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miércoles, 16 de octubre de 2019

"Nuestra Historia reciente todavía tiene complejos pendientes" (Manuel Menor)

Publicamos este nuevo artículo del compañero Manuel Menor



Hay personas y grupos relevantes a los que los 40 años últimos no les han reducido el desamparo. Desmienten que haya existido Transición.

Es posible que haya cedido en sus pegas a lo que va a suceder, hacia el 21 de octubre en Cuelgamuros. Pero oír al prior de los benedictinos de aquella abadía y, sobre todo, a uno de sus monjes –supuestamente consecuente con lo que le hayan enseñado en su noviciado- es remontarnos a lo que era doctrina segura en tiempos oficiales del nacionalcatolicismo. Inmunes a cualquier atisbo de cambio que haya podido traer el paso del tiempo, perseveran en mirar al mundo y a las personas que en él habitan como antes del 20.11.1975 y se sienten desamparados.  

De sus admiradores y adeptos, podrá saberse más en el desenlace que una parte de las cuestiones de Cuelgamuros parece tener próximo. Complementariamente aclaratorias pueden ser las estadísticas sobre creencias y prácticas religiosas, como asimismo las relativas a perspectivas de voto de algunas formaciones políticas, indicadores estos que, de todos modos, no debieran hacer perder de vista que el miedo, la inseguridad y otros ingredientes, han condicionado siempre la volubilidad de las personas y grupos sociales respecto al fondo mutante de estas mezclas de lo político y lo supuestamente religioso.

Conversos
 Es muy antigua –diríase que de siempre- la tendencia gregaria a no desentonar y, a continuación, hacer lo que diga el mandamás de la tribu o del barrio. Lo confirman las supuestas “conversiones” en masa de grandes colectivos –de un amplio territorio a veces- de que hay documentación. De lo que puede leerse en el Museo Naval sobre la exposición conmemorativa del viaje de Juan Sebastián Elcano y Fernando de Magallanes alrededor del mundo, es relevante en este sentido que el cronista Francisco Albo menciona cómo, el domingo 14 de abril de 1521, “el rey y la reina de allí con mucha gente se hicieron cristianos con buena voluntad”, cambiaron sus nombres por los de Carlos y Juana, recibieron el regalo de una imagen que hoy es conocida como el Santo Niño de Cebú y, además, ayuda militar y consolidar, como aliados del rey de España, su poder sobre otros reyezuelos de la zona.

Abundan testimonios similares, algunos bastante más cercanos. Los relativos, por ejemplo, a las masivas procesiones de penitencia y misión o a las de la Virgen de Fátima, que, en la postguerra sobre todo, fueron de obligado cumplimiento para los supervivientes de aquella contienda. Está en múltiples relatos, como el de Paco Ignacio Taibo I a propósito de Oviedo: Para parar las aguas del olvido. Puede verse en lo grabado por NODO para emitir en todos los cines desde 1942 o, también, en la historia que escribió Enrique Berzal para Ámbito en 2002: Valladolid bajo palio. Iglesia y control social en el siglo XX.   Y si se comparan esos testimonios con otros más lejanos, como los que tenemos de lo acontecido en los siglos IV y V d. C. según se impuso el “triunfo de la Iglesia” sobre “los paganos”, se verá que, en el recorrido de tan acendrada tradición, no hay gran diferencia de actitudes, comportamientos y fidelidades.

La fluctuante duración de estas en el tiempo, su inflación y deflación hasta la irrelevancia, y hasta el cambio, en cuanto al universo de creencias –con sus procesos de secularización variopintos-, tienen su propia evolución, variable según períodos históricos e, incluso, según personas y grupos del mismo momento. En cada uno ha habido –y hay- determinados instrumentos para sostener la fidelidad y las alianzas con una posición determinada. Hace poco era noticia las averiguaciones de un investigador, en la Universidad de Granada, respecto a los manuales para confesores de los siglos XVI y XVII, un estudio con precedentes en lo que sabemos sobre la Inquisición, y que no es difícil de hacer para cuantos tengan acceso a los libros de teología moral vigentes hasta los años sesenta. Hay igualmente personas por medio –ministros, ministrillos y acólitos-, encargadas de mantener el estandarte enhiesto. Pese a lo cual –o en razón de ello, según se mire-, la erosión y transición de situaciones hegemónicas a otras en que los modos de ver y considerar cosas y personas han variado mucho, es inevitable el cambio y reformas de diverso calibre.

