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domingo, 20 de octubre de 2019

"Cartillas de dibujo en El Prado". Exposición "El maestro de papel" (Manuel Menor

Manuel Menor nos recomienda asistir a la exposición a través de su nuevo artículo




El mérito artístico de estos medios para aprender llega por primera vez al Museo. Todavía nos enseñan mucho desde los siglos XVII-XIX en que nacieron.


La exposición El maestro de papel es visitable hasta el día dos de febrero de 1920. Está en una sala recoleta,  casi reservada, construida con motivo de la ampliación de Moneo. Suelen destinarla a mostrar más de cerca alguna pieza restaurada en los talleres de la pinacoteca -como sucedió hace poco con La fuente de la gracia-, o como hicieron con piezas del Tesoro del Delfín, a modo de adelanto expositivo de lo que iba a ser su afortunada disposición actual.

Es mérito de esta muestra evidenciar el valor de una colección que todavía a comienzos de este siglo era muy pequeña. Hoy, afortunadamente, tiene una dimensión considerable a causa, sobre todo, de una sabia política de adquisiciones, en que cabe destacar las colecciones que habían logrado reunir Juan Bordes (2015) y José María Cervelló (2003) o, en el siglo anterior, José Madrazo y sus herederos.

Investigar
Terminar la celebración del Bicentenario con la atención puesta en la gran labor bibliotecaria y documental que se está llevando a cabo en El Casón del Buen Retiro, también es motivo a destacar. A la catalogación, cuidado y restauración de unas piezas humildes que, hasta mediados del siglo pasado, pasaban desapercibidas, han añadido una cuidadosa investigación. Queda constancia de ello en el buen catálogo de esta exposición, y también en que esta muestra haga posible al visitante comparar el mérito de lo que en España han sido estas cartillas de dibujo respecto a otras similares en Italia, Francia u otros países europeos entre los siglos XVII y XIX. Significativamente, en primer plano  se exhiben tres láminas de José de Ribera (1591-1652) quien, habiendo nacido en Játiva, desarrollo prácticamente toda su vida como dibujante, pintor y grabador en Italia, donde era conocido como Lo Spagnoletto.  Las interrelaciones de las cartillas españolas con las de otros países son la aportación más importante de la exposición, incluso en su diseño y montaje físico. En el recorrido, mientras por la parte perimetral de la pequeña sala se pueden ir viendo los cuadernos y láminas producidos y reproducidos fuera de España, en el centro, dispuestas en cuatro áreas temáticas, se pueden ver las calidades de las aportaciones españolas.

El Prado tiene ocasión de mostrar aquí –dentro de su reciente preocupación por la presencia artística de la mujer en la pintura- muestras elaboradas por María del Carmen Saiz López Enguidanos (1789-1868. Como sucedió con la música, también el dibujo fue una de las destrezas que, en el conjunto de las que debían “adornar” a las señoritas, tuvo un papel. Sus clases y cartillas fueron para muchas mujeres como esta madrileña, nacida en una familia de grabadores, una forma de encontrar subsidios de vida independientes para el sustento de los suyos cuando tenían vetado el acceso a las profesiones libres y a sus estudios correspondientes.

Dibujar y pintar
El visitante que acuda a ver esta muestra tendrá ocasión de descubrir la historia que tienen detrás los cuadernos y láminas de dibujo –lineal y artístico- que seguramente haya tenido en su pupitre escolar; quiénes fueron los destinatarios primeros de este tipo de materiales y, además, algunas de las destrezas básicas que, para saber dibujar –habilidad de gran utilidad más allá del oficio de pintor-, ha estado presente en la formación y saber hacer de muchas otras profesiones. Algunas de esas mañas y fórmulas para salir del paso de manera airosa y aparentemente espontánea, son bien perceptibles en estas cartillas. También otras más elaboradas y que suponían un dominio instrumental mayor.

Lo que prima en la mayoría de estos cuadernos es la figura humana y, dentro de ella, la primacía corresponde a los rostros –su manera de componerlos para que las líneas vayan cogiendo volumen o, también, cómo simplificarlos al máximo quedándose con su linealidad más simple-, igual que a las manos y piernas en  posiciones variadas, tratando de expresar su riqueza de formas, proporciones y volúmenes. Saber hacer esto con soltura equivalía, junto a cierto dominio elemental de la perspectiva, a “saber pintar” y, en muchas valoraciones culturales que han llegado hasta el presente, ahí siguen muy asentadas las que hacen equivaler dibujar y pintar. En algunas, lo que no está bien dibujado no es pintura, una consideración que, de ser elevada a categoría ilustrada superior, borraría del mapa, entre otras tendencias y escuelas, las de muchísimos “ismos”.

Mirar y ver
Entre las funciones didácticas asignadas de origen a los museos, no es el desmontar esta apreciación la más fácil. Tampoco parece que sea  exactamente esta la pretensión de esta muestra. Pero si el posible visitante la tiene en cuenta verá la distancia que la producción artística predominante desde los albores del siglo XX –y sobre todo  en su segunda mitad- ha generado con  gran parte de sus hipotéticos destinatarios al haber multiplicado las formas de expresión de la supuesta realidad. En este sentido, quienes probablemente aprecien más esta posibilidad de sacar partido a esta exposición pequeña pero intensa, son los profesores de dibujo empeñados en que sus alumnos, al dibujar, amplíen el espectro de su mirada; los que no se obsesionan en que sean máquinas fotocopiadoras.

Porque en esta exposición se puede aprender a distinguir bien entre mirar y ver. El objetivo de estas láminas y cartillas de múltiples destinos era que se aprendieran las bases de una técnica en que lo más interesante venía después: la educación de la mirada, el saber atrapar las formas, reducir el desconocimiento del objeto que se tiene delante, adentrarse en él, desvelarlo y ser capaz de mostrar lo que se ha visto. De ser un mero observador, a adentrarse en el conocimiento profundo de cuanto nos rodea y de lo que somos –y ser capaz de expresarlo libremente-, hay una gran distancia que solo los buenos pintores –los grandes maestros- han sabido mostrar a los espectadores de exposiciones y museos.

Manuel Menor Currás



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