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sábado, 23 de julio de 2022

¿Pagamos todos? (Manuel Menor)

¿Pagamos todos? 

Lo que en política hacen  algunos mayordomos del poder económico es ayudar a sus dueños a que sigan acumulando más riqueza 

En las rondas de las peñas de amigos pagan todos, aunque  algunos traten de escaquearse compensándose a cuenta de los demás. Los más gorrones aprovechan, incluso, para consumir cosas caras y exclusivas, que los acompañantes, por razones de pudor, vergüenza u honestidad,  no se atreven a pedir. En celebraciones colectivas de colegas de trabajo, antiguos alumnos y similares, hay anécdotas suficientes para confirmar esta teoría de los gustos aristocráticos a cuenta de los demás. Casi siempre suelen ser maneras medio a escondidas, con abundantes excusas cuando se ven pillados en despiste y si cuela cuela.  Suelen ser las suyas, salvo casos de mucha cara, las argucias del zorro por ver si saca provecho. 

Acumulaciones de riqueza 

Este presente, en todo caso, es pródigo en demostraciones calculadas, adobadas de loas muy publicitadas de benefactores del bien de todos; ningún político alardeará de haber decidido algo  si no es con esta excusa, y más cuando con urgencia dice atender a los más agraviados. Ahora mismo, la presidenta de la Comunidad de Madrid está en este brete y dice pensar mucho en la sufrida clase media “que siempre paga y no recibe nada”. Por eso, ha diseñado un plan de becas de dinero público para el curso escolar entrante, a las que puede optar una gama de familias que alcancen entre 107. 739 euros (si tienen un hijo) y 179.765 (si tienen tres o más) de renta anual. Estos sustantivos “cheques escolares” a cuantos quieran acceder a centros privados de Bachillerato, Educación Infantil o FP, serán de imposibles a la gran mayoría de madrileños que lo deseen, dadas las cuantías y condiciones de las matrículas, pero no importa, pues son un regalo que pagamos todos. Para allanarle el mercado a estos centros privados, ha suprimido cerca de 6.000 plazas escolares en centros públicos, ha seguido ralentizando la construcción  de otros y, entre otras estrategias favorables a este monopolio, su Consejería de Educación opta por ser la que menos gaste por alumno -4.443 euros anuales- frente a los 6.230 de media estatal. Es evidente que esta mujer, supuestamente dedicada a la administración de los bienes comunes de los ciudadanos madrileños,  hace, al menos, una selectiva interpretación literal de una máxima del Evangelio de Lucas, 19, 26 en que “al que no tenga, aun lo que tiene se le quitará”. 

Con todo, su pedagogía de dar un poco más, en un momento tan volátil como el actual, a los que ya tienen, tiene el agravante antidemocrático de ampliar la acumulación de recursos públicos en las personas de rentas más altas. Lo que no obsta para que, según difundió Europapress, estas becas “incrementarán sus cuantías y habrá más facilidades para familias con menores ingresos o para los hijos de víctimas de violencia de género”. Las clases pobres, trabajadoras, o asalariadas -con niveles diferenciados de ingresos- no existen en esta noticia;  solo se entiende si se consideran “clase media” las familias con ese nivel de renta y si el lector no se hace problema  por que, en caso de que resultaran beneficiadas, se subvierta el concepto de beca tal como, en lealtad con la semántica, se ha entendido hasta ahora, en beneficio de quienes más las necesitan a causa de sus niveles bajos de ingresos. 

Este detalle no parece haberles importado a los creadores del invento; menos les ha molestado la profunda desigualdad que en esa Comunidad existe  entre quienes rondan ese nivel de ingresos y quienes han de subsistir con siete u ocho veces menos y, por tanto, con gran diferencia de recursos para ellos y sus hijos. El Consejero correspondiente, que no hace mucho dijo que no había visto los pobres que le ponía delante FOESSA (Cáritas),  tampoco parece haberse enterado de que uno de cada tres críos esté en riesgo de exclusión severa. Y tampoco consta en su currículum que se haya preocupado por enmendar el gran abandono que su Consejería ha ejercitado sistemáticamente, desde 2003 –el año del Tamayazo-, con la red pública. Cabe decir, pues, sin farsa, que esta desvergonzada decisión es una de las variadas maneras en que ayudan a sus votantes más ricos -sus patronos principales- a seguir acumulando riqueza. Glosando a Chuck Collins –Cómo los milmillonarios pagan millones para ocultar billones (Alianza: 2022)-, son “cortinas de humo” de algunos “mayordomos” ante el vecindario para ampliar, especular y ocultar la riqueza de unos pocos, toda una especialidad “industrial”. 

