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domingo, 26 de febrero de 2023

Distopía (Manuel Menor)

Distopía desmemoriada

Madrid avanza hacia un colapso que acontecerá muy pronto en servicios básicos, como Sanidad y Educación, si no se remedia.

Al revés de lo ideado como utopía por Tomás Moro en el siglo XVI, la distopía dibuja un mundo de más pobreza y violencia, más deshumanización y desastres. Son sociedades normalmente peores que las que describen y son interpretables, no solo como crítica a lo que esté pasando -discutible siempre e incapaz de llenar todas las ansiedades de un mundo mejor-, sino también, como un modo de atacar determinados avances de las comunidades políticas en el ámbito de sus derechos comunes.  Ahí parecen encaminarse muchas de las que nos pintan los medios de comunicación, y los políticos que juegan con ellas a diario.


La distópica libertad a la madrileña


Lo acontecido en Madrid en los últimos días va camino de ser una distopía trenzada en el entorno de la presidencia de su Gobierno autonómico. Su trama tiene actores reales y fundamento para atraer la atención de los ciudadanos votantes. No es, en todo caso, figuración imaginaria de algún creador literario, cinematográfico, guionista de cómic o productor de videojuegos. Es hiperreal, como documenta la multitud de manifestantes por la Sanidad pública el pasado día 12 de febrero en contraste con el juicio que le ha merecido a Díaz Ayuso esa protesta: “quieren reventar el sistema sanitario”. Como si el de esta comunidad fuese el mejor del mundo y no tuviera graves problemas de gestión, esta presidenta está empeñada –siguiendo su guión político- en repetir que su acción gestora es maravillosa. Por ello agradecía hace unos días a la viuda del recién fallecido Carlos Saura sus palabras de aliento, cuando lo que realmente había dicho era exactamente lo contrario: que había que cuidar ese servicio de modo bien distinto. Como el rey desnudo, su histrionismo no tiene límite.


Todas las distopías relevantes de la literatura han tratado de alertar de los peligros y riesgos de determinadas pautas o maneras de gobierno y de cultura social, ya fueran internacionales o muy estrictamente provincianas. En muchas está presente, además, la manipulación de lo que acontece, y la instrumentación o anulación de la posibilidad de averiguación propia; el control de los medios de información conduce, casi siempre, a limitaciones y anulación de la libre interacción cívica con los demás y con el entorno. Lograr el mundo feliz, de que hablaba Huxley, pasa ahora, en cuanto a Sanidad –y lo mismo vale en cuanto a Educación pública-  por una privatización creciente de este servicio al que todo ciudadano tiene derecho constitucional reconocido. Si en este momento cerca del 50% del presupuesto en Salud de esta Comunidad se encamina ya hacia bolsillos privados  -en detrimento de un servicio público gestionado en interés de todos-, las decisiones que se avecinan van camino de incrementar esa proporción. La privatización de  diversos capítulos, como el uso de los hospitales públicos por empresas privadas en situaciones de emergencia –que se pueden provocar en cualquier momento– está a caer, como ya han caído muchos otros de la atención primaria o la pediatría especialmente. La capacidad de que se colapse todo el servicio -y la atención a cuantos no tengan recursos para ser atendidos por corporaciones o fondos de inversión absolutamente privados-, está a punto. Muchos indicadores muestran graves carencias de atención a los pacientes a partir del estrés a que fue sometido el sistema durante la pandemia, y los no atendidos o demorados en  atención acentúan los riesgos de salud  y mortandad. 


La distopía en que anda empeñado el entorno de Ayuso, para convencernos de que le demos el voto en las próximas elecciones fuerza la situación argumental con decisiones que dibujan una sociedad polarizada en torno a conceptos dislocados para hacerse las preguntas acertadas; nos dan, en cambio, las que dicen respuestas correctas. La libertad a la madrileña ronda, omnipresente, todas las decisiones ultramodernas en que nos quiere embarcar, aunque no pasa del sálvese quien pueda a cuenta de lo que cada uno haya podido juntar a lo largo de la vida, que casi siempre habrá sido vendiéndose a sí mismo como asalariado. La teoría de las terrazas de bar, como símbolo del bien común que implementa, es el modelo de utilidad emprendedora en que el bolsillo de los hosteleros de barrio saca provecho a los ruidos y risas a altas horas de la noche, absolutamente negadas al descanso tranquilo de cuantos vivan en la zona. Las monedas de las cajas registradoras de estos bares resonando en algún punto, aunque los clientes paguen con tarjeta,  son el paradigma de la sociedad que se quiere crear, ajena a los derechos ciudadanos e irresponsable de un futuro que las crisis de “desarrollo” y “consumo” hacen oscuro. 


La atención lectora


Este constructo configura la melodía que, según Defoe, entonaba el narrador omnisciente de una pandemia londinense del siglo XVII: murieron miles de personas, “pero yo sigo vivo”. Con él, quienes cultivan la desmemoria histórica preparan el ambiente que les garantice alcanzar mayorías adecuadas para sostener su farsa. El 28 de mayo está cerca y vendrán pronto los capítulos de la traca final que, con los índices estadísticos de consulting, urgirán su truculencia bárbara para no decaer en la atención. Para triunfar, la opción distópica conservadora procura, desde hace meses, que no parezca viable  una gestión pública de los servicios fundamentales que esté a la altura de la dignidad que deben tener. Siembran dudas en asuntos como el sí es sí, la libertad de la educación o  la protección del patriotismo de Estado; son sus últimos caballos de Troya para remover conciencias. 


Con la crisis económica, la guerra en Ucrania o el maltrato animal, alargan indefiniciones entre los buenos y los malos. La división de la audiencia está en marcha para distanciarla de cuantos planteen políticas democratizadoras. Cuantos oyeren y vieren el discurrir de la narratividad en que andamos ya calibran la veracidad que les merece el guión de la serie que está en marcha. No obstante, independientemente de dejaciones y voluntades de unos u otros en la gestión del supuesto bien común, la atención de quien se sienta ciudadano debiera centrarse, con sentidiño, en cómo el interés de la gran mayoría está siendo acorralado para que no pase de minoría marginal. En esta distopía, si los votantes no lo impiden, lograrán que una Educación y una Sanidad sin dignidad cualitativa sean la norma.


MMC (14.02.2023)

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