Páginas

domingo, 22 de octubre de 2017

De incendiarios (Manuel Menor)

Manuel Menor nos envía su último artículo:

Hay otros incendiarios. Crean bulos identificables, pero difíciles de erradicar

Hoy es más fácil propagar explicaciones conspiranoicas. Lo enturbian todo, pero confortan mucho, especialmente cuando la ignorancia de lo que sucede es grande.

Andábamos abducidos y el Noroeste se puso a arder. No bastaba con lo de Cataluña y vino lo acontecido en el norte de Portugal y en Galicia: todo uno, independientemente de las fronteras territoriales, aunque la suerte haya sido dispar: mucho peor en Portugal  El fuego no tiene sentimientos de pertenencia como los humanos, empeñados en delimitar diferencias donde no hay casi nada que diferenciar, como saben bien los genetistas y los paleontólogos ocupados en nuestros orígenes. Los modos de tratarlo sí marcan diferencias.

Restricciones mentales
Pese a la mayor profesionalidad mostrada en Galicia,  el camino por donde se están empeñando en llevar las autoridades nuestra atención  a este problema, parece haber optado por los cerros de Úbeda. Suele suceder cuando la realidad sobrepasa a los responsables de su gestión, para evitar toda autocrítica De cómo afloran los prejuicios hay ejemplos notables en todas partes, como el de Jordi Puyol sobre los andaluces, en un libro de 1976 sobre emigración publicado en la editorial Nova Terra.  En estos días oscuros , urgía limitar el terror, presenciado en directo por los que frecuentan televisiones no oficiales.  La ministra de agricultura ciñó la cuestión a “un problema criminal”, como si con que los jueces encausen a algún presunto incendiario, ya tuviéramos garantizada la tranquilidad. Por otro lado, el actual presidente de la Xunta, arrepentido repentinamente de la zafiedad mostrada en 2006, cuando incendios similares cercaron pueblos y ciudades, culpaba ahora a quienes criticaban su gestión de esta emergencia. Según Feijóo, dividen Galicia a causa del fuego y, ahora dice que él nunca culpará a ningún partido por ello.

La calidad educativa
De bulos y medias verdades también se vive en la medida en que son creídas. La secuencia catastrófica de lo quemado estos días en Galicia, incluso en ciudades muy amenazadas por el fuego, vino trenzada con multitud de alarmas que pusieron más miedo en el ambiente, señal de que el pánico es muy rentable: nos devuelve al Paleolítico inferior.

Por tal razón  –y con destinatarios parecidos- el bulo también es habitual en educación. Los historiadores de la educación española saben de los bulos que se hicieron correr en el siglo XIX y primer tercio del XX para que algo preciado como, por ejemplo la “libertad de enseñanza”, beneficiara en exclusiva a la enseñanza privada cuando la pública no cubría la rudimentaria alfabetización Quienes vivieron el ideario de la ILE en ese mismo período, saben cómo cuanto promovió esta institución –Junta de Ampliación de Estudios o el Instituto-Escuela, entre otras iniciativas- fue perseguido por promover la libertad de investigación y conocimiento.  Lo que tardó en tener reconocimiento público es otro ejemplo de lo rentables que suelen ser los bulos para algunos, en detrimento de todos.

Las generaciones que vivieron  en carne propia el nacionalcatolicismo educativo -con su exclusiva adoctrinante en la escuela-, pueden dar fe de la cantidad de bulos que circularon por tierra, mar y aire en aquellos años. No son pocos todavía los que perviven, como prueba lo frecuente que es tener que debatir –frente a razonamientos de aire más o menos tabernario- sobre la nostalgia de aquella educación.

Los mayores de 55 años han sido testigos de otros bulos. En  continuidad de los anteriores, destacan los que se hicieron circular a propósito de aquella tímida reforma de Villar Palasí en 1970, la LGE.  Aquella ampliación de la obligatoriedad a los 14 años puso en solfa otros leves cambios, ineludibles, por otra parte, si se quería estar al ritmo del desarrollismo económico en marcha. Sentó mal a mucha gente aquella tímida extensión del saber fuera de los márgenes sociales a que había estado restringido. Cuando en 1985 y 1990, la LODE y la LOGSE trataron de que fuera más consistente y más amplia, hasta los 16 años, los mismos bulos e infundios volvieron con más fuerza. Al margen de las carencias económicas en que aquellas reformas se movieron, las machaconas mentiras de los bulos de entonces siguen vivas en infinidad de conversaciones. Muchas  antologías del disparate estudiantil que entonces circularon repitieron sin empacho lo que habían recogido otras recopilaciones de los años setenta. Insistían ahora en la “bajada del nivel”, la “egebeización”, el poco “esfuerzo”, la “ignorancia” que se propalaba con la “lúdica” enseñanza “comprensiva”. En adelante, incluirán como disculpa los plagios descarados.

Y el adoctrinamiento
La lucidez de los propagadores de paparruchas volvió a brillar en vísperas de las elecciones que ganaría el PP en la segunda mitad de los 90. Las “Humanidades” abandonadas –especialmente en comunidades como Cataluña- o, sobre todo, “la calidad” que había que lograr por todos los medios si no se quería ir al desastre absoluto, fueron el virus de que se valió el neoliberalismo conservador desde entonces para desarticular la educación pública. De fondo, sin embargo, quedaba siempre oculta la razón que no se explicitaba: ¿a dónde íbamos a parar con una educación que pretendía cumplir el precepto constitucional de la “universalidad” en igualdad? Ya el Estado de Bienestar hacía aguas y los defensores a ultranza del libre mercado como norma, y del consumismo redentor, habían empezado a minar los derechos sociales, que en España apenas habíamos rozado. Entendían que los dineros de los impuestos mejor estarían en sus bolsillos que en manos del Estado para que atendiera las necesidades de la igualdad. Lo de la Educación también era una mercancía. La “calidad” y la “excelencia”, el bilingüismo y las nuevas maneras de gestionar y dirigir centros, con el profesorado más como peonaje –en competencia- que como cooperador en un complicado trabajo colectivo, ya no cesaron en la erosión del sistema, en paralelo con la reducción inversora.