En esa misma línea metodológica, soterrada y cínica a un tiempo, han de entenderse los comentarios de cuantos se han puesto muy dignos ante el reciente viaje de la ministra de Igualdad a EEUU. Destaca en ese coro un nervioso Feijóo que, de repente, ha olvidado fotografías suyas con personas nada honrosas; su prisa por pillar en renuncios sucesivos a la coalición gobernante aprovecha la mala coyuntura económica para ver si la desgasta un poco más y si, como contrapunto de la catástrofe que dibuja, su brillo como salvador de la patria epata a la audiencia. Es lástima que no haga valer un poco más la supuesta imagen gestora con que sus adictos han adobado su imagen; los sufridos gallegos saben que las nieblas de la confluencia del Sil y del Miño lo dotaron de formas más suaves que las de Ayuso, pero tras su paso de estudiante por León pronto le vieron maneras parecidas; han quedado muy marcadas en las privatizaciones descapitalizadoras de Galicia y en cómo ha tratado a la educación, la sanidad o a las residencias de la tercera edad. 

El “inútil” latín de Gabriel 

Cuando Gabriel Plaza, después de sacar la mejor nota en la EvAU de Madrid, declaró a mediados de junio que, para él, estudiar Latín y Griego había sido “un descubrimiento”, y que se especializaría en esa Filología porque quería ser “feliz”, las reacciones que causó a los de su edad fueron decepcionantes, por las sandeces que le dijeron y por lo expresivas que son de los modelos de emprendimiento que les gustan, porque sus criterios de valor reflejan la primacía de su ambición contable. A esta línea prevalente de estima le importa un bledo la desigualdad social y si nuestros políticos pelean o no por que tengamos una sanidad o una educación pública más fuertes para subsanarla; si son  frágiles y quebradizas porque situaciones como la actual aceleran el negocio de su privatización les viene a cuenta. De una ética común no parecen esperar nada y lo que dicen o hacen personajes como Ayuso y Feijóo les mola mucho; no les importa que el modelo de acción social que impulsan sea una muy peculiar versión de los principios en que se inspira el Sistema Educativo Español desarrolle valores tales como “la ciudadanía democrática, la solidaridad, la tolerancia, la igualdad, el respeto y la justicia, así como que ayuden a superar cualquier tipo de discriminación”.  Esto decía el art. 15 del Preámbulo de la LOMCE, la ley que impulsó su partido en 2013 y que tanto añoran. 

TEMAS: Becas de estudios.- Segregación.- Descapitalización de lo público.- Acumulación privada de riqueza.- Valores educativos democráticos públicos. 

MMC (06.07.2022)

jueves, 10 de enero de 2019

Desigualdad educativa: pobres resignados y ricos confiados (Héctor Cebolla Boado en eldiario.es)

Artículo de Héctor Cebolla Boado en eldiario.es
  • Aunque lo más común es centrar el debate sobre la desigualdad educativa en los problemas de los hijos de las familias menos favorecidas, estos son solo una de las caras de la moneda
  • Los padres de clase alta interpretan las malas notas de sus hijos como un accidente o un episodio puntual que se puede compensar con un extra de atención y estímulo
  • En cambio, las clases bajas ven en las malas notas un indicio del fracaso escolar de largo recorrido
Cuando se habla de desigualdad educativa se suele pensar de forma casi inmediata en los problemas que afectan a los hijos de las familias con menos recursos. Pero esta desigualdad no es sólo el resultado de lo que sucede entre los menos aventajados, sino que también depende de cómo los más favorecidos compensan el fracaso.

La clase social de origen es un predictor del rendimiento educativo de los individuos a lo largo de su ciclo vital (aquí). Durante su vida escolar, los hijos de las familias menos favorecidas tienen que hacer frente a mayores obstáculos que los de las familias acomodadas. Piénsese por ejemplo en el hecho de los primeros crecen en entornos con menos recursos, se escolarizan en centros muy estigmatizados y se socializan en entornos no siempre estimulantes y ambiciosos. La otra cara de la misma moneda es que los hijos de las clases altas disponen de muchos más recursos, se escolarizan en los mejores centros y son criados por padres con expectativas más altas. Así, la desigualdad no sólo resulta de las condiciones de los menos favorecidos, sino también por lo que sucede en la parte alta de la escala social.

