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viernes, 30 de octubre de 2020

Vaticano actual (Manuel Menor)

La apertura del Vaticano actual es ambigua 

No está cercano lo que en Francia existe desde 1905, una separación nítida de los intereses del Estado y de la Iglesia. 

Cuando se menciona el Estado Vaticano, no prima la naturaleza de la Iglesia, sino el ser sede de la cúspide piramidal de la Iglesia. Consolidada en 1929, en trato con Mussolini, después de que, en 1871, hubiera perdido los Estados Pontificios,  consolidó la imagen del “Papa prisionero”; no son ahora Las sandalias del pescador (de que hablaba Morris West en 1968) lo que está en juego sino intereses terrenales enlazados con otros sedicentes espirituales; como en la corona de Augusto, pero con más años de peso en España que los de aquel imperio. 

Vaticanismo post 1871

En 1896, Émile Zola, después de documentarse bien, escribió Roma, segunda novela de una trilogía sobre un Papado muy ocupado en preservar la hegemonía perdida en las revoluciones burguesas; sus 806 páginas muestran la doble cara del lado más “social” del Vaticano en aquel fin de siglo. Los más cinéfilos la habrán visto en Roma de Fellini, por ejemplo, y su contraposición en Roma cittá aperta, de Rosselini. Su reflejo en la Democrazia Cristiana, aparece en una pequeña novela de Leonardo Sciascia, Todo modo, cuya edición española mostraba, en 1982, el escudo del partido italiano con la palabra LIBERTAS campeando sobre una cruz roja; en el centro de su nudo narrativo, el Padre Gaetano protagonizaba sentencias como esta: “Por favor, señores…, espero que no van a darme el disgusto de decirme que el Estado sigue existiendo… A mis años…, resultaría una revelación insoportable”. 

La presencia cultural vaticanista viene de cuando la jerarquía eclesiástica asentó su poder en el siglo IV d. C. tras el “triunfo” sobre el “paganismo”. Sería un error olvidarlo al oír al papa actual,  sensible como parece hacia personas de la LGTBIQ+, o expresándose en abierto como hizo con motivo de la audiencia al presidente del Gobierno español. Se ha hablado de su “apertura” -no de aggiornamento, como se decía de Juan XXIII- sin fijarse en que, cuando se refería al colectivo de orientación sexual no hegemónica, hablaba una posible legislación civil que les fuera propicia; algo es algo, pero ni marca tendencia a estas alturas ni dijo nada de lo que su Curia haría para darle cabida dentro de la Iglesia que dirige, con igual dignidad jurídica que al  resto de creyentes. Los lectores debieran estar advertidos, igualmente, de que la Iglesia Católica es tan diversa  que, sobre las más de 3.000 especificaciones que acoge su nombre, siempre hay unas “comunidades cristianas” -término genérico en que confluyen opciones supuestamente fieles al primer cristianismo- discrepantes de la “jerarquía católica” o funcionariado que dirige la sociedad eclesiástica desde el Vaticano y las sucursales diocesanas. 

En ese denso contexto ha de leerse lo que el papa Francisco dijo a Pedro Sánchez; su invocación al “diálogo”, la “caridad” y a la “ideología” da fe de  las ambigüedades del Vaticano actual, no tan diferentes de las de su genealogía. Deslizamientos semánticos de su historia son iluminadores; cuando León XIII decidió incluir “lo social” en su agenda de 1891, ya el movimiento obrero tenía una larga andadura y, en los ochenta del mismo siglo, se había abierto paso el “Estado Social” para atender –en derecho- cuestiones que causaban la pobreza más lacerante; el papa “social” no sobrepasó, sin embargo, las formulaciones caritativas, tan similares a las que propiciaba la burguesía con “beneficencia” y  ”filantropía”. 

Y la España de hoy

Aunque la aportación de segmentos de la Iglesia ha sido valiosa -como acreditan los Informes FOESSA desde mediados de los sesenta-, como corporación mediadora sigue siendo ambigua y nunca da oficialmente el paso a la reivindicación en justicia; J. Mª Castillo lo advirtió hace años respecto a su vinculación a la Declaración de Derechos Humanos. Se arroga, sin embargo, la suplencia al Estado en atenciones a través de Cáritas y otras ONGs, cuyos principales subsidios proceden del propio Estado sosteniendo, bajo ese paraguas “social”, poca transparencia para sus presencias en Sanidad, Educación, y ámbitos artísticos, mediáticos o sociales. A todas ellas  debería habérseles aplicado lo que el Papa dijo en la audiencia del día 24:“construcción de la patria por todos” sin “coartadas de modernidad”, “restauracionismo” e “ideologías” o  que -según aseguró- “las ideologías deconstruyen la patria”, palabras que han parecido  advertencias a un Gobierno que no encaja en el ámbito conservador. Aparte de que no indican que sea esa la “onda” de actuación de muchos delegados jerárquicos en España,  lo que traslucieron en público semejaron más la regañina de un “superior” –a aceptar en silencio por un “inferior”-  que un sentido aceptable de “diálogo”. 

Para que el mensaje no resulte más oscuro, del comportamiento de IGLESIA S.A. –como la llama Munárriz- está pendiente que muestre su propia capacidad de enmienda respecto a su historia en España desde los años treinta y en cuanto a  libertad de conciencia, asuntos a los que la educación pública es muy sensible. Los recursos que le asigna Hacienda, según lo firmado en los discutibles Acuerdos de 1977-79 -repetitivos de los Concordatos de 1953 y 1851-, pocas veces no han servido para propiciar las políticas más conservadoras de la vida española. En tiempos de Covid-19, con tales medios debiera haber más “sintonía” en las relaciones bilaterales; pero la supuesta apertura actual del Vaticano chirría si prosigue su uso por la senda por donde –servatis servandis- han solido ir desde las Cortes de Cádiz. Amparando, incluso, negocios muy privados, el primer desorientado es el “bien común” –común por ser bueno para todos, más que bueno por ser común-, que orientó la Summa Theologica de Tomás de Aquino. 

La ejemplaridad de Samuel Paty

A los creyentes españoles, partidarios a un tiempo de la creencia y de criterio autónomo en lo político y social, les sigue siendo difícil conjugar los intereses eclesiásticos con los democráticos de su país hasta en asuntos tan terrenales como los impuestos; probablemente para el propio papa Francisco lo sería igualmente si se pronunciara sin ambigüedades. Sin duda, habrá hablado algo con el presidente español en privado antes de la parte pública de esta audiencia, pero por lo oído, los españoles todavía no alcanzarán a ver lo que los franceses han tenido a mano desde 1905. Nuestro art. 27 de la CE78 ni se le parece, y un homenaje a profesores o maestros españoles, como el tributado a Samuel Paty el pasado día 21 en París, está pendiente en España desde hace ochenta años. 

Manuel Menor Currás
Madrid, 26.10.2020

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