jueves, 9 de marzo de 2017

"Diálogos marcados" (Manuel Menor)

Reproducimos este artículo de Manuel Menor Currás

La igualdad educativa, pese al actual “diálogo”, va camino de quedar como está

Las comparecencias en el Congreso predicen que quedará fuera lo más sustantivo. El derecho a la educación seguirá sustentado en una triple vía, poco acorde con una fraternidad cívica compartida.

Los cinco del Buero han sido absueltos. Habían sido acusados en 2011 de agresión a la autoridad y desorden público. Nadie les indemnizarlá, sin embargo, por los seis años que han estado colgados de este proceso represor, a pesar de su inocencia. El jefe de la policía local de Guadalajara –y quienes le animaron a que se produjera y sostuviera esta acusación judicial a los encausados- siguen tan ricamente sus vidas en pro de una patria “como es debido”.

Contextos
Pasan unos días y este día 8 de marzo, se ha celebrado el día de la igualdad, la justicia y los derechos de la mujer. Ha sido lo mismo que recordar la enorme cantidad de misoginia que rige el mundo y cuánto resta para barrer en la dispar relación de hombres y mujeres todavía. Al tiempo, se ha hecho palpable en calles como la Gran Vía de Madrid, la confortable ignorancia, a veces encubierta bajo untuosas maneras patriarcales cuando no abiertamente machista, que demuestra el género masculino –y más quienes invocan una presunta ideología de género- frente a más de la mitad de la población de la tierra.

También pasará el día nueve de este marzo y su huelga general educativa. Muchas aulas habrán vuelto a quedar vacías para reclamar que la educación es un derecho y no un negocio; que la LOMCE es nefasta para que la educación pública tenga los mínimos de dignidad que ese derecho requiere; y para recordar a cuantos anhelan un “pacto educativo” que lo “sectario” es dar alas a un simulacro de “diálogo” que, pasado un tiempo de esta legislatura, termine mostrando que hay mucha gente importante con ganas de no llegar a mínimos presentables. Tal como van las cosas a casi 39 años de la Constitución, no deja de ser un gran problema que haya que seguir peleando para que ese derecho no se erosione cada día más y que, en su lugar, se anime desde el sistema educativo español –y con dinero de todos- un modelo de sociedad divergente desde antes de nacer, con casi un 80% de la población discriminada en esta atención primordial, legalizada en forma de violencia simbólica.

Como en el tango
 Borges decía que “oyendo un tango viejo sabemos que hubo hombres valientes. El tango nos da a todos un pasado imaginario. Estudiar el tango no es inútil; es estudiar las diversas vicisitudes del alma”. Si se hace el mismo recorrido rememorativo sobre lo que sucede de lleno o ha sucedido en las orillas del mundo de la educación, no sólo el pasado sino también el presente de nuestra sociedad se nos revela mejor. Aparecen las conexiones por las que la palabra y sus significados se adentran en la esquizofrenia a causa de su progresivo deslizamiento de sentido y toda nuestra realidad existente pretende ser de una “naturalidad” incuestionable.

Por sus implicaciones en los asuntos educativos, la Iglesia Católica -tan variada en su composición interna- sigue siendo un buen referente para observar estas mutaciones semánticas, no sólo entre lo que dice y hace, sino también en el contexto de lo que  ha dicho y hecho. Pese a las profundas variaciones que ha experimentado, su historia, es excepcional para entender los hábitos de nuestra sociedad y, de modo especial, los concernientes a las políticas educativas que tenemos.  No se olvide que se atribuye a sí misma invariablemente una función educadora. La mera mutación que ha impreso al desempeño de esta funcionalidad es muy ilustrativa de su inclinación hegemónica en cada momento. Las distancias y acentos –dentro de su historia más reciente- entre el pontificado de Pio XI y su Divini illius Magistri (1929) a la Mater et Magistra de Juan XXIII (1961), y de esta a lo que enseñan cardenales y obispos como Cañizares, hay suficientes modulaciones de criterio para ver hacia dónde suele inclinar su peso específico.