  ¿Recuerdan los debates que precedieron a las elecciones de 21.11.2011, cuando se iba a lograr un “pacto” educativo que el PP desbarató cuando casi todo estaba a punto? Pronto la Sra. Gomendio –especialista en primates y en manipular estadísticas sobre educación- debatió en televisión las excelencias de lo que ella y su hoy esposo, el Sr. Wert, habían traído en dos años al sistema educativo. La suma de infundios que lanzó en poco tiempo para convencer a los más despistados acerca de “las mejoras” de que había sido portadora –antes de exiliarse a la OCDE, en París- , pueden verse en las reacciones que ha traído la LOMCE en estos cuatro años últimos. Hasta el PP se ha sentido urgido, ahora, a hablar de “pacto” como si tal cosa.

Van para largo trampantojos y trileros, y más después del art. 155. El último eslogan lanzado como bulo, ahora directamente contra la cuantos catalanes salen a la calle en los últimos tiempos es el del “adoctrinamiento”. Esta doctrina, variopinta en sus formas, ha contado con el auxilio del Sr. Méndez de Vigo. Su versión descalificadora afecta, de paso, a los valores de la escuela pública y a sus objetivos de convivencia cívica.

Desenmarañar
Va a resultar que, pese a los cauces garantistas para resolver contenciosos, porque haya habido casos de manipulación –en Cataluña sobrepasan los 100.000 profesores para 1.562.780 alumnas/os-, lo acertado es desconfiar de  que engañan. Si algo garantiza, en general, la enseñanza pública, es la libertad de pensamiento, avalada por el contraste continuo de unos y otros profesionales. No puede decirse lo mismo de muchísimos centros privados, cuyos alumnos y profesores han de aceptar un “ideario” uniformador. Sus mentores y propietarios vigilan que se cumpla a rajatabla, sin que –según este bulo-  adoctrinen. Ha venido bien que este asunto saltara en su crudeza  al Parlamento y que quienes defendían una proposición para controlar el supuesto “adoctrinamiento” de la enseñanza pública catalana se quedaran en absoluta soledad. Pero algo queda siempre.


Hay incendiarios y pirómanos de toda índole. Quienes atacan los derechos de todos a una buena educación saben lo que hacen. Los que queman el monte gallego son de mala calaña, aunque pasen por desquiciados: peores son los que han quemado gente en cunetas y campos de concentración. Desviar la atención hacia casos cuasi folklóricos permite obviar que que la cada vez más abundante masa forestal gallega se seguirá quemando. Las causas profundas seguirán en pie. Una discutible gestión de los medios disponibles y, sobre todo, la poca atención a una demografía, muy envejecida, favorecen la desidia o el aprovechamiento desquiciado del monte. Hacer desaparecer o reducir más la superficie de lo quemado en ejercicios anteriores exige analizar y reestructurar a fondo las políticas seguidas desde los años noventa.

Poco se arregla hablando  de “terrorismo ecológico” si no se parte de los efectos últimos de la emigración que, desde los años sesenta, abandonó infinidad de parajes y aldeas.  En los espacios de la agricultura de  subsistencia anterior, minifundios  en su inmensa mayoría antieconómicos, crecen silenciosamente las  zarzas, genistas y especies invasoras, con grave riesgo de daño al medio, un bien común superior. Las 35.000 hectáreas de la Galicia quemada este año -y de la que de manera aleatoria queda por quemar- seguirán peligrando mientras no se negocie el sistema de propiedad de estas áreas incultas donde, además, las tasas de reposición demográfica son negativas. Las predicciones de lluvias llegaron tarde en esta ocasión, y las rogativas para que lloviera no han debido tener la demanda de otros tiempos.  La racionalidad de la prevención que se demanda volverá a ser invocada nada más empezar otro período de sequía, seguramente más prolongado. Todo indica que seguiremos teniendo cada vez más incendios y más grandes de proseguir con la inercia habitual. Incluso, aunque cada año siga creciendo la inversión en medios para atajar el fuego.

Valores y recursos
Echar balones fuera –con bulos conspiranoicos- en esta época de la rapidez informativa es más fácil que nunca. Se propagan mejor y siempre tienen patrocinadores. Esto del “adoctrinamiento” educativo –indiscriminado- viene al pelo para que una buena educación de todos para todos -en lo que debe ser una ciudadanía responsable y consciente- tarde en llegar.   Los profesionales de esta ética del bulo saben que tras siglos de adoctrinamiento, la credulidad nos ha quedado incrustada. Parten de que, cuando algo non é vero, si   é ben trovato colará en el océano del despiste. Si un buen sistema de enseñanza sólo valiera para que nos “adoctrinaran” –lo que equivale a decir que nos engañen-, Montoro habría hecho lo correcto: Sanidad y Educación seguirán bajando este año en disponibilidad de recursos. Esto no es un bulo. Tampoco lo es que, en 2007, encontraron recursos para los bancos. Cuestión de valores.

Manuel Menor Currás

Madrid, 21.10.2017

No hay comentarios:

Publicar un comentario