Pongamos un ejemplo. Las notas que los niños obtienen en el colegio transmiten una valiosa información a sus padres y cuidadores ya que son la materia prima sobre la que infieren las probabilidades de éxito de los niños en el medio y largo plazo. Pues bien, los hogares de distinta clase social reaccionan de forma diferente ante notas buenas, malas y regulares. Mientras que los padres menos aventajados parecen resignarse ante notas malas de sus hijos, los de clase alta intentan compensar su fracaso académico y, muy frecuentemente, consiguen compensarlo y garantizar la progresión educativa de sus hijos.

¿Compensan los ricos y se resignan los pobres?

Para ver si existe compensación de los malos resultados escolares de los hijos de las familias más aventajadas, mi colega Fabrizio Bernardi y yo estudiamos cómo difiere la probabilidad de que los hijos de clases altas y bajas abandonen sus estudios al final de la educación obligatoria como consecuencia de sus malas notas ( aquí).

Fijémonos en el comportamiento de dos grupos que representan bien a la sociedad española: los profesionales (clase de servicio) y los trabajadores manuales no cualificados. En el siguiente gráfico se muestra la reacción de cada uno de ellos ante diferentes niveles de rendimiento académico en la vida escolar.

Porcentaje de hijos de profesionales y trabajadores manuales sin cualificación que realizó la transición de la educación obligatoria a la no obligatoria en función del rendimiento escolar recordado
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Fuente: Elaboración propia a partir de los datos del CIS 2634

Como se puede ver, la reacción que las familias parecen tener ante el rendimiento escolar de sus hijos es distinta en función de la clase social a la que pertenecen. Los padres de clase alta, podrían tener una mayor resistencia al desánimo cuando sus hijos no alcanzan un nivel de rendimiento escolar suficiente y son capaces de impulsarlos a continuar en el sistema educativo incluso en las circunstancias más adversas. En concreto, el 56% de los españoles que recuerda haber obtenido malas notas en la escuela y cuyos padres eran profesionales, continuaron estudiando después de la educación obligatoria. Por el contrario, entre los hijos de padres con ocupaciones manuales sin cualificación, este porcentaje de resistentes al fracaso es sólo del 20%. Esta brecha social es aún más llamativa entre quienes dicen que tuvieron notas más bien regulares. Los hijos de profesionales que transitaron a la educación no obligatoria fueron más del 80% contra un 43% del grupo tomado como referencia entre los menos favorecidos.

Esta es una prueba poco discutible de que más allá de las diferencias en el rendimiento escolar (las notas o cualquier otro indicador de rendimiento académico), la desigualdad educativa de largo recorrido podría también ser consecuencia de la forma en la que las familias de distinta reaccionan ante el fracaso. Para las clases menos favorecidas, el fracaso es un obstáculo mucho más insuperable que para los padres más acomodados. Éstos últimos no se desaniman y saben sortearlo adoptando estrategias para compensar los malos resultados de sus hijos sin frenar su progresión educativa.

Puede que estas conclusiones resulten un tanto aventuradas para los lectores que estén más familiarizados con la escasa calidad de las estadísticas educativas (y en general, sociodemográficas) de España. Pero nosotros mismos hemos confirmado la misma regularidad en otros países que cuentan con mejores datos (aquí). Es difícil ser contundente a la hora de explicar las causas detrás de esta regularidad. Si las notas ayudan a los padres a inferir con qué probabilidades las carreras educativas de sus hijos serán exitosas, cabe pensar que las clases altas son más capaces de asumir los riesgos (y los costes de oportunidad) derivados de un fracaso potencial. En cambio, los padres de clases menos acomodadas pueden ver en las malas notas una amenaza creíble de que en el medio y largo plazo el sistema educativo podría expulsar a sus hijos.

Las políticas públicas que persiguen incrementar la equidad educativa no sólo deben remediar las carencias que limitan el desarrollo de los estudiantes con más talento de entre los menos favorecidos socialmente. Es también importante que el sistema educativo sea realmente selectivo sobre el criterio del talento y la valía personal y que las familias acomodadas tengan más dificultades para impulsar indebidamente a aquellos de sus hijos con menos capacidades.