 Mientras todo lo indicado al principio sucedía, Cañizares aprovechó La Razón  para situarnos ante lo que, a su parecer, realmente importa: “la conversión interior”, paso previo para “la salvación”. Su interpretación del Evangelio -¿oportuna o importuna?- se queda en la insistencia en una espiritualidad y moralidad individual de vida “cuaresmal” que, aparentemente al menos, nada tiene que ver con un compromiso político colectivo. Ese planteamiento no le ha privado nunca de arrimar el ascua de su autoridad eclesial a sardinas muy concretas que le han interesado inamovibles, aunque pertenecieran a la esfera de lo público. Leyendo u oyendo a Cañizares se percibe nítida, de este modo, esa dinámica dual, tan frecuente todavía en otros jerarcas de la Iglesia -y más abundante cuanto más atrás se lleve el estudio histórico- en que, con supuesta autoridad emanada del cielo insisten a los fieles en una conversión moral que habrá de premiarse en la eternidad, mientras no se privan de jugar con las posiciones  de poder que sostienen en este mundo. Curiosamente, en la confluencia de ambas esferas, casi siempre se decantan nítidamente por una tradición conservadora, que, en su versión política, no duda en argumentar y actuar pro domo sua.

¿Angelicalismo?
Estudiar lo que dicen obispos como Antonio Cañizares o los que han dado alas a organizaciones como Hazte Oír, es útil. Es verdad que, en la bipolaridad con que gobiernan una institución tan ansiosa de llegar a todos –como toda religión que se precie-, ya no suelen elucubrar sobre cuestiones tan imaginativas como las jerarquías angélicas a las que dedicaron meticulosa atención.  Pero siendo como eran el núcleo duro de la intelligentsia, en el siglo XV, por ejemplo, Marsilio Ficino sublimó lo que, en sucesivas elaboraciones desde lo que había imaginado el neoplatonismo con las jerarquías cósmicas de la Antigüedad, podía considerarse magnífico reparto racional de la escala burocrática que, como si del cursus honorum romano se tratara, regía el cosmos y, a su ejemplo, reproducía el orden del Antiguo Régimen feudal. Graeber lo ha recordado hace poco para hablar de las burocracias actuales que rigen nuestras vidas. Y tampoco se ha de olvidar que, cuando al dogmatismo verbal unían el control del brazo secular, fue esa misma imaginación totalizadora la que indujo a que el 17.02.1600 su Inquisición quemara en Roma a Giordano Bruno.

A Giordano lo habían juzgado por hereje y blasfemo: se había negado a retractarse de ocho proposiciones entre las que figuraba una acerca de la infinitud del universo y la posibilidad de existencia de múltiples sistemas solares, lo que fue interpretado contrario a la doctrina católica sobre el creacionismo. Aquel proceso lo dirigió otro cardenal que acabaría siendo canonizado, el mismo que juzgaría a Galileo.  Ahora Nature acaba de publicar la última datación científica acerca del origen de la vida sobre la Tierra hace aproximadamente 34.300 millones de años y, sólo desde 1995, se han descubierto 3.453 exoplanetas en 2.577 sistemas estelares, algunos muy similares a la Tierra y, entre ellos, siete muy atractivos para buscar indicios de vida. El poco manipulable Bruno parece que dijo a sus inquisidores: “Es posible que tengáis más temor vosotros al emitir vuestra sentencia, del que tengo yo al recibirla”. Pero no sabemos a cuántos obispos no escandaliza que, en el romano Campo dei Fiori, donde fue quemado, una estatua del XIX acoja una admiración inextinguida, o que los astrónomos hayan plasmado su nombre  en los cielos.

Hermanos
 En las relaciones entre la fe y la ciencia han tenido traspiés más o menos sonados. Pero si se repasan asuntos nucleares de su doctrina central, protegida con meticulosidad escolástica, primero por la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición (1542), luego por el Santo Oficio (1908)  y, desde 1965, por la Congregación de la Fe más otros  dicasterios  de la Curia vaticana, se encuentran cuestiones de no menor interés educativo-político. Entre los méritos históricos que cabe atribuir a la Iglesia -o, por mejor decir, al cristianismo., puede anotarse la dimensión universal de la filía (fraternidad), que ya Aristóteles veía como imprescindible para la construcción política de la Polis, una virtud que –como ha señalado muchas veces Lledó- inducía al filósofo de Estagira a decir que “la educación ha de ser necesariamente una e idéntica para todos”.  No obstante,  los jerarcas eclesiásticos se han quedado siempre enredados en las exigencias de la caridad como moral individual, en la que la conversión de cada uno le llevaría a su salvación individual. Siempre han mantenido ese discurso, incluso cuando en 1891 León XIII escribe la Rerum novarum contra el socialismo. Pese a que la Ilustración había  pasado a primer plano la Fraternidad como fuente exigente de la Justicia y la Libertad en el plano jurídico y en el político, para eliminar desigualdades, se atuvieron a una interpretación light de la caridad evangélica.

