domingo, 11 de marzo de 2018

Inequidad "histórica" (Manuel Menor)

Manuel Menor nos envía su último artículo:


 ¿Qué sería “histórico” en la lucha de las mujeres por la igualdad?

Ese día no llegará mientras persistan las parcialidades implícitas en la  educación, el trato y la atención  que , hasta las leyes sostienen, divergentes  de   los varones.

Los psicólogos suelen hablar de parcialidad implícita ante ese tipo de juicios que emitimos sin advertir que provienen, de cuando éramos críos y se estaba conformando nuestro sistema neuronal con sus enlaces. Los marcos conceptuales y sus relaciones se fueron conformando entonces, antes de los tres años, de acuerdo con las pautas culturales donde nacimos y recibimos las primeras informaciones, a menudo inconscientes.  Este es el motivo por el que, cuando los críos acceden por primera vez al mundo escolar, de entrada ya lleven un bagaje cultural relevante, tan distinto de unos a otros que cualquier docente puede apreciar  un diferencial tan grande, por ejemplo, en el uso comprensivo del lenguaje que muestran unas u otras criaturas.

Parcialidades cronificadas
Como algo “normal”, esa parcialidad implícita merece la pena ser tenida en cuenta a propósito de la generalizada apreciación que les ha valido a los medios la gran celebración del día de la mujer trabajadora el pasado día ocho  en la mayoría de nuestras ciudades. Esa coincidencia en que, además de tratarse de la “primera huelga feminista”, habría sido una manifestación “histórica”, arrastra cuidadosas amnesias para la edulcoración del presente. Llevados de parcialidad implícita, tal vez quisieron decir, extraordinaria, muy grande, llamativa, pero al denominarla como “histórica” le han reducido tanto el valor semántico que lo que queda por hacer en ese campo de la igualdad pierde valor antes de producirse y, para muchos, mejor es que no se produzca. Se han quedado con el espectáculo masivo –en plan neofoklórico en algunos casos- olvidando el ímprobo, tedioso y a veces cruento trabajo que, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XIX –aunque ya otras pioneras, como las que proclamaron los derechos de la mujer en 1789- hubieran sufrido como absolutamente injusto que, tan solo por ser mujer,es no tener reconocimiento.

La continuidad de esa historia, en pleno siglo XXI, es la que ha motivado la manifestación y huelga del pasado día ocho. Eso es lo poco histórico de lo acontecido: que en muchos aspectos todo sigue igual o muy parecido a como era antes de 1789. Atrás queda, en buena parte repetitivo, un largo camino recorrido en medio del desprecio, persecución y prepotencia de cuantos –y a veces cuantas- trataron, y siguen tratando, de mantenerlas sojuzgadas, menores de edad permanentes y sometidas a varones nada propensos a reconocerles capacidad, inteligencia y aptitudes  para desempeñar trabajos tan sesudos o responsables como puedan ser los suyos. Llama la atención en esta secuencia la cantidad de mujeres que, en todos los medios sociales, han servido de soporte indispensable a sus hombres sin que estos mostraran el más mínimo reconocimiento. Pero es especialmente llamativo que que haya habido escritoras que firmaron con el nombre de su marido –en España tenemos sonados ejemplos- o el de maridos que se aprovechan de la valía de sus mujeres para brillar con nombre propio haciendo bueno el dicho de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (¿?).

En esta otra historia, en que muchos requiebros son insulto enguantado, la historia de nuestros prohombres de letras y ciencias no sale muy bien parada. Por buenos que hayan sido en lo suyo, lo que nos han transmitido está transida de misoginia, esa parcialidad tan frecuente en sus congéneres. Y el problema es que no es infrecuente que también se sumen a esta nómina no pocas mujeres, no malas escritoras pese a ello.  Por ello merece la pena releer –después de la “histórica manifestación- lo que Anna Caballé escribió en 2006: Breve historia de la misoginia.  En su brevedad, le da tiempo de repasar a buen número de grandes escritores del XIX y XX español, y algunas escritoras relativamente recientes. No deja de producir desconcierto acerca de lo incrustadas que pueden estar estas actitudes a causa de las vivencias culturales que cada cual lleva encima como “capital  cultural” aprendido en la más tierna infancia.

