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domingo, 11 de agosto de 2019

El sábado iré a la calle, sin dinero, sin casa... y no sé robar (Pilar Lucía López y Agustín Moreno en cuartopoder.es)

Artículo de Pilar Lucía López y Agustín Moreno en cuartopoder.es
  • Esta frase de un menor no acompañado revela la perversión del sistema de menores migrantes bajo tutela institucional
  • No tienen permiso de trabajo, por lo que se les cierra el círculo de la posible integración social cuando cumplen los 18 años
“Abandonar a los niños en las calles es como colocar bombas de efecto retardado en el
corazón de las ciudades”
Stéphane Tessier
Esto dice un menor no acompañado, resumiendo con esta frase la perversión del sistema de menores migrantes bajo tutela institucional. Después de acoger a estos menores durante un tiempo, a veces años, nada más cumplir los dieciocho acaban en la calle totalmente indefensos.
Es más, su documentación no les permite trabajar porque no tienen permiso de trabajo, con lo que se cierra el círculo de la posible integración social. En veinticuatro horas pasan de ser un menor protegido a ser un adulto abandonado a su suerte. Si se les niega la oportunidad de un empleo se les conduce a la exclusión absoluta. Este abandono institucional masivo de menores –porque todavía lo son- les deja en una situación de grave vulnerabilidad. Después es muy fácil criminalizarlos y que la palabra MENAS se convierta en un estigma.
Solo un pequeño porcentaje de estos menores acompañados por el infortunio entrará en un programa de pisos de emancipación. Hay que invertir para garantizar los derechos humanos y también para prevenir todo tipo de riesgos. La pregunta es ¿cómo no están previstas las salidas para estos menores en el momento en que se cumple la formalidad de la edad? Son muy insuficientes los recursos que existen para que puedan insertarse positivamente en la sociedad.
Por otro lado, es imprescindible mejorar la coordinación de las administraciones estatales, regionales, municipales, ONGs, iglesias… para acoger, integrar y seguir protegiendo a estos menores. Urge dar soluciones.
Para saber más del tema es muy interesante el libro Dejadnos crecer. Menores migrantes acompañados, (Virus editorial, 2014). Para conocer esta dramática situación, nada mejor que este relato de la pedagoga y escritora Pilar Lucía López:

La espera

"Faltan cinco días para mi cumpleaños y estoy muy preocupado. No duermo bien desde hace meses. Por la noche me baja y me sube una bola de acero por el pecho. Cuando me tumbo en la cama noto un peso encima del corazón. Late muy fuerte y me asusto como si me lo pudiera aplastar. Todos los de mi habitación duermen menos yo.
Desde que entré en el Centro de Tutela lo sabía. Sabía que tenía fecha de caducidad como un litro de leche o un yogur, pero ahora es distinto. Empieza la cuenta atrás, cinco, cuatro, tres, dos uno y fuera. El sábado será mi mayoría de edad y tendré que salir de aquí con las manos vacías y la cabeza caliente de tanto pensar.
No tengo dónde ir, ni dinero, ni cama, ni posibilidad de trabajar. Y no sé robar. Solo de pensarlo tiemblo. Mi permiso caduca también a fin de mes.
Ya fui chico de la calle a los quince años, cuando llegué de Marruecos a Ceuta para buscarme la vida. No puedo, no quiero volver a vivir así. Ahora es diferente, ya no soy aquel niño, un menor que sobrevivía como un animalito en cualquier rincón. He aprendido muchas cosas en este tiempo, He estudiado español y cursos de informática y mecánica. Incluso hice un taller de derechos humanos. Sí, los derechos humanos, los treinta derechos humanos universales. A la vida, a la libertad, a la seguridad, a la libre circulación, al trabajo… Podría recitarlos uno a uno, o escupirlos uno a uno también porque no son para mí.
Escucho en los cascos Cara y Cruz de Ayax mi rapero favorito: “Todavía no es mi hora, Las noches son frías, las hojas caen y no deja de llover. Pienso que por mucho que me exprese no me pueden comprender. Todavía no es mi hora y las agujas me devoran
El sábado será mi cumpleaños y mi nueva vida sin nada. He bajado a la playa con un educador pero no tengo ganas de hablar. Sé que me aprecia pero no puede evitarlo. Los dos estamos en silencio y lo agradezco.
Saco del bolsillo de mi pantalón una canica azul de cristal que me regaló una voluntaria. La cojo entre mis dedos índice y pulgar y miro a través de ella. Veo todo al revés. Abajo el cielo y la arena en el techo. Todo patas arriba y yo solo con este amuleto que me da un poco de luz".

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