Antes, en 1815, se habían acomodado con el poder residual del Antiguo Régimen a restaurar en el Congreso de Viena: la santa Alianza de Trono y Altar. Y algo antes, en plena Revolución Francesa, salvo algunos casos muy contados del clero bajo, se habían opuesto a lo que -especialmente entre la Constitución de 1791 y  la Convención Nacional hasta 1794- habían tratado de llevar a la práctica los republicanos. Como ha mostrado Ángel Puyol recientemente en su Derecho a la Fraternidad (2017), fue en esos años cuando un conjunto de medidas habían puesto cara a algunas exigencias políticas que, según traducían, conllevaba la fraternidad. Entre ellas, la abolición de la esclavitud, el precio máximo de los alimentos de primera necesidad, la supresión de derechos feudales abusivos, la restitución de bienes comunales que habían sido usurpados por los privilegiados, la distribución de alimento entre los campesinos pobres, la puesta en marcha de una fiscalidad progresiva  y la instauración de la obligación y gratuidad de la escolarización.

Ante esa revolución, que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) y la Universal de Derechos Humanos de la ONU (1948) trataron de formular como básicos para una sana convivencia fraternal, no parece sino que haya, todavía, un fuerte apoyo de muchos jerarcas católicos a grupos sociales muy selectos, tal satisfechos de su particular orden del mundo que  se adjudican como función vital impedir o ralentizar que lleguen a cumplirse. Vienen a coincidir en entonar, unánimes en darse la razón, aquello de “Pero, ¿a dónde vamos a llegar?”

 ¿Diálogos hacia un pacto?
Con motivo del supuesto “pacto educativo” que todo el mundo parece anhelar, la cuestión de la fraternidad social que, desde la Ilustración, trata de encontrar cabida política en dar coherencia exigente a la Igualdad y Justicia, vuelve a producirse la ocasión de pronunciarse. Lo que los Obispos, algo inquietos, han traslucido ya estos días pasados ha de compararse con lo que su tranquila posición ha sostenido desde los sucesivos Concordatos de 1850 y 1953, y sus leves acomodaciones en los Acuerdos de 1979 o en los prosaísmos económicos que desde 2007 los han plasmado en los Presupuestos Generales del Estado, tiene gran interés para entender cómo nuestros obispos traducirán ahora mismo su particular entendimiento de la Fraternidad caritativa del Evangelio. Su posicionamiento en cuanto a consensos en asuntos educativos, por sí mismos o mediante instituciones y personas interpuestas, remará a favor de las exigencias abiertas y democratizadoras de la mayoría de españoles o, si persisten en la intangibilidad de la triple red del sistema educativo existente,  plasmará de nuevo la peculiar evanescencia callada de su mensaje: de momento, no toca griterío.

 La posición episcopal se irá confirmando a medida que se vayan sucediendo las 82 comparecencias que, durante un tiempo se producirán ante la Subcomisión para ese pacto Social y Político de Educación constituida en el Congreso. No se sabe muy bien cuál vaya a ser la función exacta de cara al posible “pacto” propiamente tal, pero ya está cumpliendo el propósito de que se borre la imagen de que este Gobierno no es el de la etapa Wert, que se había negado a “dialogar”. Lo que no evita, sin embargo, que este marketing  borre las alegrías y preocupaciones que unas u otras comparecencias provocan, tanto en la Sra. Teófila Martínez como en quienes la acompañan. No ha borrado tampoco la contestación a las demandas del Congreso de que se derogara la LOMCE: en las mentes de todos está que este Gobierno de Rajoy ha recurrido al Tribunal Constitucional esta demanda… Controla mucho lo que sale en los medios, pero por la boca muere el pez: los medios “son el masaje”, especialmente cuando quienes en ellos se expresan parece que jueguen en contra del equipo que, en principio, parece que les correspondería. Por ejemplo, en lo que dice el actual secretario de Estadio de Educación, Marcial Marín, al señalar, desde el olimpo de un “optimismo” de baratija, los límites estricto en que se iba a mover este difícil “pacto” (La Razón: entrevista con motivo de Aula 2017, pgs. 6-7) o al señalar a los convocantes de la huelga de mañana como “irresponsables”: si quería calentar el ambiente pre-pacto lo ha conseguido.