En estas variaciones y sus disputas, es importante no perder de vista que los términos y palabras que se emplean para hablar son –como en cualquier otro asunto- de especial relevancia. Sería muy confuso, por ejemplo, meter en un mismo paquete semántico las más de 3.000 referencias de primer nivel que pueden incluirse en el término “IGLESIA”. Muchas personas, y sobre todo las más interesadas en no aceptar crítica ni restricción alguna en este ámbito cultural, utilizarán todo tipo de estratagemas, incluidos insultos, para desprestigiar a quien ose meterse en el. Para esta, a menudo clérigos, el uso ad libitum del término “anticlerical”, en su aspecto más despectivo e ignominioso, ni a pecado venial les llega. Parten de que es sagrada obligación, emanada de alguna verdad absoluta de que se sienten partícipes e incluso emplearán para defenderse alguno de los aspectos más vistosos que –aunque pudiera estar muy alejado de sus comportamientos personales- les vengan mejor en su pelea dialéctica con  disidentes. Con el pretexto de que Dios está con ellos, difícil será que se apeen de su rudeza ética. El Deus lo vult es argumento de largo tradición, y más cuando al poder político y económico le ha venido bien para justificarse ante la gente del común, aquel Tercer Estado del Ancienne Rêgime anterior a la Revolución Francesa de 1789.

Cruzados
La extemporánea posición del abad de Cuelgamuros recuerda la que, según la laudatoria apologética de los mártires y sus gestas, ha pasado de los Martirologios a la Leyenda dorada y, por extensión, a las vidas de santos que, como “buenas lecturas”, se propagaban –especialmente en internados y colegios religiosos- para ejemplo de infantes y adolescentes. No se olvide, por otro lado, que el monumento y lo que contiene, el modo sacrificial con que fue construido y la secuencia de obligaciones que los monjes del convento adquirieron para ser beneficiarios de unos recursos públicos cuantiosos, tienen como referencia “los mártires por Dios y por la Patria”, una simbiosis de alto nivel simbólico como lo había sido la de Cruzada ya antes.

Tampoco se olvide que en ello han jugado muchísimo el currículo obligatorio de Historia desde el canon que, según precepto excluyente de Don Marcelino Menéndez y Pelayo con sus heterodoxos (1880-82), fue establecido por  José María Pemán (1938), el Instituto de España (1939) y muchos epígonos en sucesivos libros de texto para las escuelas, como por ejemplo, el de Demetrio Ramos, quien en los años setenta, en su cátedra de Historia de América, no había olvidado lo que había escrito en su Historia del Imperio (español, claro), que le publicara el Ministerio de Educación Nacional en 1942.

Y no se olviden, en fin, los instrumentos jurídicos que siguen amparando una presencia tan extraña como la que puedan suscitar los ahora destemplados criterios que exhiben este prior y su ínclito compañero. A través de los Acuerdos que se firmaron entre 1977 y 1979 con el Vaticano, ahí sigue vigente la cultura de privilegios eclesiásticos que, en 1851 y 1953, protegieron esos intereses.  El numantinismo de estos monjes no es nada comparado con lo que sucederá  cuando algún  Gobierno se atreva con ese núcleo de poder. Los complejos  que, sin complejo, se muestran estos días en torno a Cuelgamuros  serán un remedo de las sensibilidades que con este otro motivo se despertarán.


Manuel Menor Currás
Madrid, 13.10.2019



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