Histórico, histórico de verdad para las aspiraciones de lo celebrado el día ocho sería que esos eclesiásticos obsesionados por cuestiones femeninas -como si en ello les fuese su vida- dejaran de ser tan dogmáticos  y sin su doctrina se fuera a perder la humanidad. No se entienden sus actitudes con la mujer dentro de la Iglesia, ni menos con los planteamientos de algunas de sus organizaciones de padres o su red de colegios concertados. Sin ellos no figuraría en la LOMCE -que regula el sistema educativo de todos- la permisividad para que niños y niñas reciban enseñanza diversificada. En esa misma acepción de lo histórico,  muy histórico sería que el Ministerio de Educación, liberado de lo que le dictan neoconservadores y neoliberales, derogara la particular interpretación que esa ley hace del art. 27 CE que, en una ejemplar versión de parcialidad implícita, ahí sigue, para “mejorar” –dice- la educación de los niños y adolescentes españoles.

Historia es cambio
Mientras  estas pocas cosas, tan posibles como deseables para la sana convivencia de hombres y mujeres no sucedan, lo histórico –en el sentido profundo de alusión al cambio que tiene este término respecto a otros saberes humanistas- apenas existirá, pues permanecerá inmutable -o solo muy aparente-  lo que no ha dejado de suceder en el transcurso cronológico hasta el presente. A quienes les preocupe que esa profunda parcialidad siga existiendo, les seguirá siendo muy trabajoso tratar de hacer realidad los compromisos transformadores  que, de lo visto el jueves pasado, debieran derivarse. Eliminar  las distancias que existen en el trato a las mujeres empieza en la vida doméstica, continúa en la calle, pasa por la organización del sistema educativo y alcanza a la vida laboral, a la publicidad, a los medios de comunicación y, también, a negocios que tienen como motivo principal la reducción de la mujer a objeto puramente de consumo mercantil. No solo la legislación educativa favorece esas asimetrías, sino también la laboral. Supuestas diferencias de mérito comparativo y otras zarandajas se sobreponen a la biología como si esta fuera la responsable de tanta parcialidad asumida como “natural”.

 Cabe imaginar que la baja natalidad que detenta actualmente España –con las graves derivaciones demográficas que se aventuran y que los actuarios de seguros ya trasladan a las hipotecas y a la regulación de la sanidad y las jubilaciones, sea una forma de protesta de la Naturaleza. Pero sería una continuidad en el error a que nos inducen las “parcialidades “implícitas”.  Por mucho que algunos dirigentes hayan querido eludir lo político de las manifestaciones del otro día, la POLIS democrática no estará bien gobernada hoy si no atiende a las razones de las mujeres. Y en esa línea, como asunto político que es, concerniente a más de la mitad de los ciudadanía por vía directa, e indirectamente a la restante, no es casual que, justo en estos días y pese a la interminable continuidad de los asuntos de Cataluña, se hayan sucedido jubilados y mujeres en sus demandas inatendidas.

¿Elecciones a la vista?
En algún momento tenía que saltar el desconcierto que causa una baja moral colectiva en que asuntos tan principales que atañen a lo principal de la vida solo encuentran restricciones mentales y ejecutivas de quienes dicen que gobiernan. Tampoco ha de extrañar que estos días pasados –el cinco y seis de marzo-  se hayan descolgado del que quería ser pacto educativo dos de los principales partidos sin cuya firma volvemos a la casilla de salida porque el supuesto acuerdo constitucional de 1978 (en el artículo 27) está plagado de incumplimientos. Puede que esta retirada sea provisional -como en las negociaciones importantes sucede-, pero también cabe sospechar que el olor de posibles elecciones sea el gran condicionante. Lo imprescindible se habría antepuesto a a lo necesario, pero también aquí seguirían perviviendo -¿hasta cuándo?- esas parcialidades de aprecio de que tanto pueden hablar infinidad de mujeres. ¡Perdón, chicas!  

Manuel Menor Currás,
Madrid, 10.03.2018 

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