calidad, la escuela concertada, la Religión en el currículum y similares. La segunda reveló que, pese al acuerdo en relevantes puntos genéricos-  el equipo de Educación de Celáa mantiene gran distancia con sus posibles socios. Bien podía haberles brindado, en el proyecto –y en decretos anteriores o posteriores, que puede hacer sin  nueva Ley orgánica-, la presteza  en cambiar las características más agrias de la LOMCE. Ese hiato no se llena solo con palabras, sino con gestos. Cuando el PSOE se retiró del plan de “pacto” de Méndez de Vigo por la corta inversión económica, ahora debería haber sido coherente. Tardo va, igualmente, en cuanto a lo que pregonaba respecto a la confesionalidad en horario escolar y al compromiso contraído con otras organizaciones para erradicar la LOMCE.

Mensaje/masaje
Si no quieren que avance la indiferencia, no pueden demandar solidaridad con un proyecto avalado por indeterminados propósitos de agenda. Los tácticos electoralistas -recentralizadores del PSOE- corren el riesgo de que sus posibles votantes se lo piensen de aquí a mayo y se repita lo de Andalucía; tal como va algo tan expresivo como la Educación, el panorama que quedaría para la siguiente Legislatura propiciará que los servicios públicos se desbaraten más y mejor, “sin complejos”.  Para muchos, la confusión entre lo que pasa y lo que ha pasado desde “la crisis” recrea, acentuada, la precariedad anterior; la realidad, tan distinta de lo que habían soñado desde antes de 1978, complica el sentido de sus vidas. Esa continuidad, alucinante, viene de tan atrás que las estrategias de comunicación no extirparán dudas si se reducen a masaje nominalista.

Manuel Menor Currás
Madrid, 13.01.2019