Tampoco lo que contaba Francisco Vázquez hace unos días en ABC coincide en absoluto con lo que la historia –y no el cotilleo más o menos mal calificado como “revisionista”- muestra. Él sabrá a qué criterios científicos obedecen sus ofendidas palabras sobre “anticlericalismo”, “totalitarismo” y demás “malicias” y “falacias”. Parece que sólo tengan que ver con su estricta paranoia particular, como si lamentara, después de tanto mérito como embajador en el Vaticano, que Bergoglio no le hubiera hecho  cardenal y poder militar al lado de las opciones del Sr. Cañizares y sus acólitos. Sabríamos mejor cómo prevenirnos sobre cuanto le publica ABC, pero si en vez de jalear a los lectores habituales de ese periódico, estudiara la evolución de las tendencias religiosas de los españoles en relación con los cambios políticos desde que entró en política en 1975, podría advertir que la secularización está creciendo por sí misma a un ritmo crecientemente acelerado desde antes de que entrara a vivir en el madrileño Colegio Mayor San Pablo. El análisis de Pérez- Agote, Cambio religioso en España: los avatares de la secularización (CIS, 2012) –ya citado en otra ocasión en esta columna- le permitiría entender mejor cómo, por un lado, sólo el 22% de las bodas actuales en España son por la Iglesia y, por otro, que la educación de los hijos se haya convertido en “lugar social privilegiado de la religión”. Es decir, que los colegios religiosos cumplen principalmente con ser un espacio social especialmente apto para la construcción de un sentido de la vida de los hijos sin muchos quebraderos de cabeza, el que viene dado por ambientes sociales establecidos y, por otro lado, sirven para sostener formas de distinción respecto a cuantos van a la enseñanza pública.

Esto explica que la demanda  de este tipo de colegios muestre algunas incongruencias con la de asistencia al culto. Entre colegios privados y religiosos –que en algunos momentos de las series estadísticas no se distinguen bien-, el estudio CIS 2752 (pregunta 23), de 2008, sumaban según Pérez-Agote un 13 y un 19% de preferencia respecto a un 61% por la pública. Complementarios de estos resultados, los relativos a la clase de religión (preguntas 4.32 y 4.33)  variaban mucho según la edad y formación de los encuestados. Si esto era así ya en 2008, nada tiene que ver con un presunto anticlericalismo redivivo, sino con que no resulta convincente que se defienda la persistencia del sistema educativo actual tal como se ha ido configurando en los últimos tiempos, con tres redes muy diferenciadas, como no sea por el afán de mantener viejos privilegios.

Es más: muchos ciudadanos verían con agrado que la actitud dialogante episcopal en este proyecto de pacto educativo facilitara que se fraguaran buenos acuerdos entre todas las voces con presencia significativa en la educación pública, y que a esta le fuera posible sustanciar una mejora real de sus obligaciones en atender “fraternalmente” –de manera política efectivamente justa y no como expresión aleatoria de moralidad individual- el derecho de todos a una buena educación. A pesar de que el conocido modo con que han reaccionado en la Comunidad Valenciana en mayo del año pasado a las pretensiones de poner orden en las relaciones de aquella Consejería con los colegios concertados, no parece que auguren un ambiente propicio.

Dualizaciones
Con las políticas educativas que se están gestando, puede acabar volviendo a pasar lo que en otros planos de la vida social ha acontecido, a causa de los excesos en el celo moralizador, incapaces de ser tapados bajo las apariencias.  En torno a la sexualidad, por ejemplo, provocaron abusivas reacciones que, en no pocas versiones compulsivas han llegado a la actualidad. Un estudio de Gérard Dufour sobre Clero y Sexto Mandamiento. La Confesión en la España del siglo XVIII (Ámbito, 1996) concluía diciendo cómo, hace tres siglos, el control de los clérigos sobre las conductas “pasaba por los tabúes sexuales (virginidad de las mujeres hasta el matrimonio, debiendo quedar soltera en estado honesto; abstinencia para todos en determinados períodos, etc). De ahí que el confesionario fuera, en muchas circunstancias –por no decir siempre- el encuentro de obsesiones sexuales: la del sacerdote y la de la penitente, fuese monja, soltera que había quedado para vestir imágenes, viuda o mujer mal casada que ni siquiera podía pensar, no en el divorcio, sino en la anulación del matrimonio” (p. 152).

Las dualidades del pasado se han transmutado en otras en los tiempos actuales.  las monarquías del Antiguo Régimen -al menos, en los casos más supuestamente democráticos- han tenido que someter sus criterios de natural absolutista a las formalidades que una Constitución les impone, aunque a veces sea con calzador. De las cosas que quedan de antes de 1789 -y, en España, con prácticas no bien delimitadas en la Constitución de 1978-, los privilegios que tenía el antiguo estamento eclesiástico siguen teniendo muchos aspectos prácticamente intactos. Ocasión tienen ahora para mostrar cómo  decantan y de qué lado su  hermenéutica de la Fraternidad.



Manuel Menor Currás

Madrid, 08.03.2017

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