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lunes, 3 de mayo de 2021

¿Libertad? ¿Qué libertad? (Manuel Menor)

 Publicamos este artículo del compañero Manuel Menor:


Significa poco si no va acompañada de gestos solidarios; su propaganda puede ser una distracción que no libera de nada.

 

En septiembre de 2021, hará cien años del nacimiento de Paulo Freire en Recife (Brasil). En muchas colectividades, grupos de trabajo, sindicatos de trabajadores y docentes, se ha empezado a celebrar el centenario del autor de Pedagogía del oprimido (1970).

 

Educación liberadora

 

Antes, ya había escrito La educación como práctica de la libertad (1967), además de una reflexión crítica sobre La educación y la realidad brasileña (1959) y sobre su actividad educadora inmediata en  La alfabetización y la conciencia (1963). De ese núcleo central, en que educación, liberación de la palabra de los pobres y sociedad, emergería una importante y extensa obra hasta entrado este siglo, de gran influencia en muchos educadores del mundo y, en particular, en cuantos han tenido que ver con la educación pública y la “cultura popular”. En España, su teoría de la “bancarización del conocimiento” y sus formas innovadoras de educar la mirada y la reflexión, tuvieron gran difusión en los movimientos renovadores de los años setenta, las escuelas de verano y en quienes pugnaron por una  “alternativa democrática” a lo que había sido la educación nacionalcatólica del franquismo; él inspiró, en buena medida, a los más optimistas incluso después de que, tras el acuerdo del art. 27CE, se reinterpretara la libertad de educar como algo cerrado y casi exclusivo.  Cuantos han seguido urgiendo la construcción de un sistema abierto para todos, con una estructura y métodos de trabajo sin privilegios para selectos de nacimiento, fortuna familiar, creencia o condición cultural, son deudores en alguna medida de Freire, como lo son de Dewey, Freinet, la ILE (Institución Libre de Enseñanza) y otros como Lorenzo Luzuriaga quien, ya en 1921, reclamaba una “escuela única” y una “escuela nueva”, coeducadora y laica.

 

Luchas por la libertad

 

El afán de libertad venía de lejos. En España, el Madrid del dos de mayo vio cómo Goya la pintaba muchas veces; en la Puerta del Sol, en sus Cuadernos, Caprichos y Desastres, y de modo especial en Los fusilamientos del dos de mayo,  rinde un cumplido homenaje al afán de libertad democrática. También un dos de mayo, de 1879 en este caso, según reza en la fachada de una taberna cerca de Sol, “careciendo los trabajadores de libertad para reunirse y asociarse se fundó clandestinamente el Partido Socialista Obrero Español”. La pobreza que generaban los malos salarios en los trabajadores, para quienes no había legislación protectora de ningún género, campaba por las calles, afectaba a la inmensa mayoría de la población  -desescolarizada en gran medida y sin derecho de voto- y, cuando tenían alguna enfermedad, quedaban lisiados por algún accidente laboral o se adentraban en la vejez, estaban condenados, en el mejor de los casos, al limosneo. Quienes se arriesgaron a luchar porque el panorama cambiara, hubiera libertad de voto y una sociedad más justa, fueron acusados de causar “la cuestión social”, los condenaron a la cárcel por cuestionar el orden y fueron masacrados con frecuencia, como pintó, por ejemplo, Ramón Casas en 1899 en La Carga.

 

La pelea moderna por la libertad venía de antes; muchos otros habían peleado ya por ella. De  manera muy significativa –y como referencia de otros conflictos, logros y retrocesos, en que la libertad ha sido el emblema-,  la Revolución Francesa de 1789 y su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano es un hito valioso en que fue esgrimida para el logro de la dignidad de iguales que conllevaba   el hecho de haber nacido.  Sin embargo, al lado del estertor de una larguísima época feudal, pronto las fuerzas conservadoras se agremiaron para que la preciada libertad no prendiera en cuantos hasta entonces eran “el común” del estrato social más bajo, el del “Tercer Estado”. Trabajadores, criados, siervos y dependientes de los señores -seculares y eclesiásticos- que habían tenido siempre privilegios legales, judiciales, económicos y sociales, fueron vistos en adelante como peligrosos para sus ventajismos; y en 1871, en la masacre de la Comuna, la clase trabajadora se sintió traicionada por quienes cantaban la Marsellesa y se acogieron a La Internacional. De esa ambigüedad del término “LIBERTAD”, palmaria en las peleas que han seguido, vienen las muy distantes maneras de hablar de ella hoy, tan contrapuestas que parece una palabra “insignificante”, ambivalente incluso cuando es pura fachada publicitaria de cualquier marca comercial.

 

Lo bello no es fácil

 

Por si fuera poco este trajín con la diversidad semántica -y operativa- de una de las palabras más importantes de la historia de la humanidad, Emilio Lledó ha recordado en Fidelidad a Grecia (Taurus, 2020) cómo Aristóteles en su análisis de las estructuras reales e ideales del “animal que habla” –como calificaba el Estagirita al ser humano- construyó el edifico básico de la Lógica, la Psicología, la Física, la Retórica, la Poética, la Metafísica y la Ética para construir el edificio de la Política, es decir, de los saberes  concernientes al bien del individuo y de la ciudad; en realidad, eran el mismo: “pues aunque el bien del individuo y el de la ciudad sean el mismo, es evidente que será mucho más grande y más perfecto alcanzar y preservar el bien de la ciudad…: es más hermoso y sublime lograrlo para un pueblo y las ciudades” (Ética a Nicómaco, I, 2).

 

Ese sendero, en que la reflexión  motivadora de la acción del hombre por su bien y el de su comunidad se inicia en la Grecia anterior al siglo IV a.C. , no tiene, de todos modos, garantía alguna de durabilidad si no está soportado en la reflexión, el conocimiento y la cuidadosa educación. También Lledó recuerda cómo Diotima,  en El Banqute de Platón,  explica que ni los dioses filosofan –porque “ya tienen el saber”- ni los ignorantes, porque la ignorancia les impide añorar el saber como forma incesante de apego al verdadero conocimiento. “La ignorancia –afirma- es el castigo supremo de los hombres y su reino es el de la oscuridad”; con las palabras -coherentes o mentirosas con nuestras propias ideas-- establecemos la comprensión del universo, la identificación del bien y la belleza, la verdad y la justicia que queremos construir. Y no cabe duda de que, en los tiempos que corren, palabras como “libertad”, “belleza”, “justicia” o “verdad”, vuelven a ser difíciles de entender; a veces, como en los duros años 30, producen miedo según quién las pronuncie.

 

Manuel Menor Currás

Madrid, 02.05.1944

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